El análisis de la última polémica del Arzobispo de Oviedo: Sanz Montes, el último vuelo del halcón de la Iglesia española
A cuatro años de su jubilación y fuera de las quinielas de promoción interna, el arzobispo de Oviedo ha ido endureciendo su discurso, alimentado por la dinámica de redes sociales y la ola neoconservadora global, y consolidándose como una de las voces de referencia del ala más a la derecha de la Conferencia Episcopal

Jesús Sanz Montes. / Luisma Murias
Cuando Sanz Montes llegó a Asturias procedente de Huesca, a principios de 2010, no se puede decir que la Iglesia del Principado desconociera el tipo de arzobispo con el que tendrían que trabajar los sacerdotes. Era ya un hombre conservador que expresaba sus convicciones sin tapujos. El guion no ha cambiado mucho para estos curas, pero puede que algo más para el que entonces se convertía en el nuevo prelado asturiano. Su idea, apuntan los que lo conocen, era pasar unos seis años en el Principado para alcanzar luego el arzobispado de Madrid, la tierra donde había nacido hace ahora 71 años. Ese tren, sin embargo, pasó de largo. También los de Sevilla, Valencia u otras sedes apetecibles en la promoción interna. Ahora, a cuatro años de jubilarse y apartado ya de mayores destinos dentro de la Iglesia, su presencia parece haber ido cogiendo cada vez más vuelo entre los sectores católicos más conservadores, un predicamento que él mismo ha cultivado a golpe de declaraciones tan polémicas como su último "no caben todos", referido a la política de regularización de inmigrantes y que le ha valido un escrito de reprobación por parte de cien católicos asturianos, algunos de ellos sacerdotes.
No es que Sanz Montes no hubiera sido antes polémico y conservador. "Uno tiene las espaldas grandes, la impopularidad no me frena y hago lo que tengo que hacer", había declarado en una entrevista pocas semanas antes de conocerse su nuevo destino en Asturias. En los seis años anteriores en Huesca su labor había discurrido paralela a la del arzobispo Osoro en Asturias, con parecida misión de reescribir hacia la derecha en los renglones inclinados a la izquierda de sus antecesores en el cargo, Díaz Merchán en Oviedo y Javier Osés en la diócesis oscense. El aborto, el 11-M o los socialistas habían sido algunos de sus temas preferidos, que de aquella colgaba en la página web del Arzobispado de Huesca. Twitter (ahora X) no tenía tanta penetración en España. La red social ganaría peso al año siguiente, y Sanz Montes no se abriría una cuenta hasta dos años más tarde, en 2012. Al siguiente, en 2013, fue el año de la fundación de Vox, otra coordenada que parece haber influido en la orientación de la carrera del franciscano.
En Sanz Montes la madera conservadora es una factura que viene de fábrica, del Seminario de Toledo . Ingresó en 1975 y allí fue compañero del otro halcón de la Iglesia española, el arzobispo de Alicante, José Ignacio Munilla. Los dos son hoy líderes del sector más ultraconservador de la Conferencia Episcopal, un grupo no tan pequeño, de una treintena de prelados, frente a los casi cuarenta en el ala contraria que hoy inclinan la balanza a esos acuerdos que Sanz Montes ataca por sistema: sea el pacto con el Gobierno sobre los castigos a los casos de pederastia en la Iglesia o la regularización de inmigrantes.
Como los tertulianos de la tele obligados a afilar sus personajes para mantener el tirón entre las audiencias, Sanz Montes parece haber encontrado en la red X una herramienta adictiva para lanzar sus comentarios más polémicos. No lo hace con tanta frecuencia como parece, apenas un tuit cada quince días o un mes, pero cuando afila el mensaje –más de 12.000 seguidores– se dispara la atención mediática. Lo hizo en agosto, cuando se refirió a los musulmanes como "los moritos" (más de mil comentarios) o en este último del "todos no caben" (camino del medio millar).
Si hay una explicación por la vía de McLuhan –el medio es el mensaje– para analizar el endurecimiento en las posturas de Sanz Montes en los últimos años al calor de los ritmos de las redes sociales, también hay otra en el contexto político nacional. El arzobispo de Oviedo no es el único sacerdote que ha visto en la aparición de Vox la bendición de la llegada de un partido político católico sin fisuras. Pero mientras otros han ido abandonando ese barco con la introducción de la doctrina neoliberal en las coordenadas de la formación de Santiago Abascal, Sanz Montes ha mantenido su fidelidad a la marca. Alimenta, dicen, una buena amistad con el líder de la formación y no dudó en llevar a la cúpula de esta formación a Covadonga y fotografiarse con ellos en la cueva de la Santina.
Todos esos gestos han generado también sus interferencias con la sociedad asturiana, sus enfrentamientos con el presidente Barbón y su merma en entornos sólidos de confianza dentro de la Iglesia de aquí. Rodeado de pocos, a Sanz Montes le echan en cara los sacerdotes críticos que ha ejercido bajo el signo del autoritarismo, relegando a los peores destinos a aquellos que se habían atrevido a levantar la voz e imponiendo un estilo de silencio, asentimiento e incluso cierta estética, como se ve en la extensión del clériman, antes muy poco frecuente en Asturias. Al otro lado están los entusiastas, esos que le jalean que no tenga pelos en la lengua, un hombre que defiende sus convicciones y va de frente.
De una u otra forma, llegado ya a los 71 años, a Jesús Sanz Montes le quedan ya solo cuatro para jubilarse. De los arzobispos que hay en España es el que más años lleva en el cargo. Ya no tiene por delante una larga carrera. Vistas sus últimas polémicas y la insistencia en volver a salir a la palestra después de haber recibido las quejas de distintos colectivos, parece que está dispuesto a disfrutar los últimos años manteniéndose fiel a su estilo y consolidándose, al menos, como la voz de referencia para una parte de la Iglesia, una diócesis en las redes sociales y un iPad desde donde predicar. No le hace falta más.
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