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Los dulces de Semana Santa exclusivos de la tradición asturiana: marañuelas, mantecado de Avilés, teresitas... sabor y devoción en cada bocado

Descubre las delicias que endulzan Asturias durante la Pascua, una experiencia irresistible

Elaboración de marañuelas en Candás. / B. G.

Elaboración de marañuelas en Candás. / B. G. / F

Leire Rodom

Oviedo

Asturias sabe a tradición. Su gastronomía se ha convertido en memoria y celebración de la tierrina. El cachopo y la sidra han conquistado paladares dentro y fuera de nuestras fronteras, pero existe un capítulo dulce, a menudo menos conocido, que merece toda la atención.

Cuando llega la Semana Santa, Asturias despliega una de sus grandes señas de identidad: una repostería rica, variada y profundamente arraigada a su historia. En estos días, las confiterías se transforman en auténticos templos del azúcar y la creatividad, donde los escaparates se llenan de color y guiños a la infancia.

Desde elaboradas tartas coronadas con huevos de chocolate hasta figuras que recrean a los personajes más queridos por los niños, cada creación cuenta una historia. Porque en Asturias, los dulces no solo se comen: se heredan y se celebran.

Detalle de uno de los típicos bollos mantecados de Avilés. | J. R.

Detalle de uno de los típicos bollos mantecados de Avilés. | J. R. / B. Z. C.

Marañuelas: el nudo más dulce

En los largos viajes de la mar, en aquellos tiempos, cuando las travesías se medían en meses y el horizonte parecía no terminar nunca, la supervivencia también dependía del ingeniero culinario. Más allá de las conservas, los marineros asturianos llevaban consigo pequeñas joyas de la repostería tradicional, capaces de resistir el paso del tiempo y el vaivén de las olas. Entre ellas, brillan con identidad propia las famosas marañuelas, un dulce emblemático de Luanco y otros rincones del litoral como Candás.

Crujientes, doradas y con un inconfundible aroma a anís, las marañuelas son mucho más que una galleta, son historia comestible. Elaboradas a partir de ingredientes sencillos (harina, huevos, mantequilla, azúcar y anís), su aparente humildad esconde una receta diseñada para perdurar. Su alto valor calórico y su capacidad saciante las convertían en el aliado perfecto de los hombres del mar. Por otra parte, algunas teorías sitúan su origen en antiguas tradiciones celtas, mientras que otras apuntan a su papel como sustento para los peregrinos del Camino de Santiago.

Además, el nombre no es casual. Deriva de "maraña", evocando un entramado de hilos enredados, una metáfora visual que cobra vida en sus formas: nudos, espirales y lazos que remiten directamente al universo marinero. Cada marañuela parece un pequeño homenaje a las cuerdas de los navíos que surcaban el Cantábrico. Sea cual sea su raíz, lo cierto es que las marañuelas han sabido resistir al paso del tiempo con la misma firmeza que resistían las travesías oceánicas.

Tradicionalmente, están vinculadas a la Pascua. Sin embargo, estas piezas de repostería han trascendido en el calendario para instalarse en la identidad gastronómica asturiana durante todo el año. Aun así, su gran temporada se concentra en la Semana Santa, cuando los padrinos y madrinas mantienen viva la costumbre de regalarlas a sus ahijados, un gesto cargado de simbolismo e historia. Actualmente, es posible saborear esta tradición en lugares como la Confitería Vega, en Llanes. Cada bocado sigue contando la historia de un pueblo que supo transformar la necesidad en cultura.

Marañuelas de Candás en elaboración.

Marañuelas de Candás en elaboración / N

El mantecado de Avilés: el postre más tradicional

Hay dulces, y luego está el mantecado de Avilés. Esponjoso, delicado y coronado con su inconfundible capa de glaseado crujiente, este tesoro de la repostería asturiana no solo conquista el paladar: cuenta una historia que atraviesa siglos. Cada Semana Santa, el aroma a mantequilla, azúcar y limón invade las calles de Avilés, anunciando la llegada de su dulce más emblemático.

También conocido como bollo de Pascua, este manjar elaborado con ingredientes sencillos (harina, huevos, azúcar y mantequilla), alcanza una textura abizcochada que prácticamente se funde en la boca, dejando tras de sí un sabor irresistible. Pero su magia va más allá del sabor. Nacido en el siglo XVII, el mantecado fue compañero de viaje de los emigrantes asturianos rumbo a América, gracias a su sorprendente durabilidad. Aquella receta humilde evolucionó con el tiempo hasta convertirse en el símbolo festivo que hoy protagoniza la tradicional Fiesta del Bollo.

Y es que este dulce no solo se come: se celebra. Regalo de padrinos a ahijados, excusa perfecta para reunirse en familia y, ahora, disponible durante todo el año. Ya sea acompañado de un café humeante, un chocolate espeso o incluso un toque de ron o coñac, el mantecado de Avilés sigue demostrando que las mejores tradiciones nunca pasan de moda.

Mantecado de Avilés

Mantecado de Avilés / María Fuentes

Las teresitas: un dulce versátil

Crujientes por fuera, suaves por dentro y con ese aroma irresistible a canela y limón. Así son las teresitas, uno de los tesoros más versátiles de la repostería asturiana. Este dulce tradicional, típico de celebraciones como Carnaval, Semana Santa o el Día de Todos los Santos, demuestra que la sencillez bien hecha puede ser absolutamente memorable. Las teresitas pertenecen a la familia de las antiguas frutas de sartén: pequeñas empanadillas rellenas, generalmente de crema pastelera, que se fríen hasta alcanzar un dorado perfecto.

Su elaboración recuerda a clásicos del norte como las casadielles, los buñuelos o las rosquillas fritas, aunque aquí el protagonismo lo tiene ese relleno cremoso y aromático que marca la diferencia. Aunque originalmente se preparaban con una masa de mantequilla similar a la de las casadielles, hoy en día es frecuente encontrar versiones con hojaldre, más ligero y fácil de manejar.

Aun así, la esencia sigue intacta: una masa crujiente que envuelve un interior suave y lleno de sabor. Muy ligadas a su tierra, las teresitas no suelen encontrarse fuera de Asturias, lo que las convierte en un auténtico capricho local. Quizá por eso, cada bocado sabe un poco más especial.

Teresitas

Teresitas / Julia y sus recetas

Roscas de San Tirso: una tradición que resiste

En el occidente asturiano, donde la tradición no se escribe: se amasa, las Roscas de San Tirso no son solo un dulce, sino un relato vivo que atraviesa generaciones. En San Tirso de Abres, cada primavera huele a mantequilla y a horno encendido. Allí, entre manos expertas y recetas heredadas, nacen estas piezas doradas que recuerdan, en sabor y textura, a las marañuelas, pero con una identidad propia que las convierte en emblema del concejo.

La escena se repite año tras año: mesas cubiertas de harina, huevos cascados con precisión y la paciencia infinita de las "rosqueiras", auténticas guardianas de este legado gastronómico. Son ellas quienes, con gestos aprendidos desde la infancia, transforman ingredientes sencillos en un producto capaz de resistir el paso del tiempo, pues estas roscas pueden conservarse en perfecto estado hasta quince días después de salir del horno.

Pero el verdadero latido de esta tradición se siente durante la Feria de las Roscas, una cita imprescindible que en 2026 celebrará su vigésimo séptima edición los días 2 y 3 de abril. Más allá de su éxito actual, las Roscas de Jueves Santo nacen de la necesidad. En tiempos en los que la Cuaresma imponía estrictas restricciones alimentarias, estas piezas eran mucho más que un capricho: eran sustento. Elaboradas con los huevos acumulados durante semanas de abstinencia, se convertían en un alimento energético que ayudaba a sobrellevar el rigor de la vigilia. Lo que hoy es postre, ayer fue supervivencia.

Carola Acebo, con roscas de Semana Santa de San Tirso de Abres, en la feria.| tania cascudo

Carola Acebo, con roscas de Semana Santa de San Tirso de Abres, en la feria.| tania cascudo / N

Entre capas de hojaldre crujiente, mantequilla y anís que perfuma el aire, los dulces asturianos de Semana Santa nos recuerdan que la tradición también se saborea. No son solo recetas heredadas, sino pequeños relatos que pasan de generación en generación, manteniendo vivo el vínculo con la tierra. En cada bocado hay un regreso a lo sencillo y a lo auténtico, como si el tiempo se detuviera por un instante para dejarnos disfrutar del verdadero significado de estas fechas.

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