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Mario Suárez Porras

Mario Suárez Porras

Profesor del colegio de las Dominicas en Oviedo y presidente de la Asociación de Fotógrafos de Naturaleza de Asturias (AFONAS).

Objetivo natural: El acoso y persecución al jilguero

Seo/BirdLife declara Ave del Año una especie que todavía sigue en situación favorable, pero que cada año pierde miles de ejemplares, muertos o enjaulados

Un jilguero, a finales de 2007, en la senda fluvial del río Raíces (Castrillón). | MARIO SUÁREZ PORRAS

Un jilguero, a finales de 2007, en la senda fluvial del río Raíces (Castrillón). | MARIO SUÁREZ PORRAS

El mes pasado, SEO/BirdLife, Sociedad Española de Ornitología de la que formo parte, dio a conocer el resultado de la votación anual de Ave del Año. La especie elegida para 2026 fue el jilguero europeo (Carduelis carduelis).

La elección de Ave del Año, que se celebra de forma ininterrumpida desde 1988, busca concienciar sobre la importancia de conservar las aves y sus hábitats. Este año se eligió al jilguero para destacar que, aunque su situación aún es favorable, enfrenta amenazas provocadas por la actividad humana, como el uso intensivo de plaguicidas en el campo y la pérdida de espacios verdes en las ciudades.

Además, su belleza y su canto lo han convertido en el ave más perseguida y capturada ilegalmente en España. Cada año son miles los jilgueros que acaban muertos o enjaulados. Recuerdo especialmente una noticia de hace unos meses: un hombre detenido en Alicante por transportar 83 jilgueros hacinados en su vehículo, presuntamente destinados a la venta en Argelia. Se le imputaba un delito contra la fauna, castigado con hasta dos años de prisión. Ojalá el caso no quedara impune.

Este enero en Cádiz, la Guardia Civil incautó más de una veintena de artes prohibidas en un coto de Medina Sidonia: redes japonesas invisibles, reclamos electrónicos, un visor nocturno, una carabina de aire comprimido, lazos de acero, perchas para aves y munición almacenada sin control. Son solo ejemplos recientes de un problema persistente.

A ello se suma el uso de la liga –una sustancia pegajosa colocada en ramas para capturar aves–, técnica ilegal que produce un gran sufrimiento y agonía al animal y que aún se practica de manera furtiva. Recientemente un vecino de Mérida fue nuevamente sorprendido por agentes cazando jilgueros con liga. También están las capturas con supuestos fines científicos. En Madrid, por ejemplo, se conceden permisos denominados de "anillamiento científico" a cazadores con validez incluso en espacios protegidos. En Andalucía existe el llamado "programa de seguimiento de fringílidos", que permite a silvestristas federados usar reclamos vivos en jaulas diminutas, a veces atadas a varillas, para atraer a otros ejemplares.

Estas iniciativas podrían estar encubriendo métodos de captura prohibidos por la normativa europea. Es poco justificable que quienes desean capturar las aves participen en estudios que evalúan si la población permitiría una captura "sostenible", ya que existe un evidente conflicto de intereses que compromete la objetividad de la investigación.

Con todo lo anterior, considero que el pequeño jilguero merece sobradamente el reconocimiento de Ave del Año.

Esta es la historia que se esconde detrás de la fotografía que acompaña este artículo. A lo largo de más de veinte años fotografiando aves he reunido numerosas imágenes de jilgueros. Algunas me resultan muy especiales, como un jilguero entre desenfoques de laurel que en incluí en el libro "Inspirado por las aves", recientemente reeditado. Sin embargo, la fotografía que he escogido es otra, aparentemente sencilla, pero cargada de recuerdos.

Fue tomada hace ya diecinueve años, a finales de 2007, en una mañana de invierno en la senda fluvial del río Raíces que une Salinas con Piedras Blancas, en Castrillón. Lugar donde yo jugaba de niño y disfrutaba de la naturaleza, antes siquiera de que existiera la senda, y donde alguna vez incluso me bañé en ese pequeño río, que desemboca en la ría de Avilés.

Había quedado allí para pasear con dos amigos esenciales en mis inicios fotográficos. Con Juan Diego Velasco empecé a fotografiar aves limícolas en Zeluán. El otro amigo era Claudio Aznar, con quien me inicié en la fotografía en blanco y negro en 1982, cuando ambos estudiábamos en el Instituto de Salinas y formábamos parte de un pequeño grupo que transformó un viejo aseo en un improvisado cuarto oscuro.

Aquel día, al poco de comenzar el paseo, nos topamos con unos jilgueros que comían tranquilamente semillas de matacavero. Claudio llevaba su Nikon y su enorme 300–800 mm, y enseguida empezó a fotografiarlos. Yo, en cambio, solo podía observar; ese día había salido con un objetivo corto, ideal para paisajes, pero no para fauna. Pero enseguida Claudio me ofreció su equipo. Y ahí surgió la anécdota: yo llevaba años trabajando con Canon —marca de la que hoy tengo el honor de ser embajador—, y los controles de Nikon son bastante distintos. No había tiempo para preguntar nada; los jilgueros podían marcharse en cualquier momento.

Aun así, casi por instinto, logré algunas fotografías aceptables, como la que ilustra hoy estas líneas. Tal vez no sea la más espectacular de mis fotos de jilgueros, pero sí una muy querida: en ella viven la amistad, la generosidad y el recuerdo de una mañana luminosa que, diecinueve años después, permanece intacta en mi memoria y con la que le deseo un mejor futuro a esta preciosa ave.

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