Mari Pau Domínguez: "El arrepentimiento no sirve de nada; el aprendizaje es lo importante"
"Incluso el tiempo que se considera perdido forma parte de tu construcción personal", asegura la escritora y periodista, que presenta este viernes en Cangas de Onís su nueva novela, "Las Arrepentidas", en la que se adentra en la historia de la llamada "Casa del pecado"

Mari Pau Domínguez. / Cedida por Espasa.
La periodista y escritora María Pau Domínguez (Sabadell, 1963), presenta este viernes, en Cangas de Onís, su nueva novela, “Las arrepentidas”, en la que rescata del olvido la estremecedora realidad de la llamada Casa del Pecado Mortal, un lugar donde durante décadas fueron recluidas mujeres embarazadas contra su voluntad. Con una prosa envolvente, Domínguez construye una historia de amor, resistencia y memoria que interpela al lector contemporáneo, en la que Asturias tiene un gran protagonismo. En esta entrevista, la autora reflexiona sobre el origen del libro, el peso de la culpa y la dignidad de quienes se negaron a arrepentirse de ser quienes eran.
¿Recuerda el momento exacto en que pensó: “esta historia necesita ser contada”? ¿Qué sintió en ese instante?
Estaba trabajando en la documentación para otra novela, completamente ajena a la historia de "Las Arrepentidas", cuando, de forma fortuita, descubrí la existencia de la llamada Casa del Pecado Mortal. Al principio pensé que se trataba de una leyenda más del Madrid antiguo. Sin embargo, al comprobar que había sido real y que allí se recluía, contra su voluntad, a mujeres embarazadas “indebidamente” para ocultar su situación, el impacto fue enorme. Cuando descubres una realidad tan increíble como verdadera, se produce algo casi mágico. En ese instante supe que, tarde o temprano, tendría que abordar literariamente aquella historia.
Durante la escritura de "Las Arrepentidas", ¿hubo algún relato que le quitara el sueño o que la acompañara más allá del trabajo?
Más que un relato concreto, fue la propia Casa del Pecado Mortal lo que me perturbó. Dentro de aquel lugar se reproducían con crudeza las diferencias de clase: las mujeres acomodadas, incluso aristócratas, eran atendidas por otras de origen humilde, que vivían hacinadas en condiciones deplorables. Las primeras tenían habitaciones propias —aunque sin comodidades— y deambulaban como sombras, con el rostro cubierto y obligadas al silencio. Las ventanas estaban tapiadas, privándolas de luz natural. Saber que aquel infierno existió y que se prolongó hasta 1926, cuando el edificio fue demolido, me resultó profundamente indignante.
¿Cómo logró equilibrar su mirada periodística con la dimensión emocional de la novela?
El oficio periodístico resulta fundamental a la hora de investigar y documentarse. Ese “olfato” ayuda a encontrar las claves de cualquier historia. Sin embargo, esta novela tiene algo distinto: lo único estrictamente real es la existencia de la casa y lo que allí sucedía. No existen archivos sobre las mujeres que fueron recluidas, precisamente por el carácter clandestino de estos lugares. Eso me permitió construir una trama con libertad, siempre respetando el contexto histórico. El resultado es una mezcla de géneros: una gran historia de amor, un misterio en torno a la protagonista, un manuscrito revelador, un hijo perdido y dos tramas paralelas —corrupción urbanística en la construcción de la Gran Vía y un crimen— que acaban entrelazándose.
¿Qué le enseñaron estas mujeres sobre el dolor, la culpa o la reconciliación?
Cuanto más obligan a Carlota —una joven de 22 años, marquesa por matrimonio— a arrepentirse de su embarazo y de su amor por otro hombre, más se reafirma en lo contrario. Ella se niega a renunciar a quien es y a lo que siente. En ese sentido, la novela es una historia de amor y resistencia, pero también un homenaje a todas aquellas mujeres que no aceptaron arrepentirse ni de su identidad ni de sus decisiones.
¿Qué le han dicho los lectores tras leer el libro? ¿Alguna reacción que le haya marcado especialmente?
Me emocionó mucho un amigo que me contó que, al terminar la novela, cerró los ojos durante un rato para seguir habitando lo que había sentido. También una amiga me agradeció el consuelo que el libro había supuesto para su madre en un momento difícil. La literatura puede ser un bálsamo, y recibir ese tipo de comentarios es profundamente reconfortante.
Asturias tiene un papel importante en la novela…
Fue casi un pálpito. En un momento de la historia, Carlota huye sola por los caminos de finales del siglo XIX y llega, exhausta, a Cangas de Onís. Lo que iba a ser una parada momentánea se convierte en casi dos décadas de su vida. Allí, protegida por el entorno y bajo una identidad falsa, descubre una existencia mucho más auténtica que la que llevaba en Madrid. Ese contraste entre mundos fue fascinante de construir.
¿Sirve de algo arrepentirse?
Creo que no. La protagonista entiende el tiempo vivido —incluso el que podría considerarse perdido— como parte de su construcción personal. No hay arrepentimiento, sino aprendizaje, eso es lo importante.
¿Y usted? ¿Se arrepiente de algo?
Sí, claro. Pero eso forma parte de un diálogo íntimo con uno mismo. Todos, en algún momento, nos arrepentimos de algo. ¿Acaso usted no…?
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