El relato de supervivencia de Ernesto, el octogenario que resistió dos noches herido en un monte de Cudillero: "Solo pensaba en aguantar... y tomarme un vaso de vino"
Fue rescatado tras caerse por un terraplén y un mes después se recupera de una fractura de peroné en una residencia de Avilés, aunque ya piensa en volver al monte y cuidar sus praos: "No tenía yo intención de dejarlo del todo..."
Así cuenta el momento en el que lo encontraron con vida: "Sí que debí de perder algo la cabeza porque creía que estaba en la cama y me llamaban desde la cocina para ir a desayunar"

VÍDEO: Amor Domínguez/ FOTO: Miki López

Se ha cumplido un mes desde que Ernesto Busto López aguantase, a sus 83 años y contra todo pronóstico -salvo para quienes lo conocía bien-, dos noches a la intemperie en el monte de Cudillero. Treinta y dos días en los que su vida (hasta entonces muy activa) dio un giro radical. Ahora está recuperándose en una residencia de mayores de Avilés y se levanta cuando una enfermera le anuncia que tiene visita. Camina con agilidad, aunque todavía apoyado en un andador. La caída por un terraplén de unos 40 metros le dejó una fractura de peroné. Recorre despacio el largo pasillo, aparca el andador en una esquina y se sienta frente a su visita. Mira alrededor, suspira y rompe el silencio con una frase sencilla: "Aquí me aburro mucho". Y entonces empieza a hablar.
Recuerda perfectamente el día que ocurrió todo. Era 9 de febrero, y la fecha se le quedó grabada por un motivo muy concreto: dos días antes se había cumplido un año de la muerte de su esposa, Maximina. "Eran las dos y media y quise salir a dar una vuelta, y de paso limpiar uno de mis montes, que están sucísimos porque ya nadie los quiere limpiar", explica. En Oviñana tiene prados, casas y terrenos que durante décadas ha cuidado personalmente como ya casi nadie hace. "Tengo 20 praos, 30 montes y tres casas", dice con una sonrisa irónica y precisión de administrador de fincas. "Todo un terrateniente", bromea.
Aquel día salió con la intención de hacer lo de siempre: caminar, limpiar maleza y revisar el terreno. Llevaba varias herramientas: una sierra de podar, un hacha pequeña y una guadaña. Pero se desorientó. "Perdí cosas que llevaba para limpiar en el monte y buscándolas perdí el rumbo. Eran todo árboles y no fui capaz de situarme bien", recuerda. Entre la maleza y las pendientes, acabó acercándose demasiado al borde de un terraplén. "Había un acantilado vertical y caí de cabeza a un sitio tan duro como este", cuenta pegando dos golpes en el suelo con su pie bueno. "Así de duro", insiste señalando la baldosa con la mano.
El dolor en el pie que le impedía moverse
El impacto lo dejó aturdido, pero consciente. Todavía tuvo tiempo de sacar su móvil y llamar a su hijo para avisar del percance. Pero al intentar moverse volvió a caer entre la maleza. "Tropecé de nuevo y ahí perdí el móvil así que ya no podía comunicarme", dice con una tranquilidad pasmosa. Con una herida abierta en la cabeza y la pierna izquierda fracturada comenzó una espera que se prolongaría durante dos días, con sus dos noches.
Cuando recuerda aquellas horas, sorprende la calma con la que lo cuenta. "No me dio tiempo a pasar miedo", asegura. "Lo que sí hacía era pensar en cómo salir de allí", explica. Desde el suelo alcanzaba a ver, a lo lejos, una luz. "Veía una casa lejana y pensaba en cómo podría llegar hasta allí para que llamasen a mi hijo y le dijesen dónde estaba". Pero no logró avanzar. Apenas podía moverse y cada intento le provocaba un intenso dolor en la extremidad inferior. "Me dolía muchísimo el pie, pero tenía que aguantar para poder salir", relata.
La primera noche cayó sobre el monte. Y luego la segunda. Ernesto apenas recuerda esos dos atardeceres, ni sus posteriores amaneceres. Solo sus sensaciones. "Muchos me preguntan si pasé miedo, pero la respuesta es que no", dice con naturalidad. Tampoco pensó en los animales que podían cruzarse por la zona. "No pensé ni en lobos ni en jabalíes ni en nada de eso", asegura.
El momento del rescate
El rescate llegó de una forma casi inesperada. En medio del silencio del monte e inmerso en su aturdimiento, escuchó voces. "Oí que me llamaban '¡Ernesto, Ernesto!'", recuerda. "Y yo contestaba: '¿Quién me llama?'", prosigue.
"Sí que debí de perder algo la cabeza porque en un primer momento creía que estaba en la cama y me llamaban desde la cocina para ir a desayunar", asume con toda naturalidad. Nada más lejos de la realidad, se trataba de los equipos de búsqueda rastreando la zona. El elemento estrella fue "Kenia", la perra de la unidad canina vinculada al Servicio de Emergencias de Asturias que lo encontró. "Primero llegó el perro, y acto seguido el dueño", explica. En pocos minutos aparecieron más rescatadores y comenzaron a organizar la evacuación. Para ello, tuvieron que despejar un pequeño espacio entre los árboles para que pudiera descender el helicóptero. "Fue rápido, me cogieron entre cuatro o cinco como si fuese un muñeco y me metieron en la camilla", cuenta.
La experiencia en helicóptero
El vuelo fue corto, pero Ernesto lo recuerda de forma confusa. "Yo pensé que estaban talándome el monte, ahora tengo ganas de llegar a mi casa para ver si había perdido la cabeza o si realmente el helicóptero me cortó algún árbol", dice, aun con dudas. "Aterrizaron aquí, en el Hospital San Agustín de Avilés", comenta. En el centro hospitalario comenzó otro proceso, el de las pruebas, la recuperación y el regreso, poco a poco, a coger fuerzas. "Por muy bien que me vieran a mí la pierna, me dolía y no supieron que estaba rota hasta la cuarta radiografía; no sé si estaría también roto el 'cacharro' o algo", protesta, de nuevo con socarronería ejemplar. Siempre con una sonrisa. "Les estoy muy, pero que muy agradecido", subraya.

Ernesto Busto López, en la habitación de la residencia de Avilés donde se recupera. / Miki López / LNE
Lo que de verdad le emociona
Mientras él permanecía en el hospital, su familia vivía horas de angustia. Ernesto habla de ellos con admiración. "Tengo un hijo y una hija, Ernestín y Conchi, que son de oro", se enorgullece y, por primera vez desde que empezó a hablar, rompe a llorar. "Se llevaron un disgusto grandísimo. Mi hija vino de Madrid sin saber qué se iba a encontrar, si estaba vivo o muerto". También recuerda la reacción de uno de sus cinco nietos. "Nachín estaba tristísimo. Había oído que la mayor parte de la gente creía que me iban a encontrar muerto", cuenta antes de volver a llorar por la cantidad de cariño recibido y por el pesar que tiene al "habérselo hecho pasar muy mal a su familia".
Entonces, abre un ejemplar de LA NUEVA ESPAÑA. Es del 12 de febrero, con una página doble dedicada a su rescate. Se le pasa el disgusto y lee en voz alta el titular con orgullo: "El octogenario desaparecido, hallado vivo tras dos noches en el monte: 'Es fuerte, muy fuerte'". Alza la vista por encima de sus gafas y sonríe. "Del pueblo mío salió a buscarme el 90% de la gente", afirma. Y vuelve a destacar la actuación de los equipos de emergencia. "Fueron atentísimos. Más que darles las gracias, no puedo". Recuerda también la implicación de la Guardia Civil y de los bomberos durante las labores de búsqueda. "Mi hijo quedó encantado con ellos", subraya.
El hombre activo y amante del monte
Ahora pasa los días en la residencia, recuperándose. El tiempo se le hace largo. "Aquí el tiempo me rinde muchísimo. Hay poco que hacer", dice. Él, que se pasó media vida recorriendo montes y carreteras trabajando como vendedor de maquinaria agrícola, se ve ahora en un reposo que le pesa. "Estuve más de treinta años vendiendo tractores y aperos de granja", recuerda. Era un trabajo que exigía paciencia. "He estado hasta las dos de la mañana tratando con la gente. Si no les vendía, por lo menos nos hacíamos amigos", presume.
Esa misma paciencia parece acompañarle ahora durante la recuperación. Aunque hay cosas que echa mucho de menos. "Tengo ganas de volver a casa", admite. Y también de sus pequeños placeres: "De tomar un poco de vino, de esos sí que tengo ganas, se lo dije a los rescatistas cuando me encontraron: 'Mejor que agua, dadme vino'", recuerda con una sonrisa.
La pregunta inevitable es si volverá al monte. Ernesto no duda demasiado. "No tenía intención de dejarlo del todo", responde. "A ver si voy quedando bien de la pierna para poder ir, aunque sea con cuidado y más despacio". Sus hijos intentan convencerle de que se lo tome con más calma. Él lo reconoce con cierta resignación: "Me dicen que soy muy necio, y es verdad".
Pero esa terquedad también forma parte de la historia familiar que lleva consigo. "Decían de los de mi familia que éramos necios, pero muy trabajadores y muy serios", explica. "Nuestra palabra no se revoca", agrega. Quizá por eso, cuando recuerda aquellas dos noches en el monte, no habla de milagros ni de heroicidades. Se limita a encogerse ligeramente de hombros. Para él todo fue más sencillo: "Yo solo pensaba en aguantar... y en tomarme ese vaso de vino".
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