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Mario Trigo, periodista y traductor: "El lobo se ha vuelto a convertir en un chivo expiatorio de problemas más grandes y más difíciles de afrontar de la ganadería"

"Creo que la especie parece demasiado a nosotros, y quizá por ello siempre nos ha intrigado", dice el autor de "La Espera"

Mario Trigo.

Mario Trigo. / Garbuix Books

Mariola Riera

Mariola Riera

Oviedo

A lo largo de la historia ha dado para mucho el lobo en la literatura: en novelas, cuentos, fábulas... Mario Trigo (Torrelavega, Cantabria, 1980) lo lleva ahora al cómic en «La Espera» (Garbuix Books), donde recoge su experiencia de observación del animal en libertad en Riaño, un pueblo cercano al oriente de Asturias en la montaña leonesa. La idea era hacer un reportaje, pero la aventura dio para más sobre una especie de plena actualidad por su difícil y complicada convivencia con la ganadería. Un apasionado y encendido debate que Trigo no esquiva en su obra ni en esta entrevista con LA NUEVA ESPAÑA.

Misterio, debate y controversia dicen del lobo en la introducción de «La Espera». Siempre ha sido así, ¿verdad? ¿Por qué?

La historiadora británica Erica Fudge afirma que los humanos no convivimos tanto con otras criaturas biológicas cuanto con criaturas construidas con los marcos culturales humanos. O sea, que al lobo, como a todos los demás animales, lo vemos con el filtro de milenios de cultura humana. ¡Imagina la cantidad de estratos que tiene el «mito lobo»!

Pero en su caso ha dado para mucho.

Desde que aprendíamos a cazar junto a los grandes animales de la última glaciación hasta la loba que amamanta a Rómulo y Remo. Desde los visigodos que le ponían a sus reyes nombres de lobo como símbolo de honor hasta el Dante de la «Divina Comedia» que a la loba asocia el pecado de la codicia. Allí donde las culturas de los «homo sapiens» han compartido territorio con los «canis lupus», del Ecuador hasta el Ártico, hemos cargado a los lobos de valores a veces positivos, a veces negativos y a veces ambiguos.

¿Por qué?

En ocasiones creo que se parece demasiado a nosotros, y quizá por ello siempre nos ha intrigado. Como nosotros, es un mamífero terrestre social, que necesita a su grupo y tiene una gran capacidad de expansión. Pero a la vez pertenece al bosque, al monte y a la noche, y por eso ha sido mensajero del mundo de los muertos, guía espiritual… El mito del lobo cambia de época en época y de cultura en cultura. En nuestro caso, ahí entra también en juego la Iglesia y la asociación simbólica del lobo con el diablo y el pecado desde la Edad Media. Y, de modo más reciente, en muchas obras y visiones artísticas, el lobo se vuelve también un reflejo de nuestra propia psicología: de las pulsiones de violencia, deseo y libertad que llevamos dentro de la cabeza.

Hable de «La Espera» y su origen.

Nació de un viaje a Riaño, enviado por la revista Altaïr Magazine, de la que entonces era redactor jefe, para observar las nuevas camadas de lobeznos junto con la gente de Wildwatching Spain. El objetivo era realizar un artículo breve con mis ilustraciones de campo, pero lo que encontré fue un nudo de temas mucho más amplio y fascinante aún de lo que esperaba. Con el tiempo me di cuenta de que tenía sentido desarrollarlo en un cómic largo, para dar su espacio a cada cuestión, y así fui investigando, leyendo, abocetando y anotando hasta que se dieron las circunstancias para poder acabar el libro.

¿Qué le aportó la experiencia o le llamó la atención?

La oportunidad de observar lobos en libertad, sin intervención humana alguna, me permitió sobre todo apreciar el proceso en sí de esa espera. Ese modo paciente de estar en la naturaleza, sin prisas ni objetivos, observando con detenimiento una parte del monte con la esperanza, pero no la seguridad, de ver un lobo. Y, por lo tanto, con otro modo más atento de ver y, en mi caso, dibujar todo lo que ocurre alrededor: los cambios en el paisaje sonoro y en la temperatura de la luz, la flora, la presencia de otras especies que no eran el lobo…

Carátula de "La Espera", de Mario Trigo.

Carátula de "La Espera", de Mario Trigo. / Cedida

¿Que va a encontrar el lector en «La Espera»?

Es un cómic de naturaleza, en la línea de la «nature writing» que tanto se practica en el mundo anglosajón y también cada vez más en el nuestro. Un híbrido de libro de viajes, ensayo cultural y reportaje, con algunas gotas de vivencia personal, para intentar describir ese nexo común entre la observación de lobos, la paternidad, la tragedia de Riaño –el pueblo original quedó sumergido por un embalse– y nuestro momento histórico, el de la crisis climática: la espera de algo, bueno o terrible, y el sentido de esa espera y los aprendizajes que conlleva.

Y va dirigido a...

Seguramente está dirigido a quien está interesado en el lobo y nuestra relación con él, y a quien sigue el debate sobre cómo gestionar la convivencia entre lobo y ganadería, pero espero que también a quien tiene curiosidad por entender mejor nuestra relación con la naturaleza.

Riaño está cerca de la frontera asturiana, ¿alguna referencia a la comunidad?

Soy hijo de una cántabra y un gallego; me he pasado media vida recorriendo Asturias en un sentido y en el otro, y es parte de mi paisaje mental. Mi familia cántabra proviene de Valdáliga, tocando Asturias, así que siento mucha cercanía casi hasta en el modo de hablar. Con respecto a «La Espera» ocurre algo parecido: habla de Riaño, y la historia específica de su embalse es muy importante, pero para otros aspectos podría hablar de Potes o de Felechosa. Es el mismo paisaje, la misma población de lobos. Son los mismos debates.

¿Cómo ve el debate actual sobre la necesidad de matar lobos para proteger el ganado?

Soy contrario. Tengo clara la presión que suponen los ataques de lobo sobre la ganadería extensiva de nuestras tierras , pues toca directamente a miembros de mi familia. Pero el lobo se ha vuelto a convertir en un chivo expiatorio de problemas más grandes y más difíciles de afrontar del sector. Sacar al lobo del LESPRE (listado de especies protegidas) mediante una triquiñuela parlamentaria, como ocurrió en 2025, demuestra muy poca altura de miras, cuando estamos en un contexto de crisis climática y de biodiversidad. El lobo no debería ser una joya de la corona de la naturaleza ibérica solo a nivel retórico, es una pieza fundamental en los equilibrios de su hábitat. Un hábitat que tenemos la obligación de mantener para las generaciones futuras, con un entorno que ya ha cambiado y va a seguir haciéndolo con el calentamiento global.

El último censo nacional ha recogido un aumento de la población.

El consenso científico es bastante unánime: por debajo de las 500 manadas (hay 333 en el censo nacional de 2021-24, 45 de ellas en Asturias) la situación de conservación de la especie es desfavorable. Por no hablar de su futuro genético, al encontrarse todavía aislada de las poblaciones europeas que podrían contribuir a eliminar el riesgo de endogamia. Quizás no debería ser tabú pensar en la intervención respecto de ejemplares de lobo individuales y concretos que exhiban comportamientos de riesgo, pero el sistema de cupos, además del daño que hace a la subsistencia de la especie, tiene aún por demostrar que funcione como protección efectiva del ganado. Estudios recientes en los Apeninos italianos, en un contexto muy similar, demuestran que son la estabilidad de las manadas y el buen estado de salud de la población de ungulados salvajes los que determinan que los lobos ataquen menos al ganado.

¿El camino a seguir?

El camino a seguir, menos histriónico, que requiere más paciencia y picar mucha piedra, es el de la responsabilidad política para con el futuro y con los bienes colectivos, como es el medio natural; las indemnizaciones justas; las ayudas a la mitigación de daños y la pedagogía de la convivencia.

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