David González y José Luis Suárez Areces, anguleros de 47 y 52 años, respectivamente, y ambos desde los 14 años en el río: "Es nuestra vida, lo llevamos dentro"
Los "reyes" del Nalón luchan en solitario en las noches de faena por mantener su ancestral oficio, en peligro de desaparición amenazado por el progresivo descenso de capturas de la angula

Irma Collín / Mariola Riera

Fue Beli Suárez uno de los primeros en tener una lancha para ir al carbón, no a la mina evidentemente, sino a la playa de San Juan de la Arena (Soto del Barco), la de Los Quebrantos, cuando a principios del siglo XX el Nalón arrastraba hasta su desembocadura los restos del mineral lavado río arriba, en las Cuencas. A Beli le siguió su hijo, Manuel, que mantuvo el vínculo con el río, pero ya no rentaba mucho lo del carbón, así que apostó por ser pescador.
Y ahora tiene José Luis, nieto de Beli, hijo de Manuel, una lancha motora, «Jara», que era de su padre. De éste heredó la embarcación, pero también la pasión por el río y el oficio de pescador, que en esta zona de Asturias, en las riberas de la ría del Nalón, tiene nombre propio: angulero. «Me gusta, lo llevo dentro, es mi vida, qué le voy a hacer…», explica con emoción José Luis Suárez Areces, 52 años; con 14 ya iba solo a pescar.

Las solitarias y duras noches de los anguleros de Asturias / Irma Collín
Todas las noches, cuando baja al río, al embarcadero de La Imera (Soto del Barco) donde tiene amarrado su chalano, «Perica», es inevitable que David González mire atrás para echar un ojo a la casa de sus abuelos Esteban y Olga, donde ahora vive su tía Carmita, con los que prácticamente se crió de pequeño y con los que pasaba las horas mientras iba a pescar su padre Javier, de quien aprendió todo lo que hay que saber para manejar la piñera y sumergirla en el Nalón para lograr las cada vez más escasas angulas. Tiene 47 años y también con 14 ya se echó solo al río. «Otros en Asturias hacen queso o heredan la ganadería familiar. Yo he heredado esto…», explica mientras señala a su alrededor.
Inicio de la faena
Son aproximadamente las dos y media de la mañana y David González está en La Imera preparando «La Perica» para salir a la angula en la sexta jornada de este oscuro de febrero –se llama así a las noches propicias para pescar el caprichoso alevín, que no quiere luz y prefiere el agua revuelta– que contra todo pronóstico ha dejado aceptables faenas para los anguleros del Nalón.
Hace ya algo más de media hora que José Luis Suárez Areces llegó al puerto de San Esteban (Muros de Nalón), en plena desembocadura, para poner a punto a «Jara» y echarse a surcar las aguas, ría arriba y ría abajo, con las piñeras a cada lado (2 metros de largo por 60 ancho) a pleno rendimiento para tratar de barrer toda la angula que pueda.
Hacia las 3 de la madrugada Areces y el resto de anguleros motorizados (unos 30 en el Nalón) soltarán amarras a la vez generando, todo hay que decirlo, un enmudecedor espectáculo de luces, rodeado de cierta solemnidad y también algo de misterio, que hipnotiza y deja absorto a quien lo presencia, más si es la primera vez.
Antes de que las motoras arranquen, David González ya empezó a navegar con su pequeño chalano. Tiene que remontar un puñado de kilómetros desde La Imera hasta El Castillo, donde tiene asignado su puesto (se sortean a principios de temporada) para pescar.

José Luis Suárez Areces, en su lancha "Jara", a punto de salir a pescar angula en el Nalón. / Irma Collín
De tierra
Ambos verán de lejos las luces de los faroles por las orillas del Nalón: son las de sus compañeros de tierra (unos 30 también), aquellos que no tienen lancha y persiguen la angula con sus cedazos de mano, de los que hay distintas modalidades en función del tipo de puesto desde el que toque piñerar. La de circunferencia redonda, con largo mando de madera, es la más tradicional, usada desde chalano; luego está la cónica, con una larga cuerda, fundamental para faenar en la barra.

David González, junto a su chalano y embarcadero, en La Imera. / Irma Collín
Un oficio en riesgo
Hay mucha emoción y orgullo en la forma de hablar de su oficio por parte de José Luis Suárez y David González, sotobarquenses y además vecinos de toda la vida de El Fondón, un barrio a un puñado de metros del Nalón. Pero también hay tristeza, resignación, algo de amargura en sus palabras. Porque el oficio de angulero, ese que se ha transmitido de generación en generación, está amenazado, parece que tiene las horas contadas por los cada vez más insistentes intentos de la administración en los últimos años de limitar, restringir y hasta de prohibir -el ultimo envite fue días atrás y como otros anteriores se ha librado, de momento– la pesca del pequeño alevín de la anguila, al que le cuesta cada vez más llegar desde el lejano mar de los Sargazos hasta las aguas del Nalón, no así al resto de la costa atlántica (Portugal y Francia) donde hay lugares, dicen los asturianos, que están pescando cada vez más.
Son quizás David González y José Luis Suárez, al igual que el resto de compañeros con los que han compartido muchas noches invierno, los últimos anguleros de Asturias. Con ellos ha pasado LA NUEVA ESPAÑA unas cuantas horas de faena en esta oscurada de febrero que ya ha tocado a su fin. Los dos contarán, mientras se colocan el chubasquero y la ropa de abrigo antes de iniciar la labor –desde las tres de la madrugada hasta la pleamar, a eso de las siete– que cunde el desánimo, el malestar y el hartazgo entre los de su oficio, para el que cada vez «hay más impedimentos y se ha puesto imposible». Dirán que están cansados de estar todo el día en el punto de mira y ser vistos, injustamente, como los culpables de que la minúscula angula visite cada vez menos la ría del Nalón, considerada la principal pesquería de la especie en España.
Registros históricos
Los registros de la rula de la Cofradía de Pescadores de San Juan de la Arena así lo atestiguan, con campañas en las décadas de la última mitad del siglo XX –eran más largas, de hasta siete meses de octubre a abril; hoy de 5 meses y con solo 30 días hábiles de pesca– en las que las capturas se contabilizaban por toneladas. Ahora se apuntan por cientos de kilos, y gracias.
Los ceros de las cifras de desembarcos han mudado a los de los precios, que no están nada mal. Aunque solo quien haya ido algún día a la angula o acudido a pie de río a verlo comprenderá que valga su peso en oro por las duras condiciones que exige su captura: no es fácil ni tampoco tarea para débiles, sin olvidar los habituales frío, viento y oleaje; la perseverancia van en su ADN. La mayoría de anguleros son los primeros sorprendidos de lo que la gente, los exigentes gourmets, están dispuestos a pagar por comerla. Y todos dirán lo mismo: «No doy un duro por ella».

VÍDEO: Mariola Riera / FOTO: Miki López
No obstante, debe quedar claro: lo suyo no es tanto por dinero (ahora bien, nadie trabaja gratis y muchos tienen la angula como un complemento importante) y sí mucho por algo que les cuesta explicar, que les sale de dentro. «Sin esto nos ganaríamos igual la vida. No tiene que ver con el dinero, es algo más...», insisten.
La noche del millón de pesetas
José Luis Suárez recuerda bien cuando en una sola noche ganó un millón de pesetas, eran tiempos en los que aún circulaba la antigua moneda y empezaban a llegar «los japoneses», que pagaban lo que fuera por llevarse el alevín, lo mismo que luego hicieron «los chinos». Con un ingreso así lógico que no se lo pensara dos veces en rechazar un trabajo de electricista tras acabar los estudios de FP en la rama de automoción. «No lo pensé, lo que me pagaban estaba a años luz de lo que sacaba aquí. Así que tiré un tiempo en el río, pero de repente me tocó la caída en picado de capturas. Se puso imposible», recuerda. Con 24 años lo dejó todo y se fue trabajar por cuenta ajena.
Pero no aguantó. A los tres años volvió para quedarse al Nalón. Hoy tiene dos lanchas, «Jara» y «Yohanamar», y alterna la angula con la roballiza, el xargo, en verano el calamar... «La angula es muy dura, a estas alturas de esta semana me noto cansado, los horarios matan. Los años no perdonan». Ahora bien, no piensa en colgar la piñera: «Es mi pasión la pesca. Pero si llega el fin de semana o el descanso y me vengo con la licencia de deportivo a pasar el rato. Mi mujer Yohana me dice que estoy muy mal, pero qué le voy a hacer...».
Tampoco quiere oír hablar de guardar la piñera David González. Le duele en el alma pensar que podría llegar un día que no pueda ir a la angula. «Es mi pasión, si lo prohiben me quitan una parte de mi vida, de mi pasado, me matan. Me acuerdo de tanta gente que ha hecho esto...», relata mientras enumera a unos cuantos. Se indigna, como el resto, con que sea prohibir la única solución que encuentren para preservar una especie a la que pocos quieren tanto, conocen y miman como los propios anguleros.
Herederos
David González tiene dos hijas adolescentes. José Luis Suárez un niño, Leo, de 8 años. Los dos se los han llevado al río en alguna ocasión. Y no les ha disgustado. Pero ¿les gustaría que sus hijos siguieran con ese oficio ancestral, que ellos han heredado de sus padres, que antes ejercían sus abuelos..?
Ninguno dice que no, pero tienen claro que está difícil. Saben que están tan solos en reivindicar su oficio como lo están cada noche a bordo del chalano o de la motora. Son sin lugar a dudas los «reyes» de la ría. Y, en solitario, están dispuestos a defender y pelear por su trono. Son los anguleros del Nalón. Que sean los últimos aún está por ver.
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