Barbón: "Se pensaba que la globalización arrasaría con todo, pero LA NUEVA ESPAÑA redobló la conexión con la proximidad hasta llegar al hiperlocalismo"
La Cámara de Comercio de Oviedo reconoce, a través de Javier Moll, al frente de Prensa Ibérica, a un "pilar vertebral" de la región, en palabras del presidente del Principado, porque "sin la perseverante compañía de este periódico, sería imposible entender la Asturias de hoy"

LNE
Asturias no sería Asturias, dice el presidente Adrián Barbón, "sin praderías, sin el mar, sin las aristas de sus cumbres". Pero, más allá de las fotos de postal, Asturias tampoco sería Asturias "sin libertades, sin derechos, sin democracia y sin un requisito esencial para su calidad: la existencia de medios de comunicación libres y confiables. Y eso es LA NUEVA ESPAÑA".
El jefe del Ejecutivo autonómico puso en valor el trabajo del periódico líder en Asturias en el acto de entrega de este jueves de la Medalla de Oro de la Cámara de Comercio de Oviedo a Javier Moll, presidente de Prensa Ibérica, grupo editorial al que pertenece LA NUEVA ESPAÑA. Con esta distinción, extendida también a la vicepresidenta del grupo, Arantza Sarasola, el ente cameral reconoce, en palabras de Barbón, "un pilar vertebral de nuestra comunidad, porque sin Editorial Prensa Ibérica, o dicho con claridad, sin LA NUEVA ESPAÑA, sin su perseverante compañía cotidiana, sería imposible entender la Asturias de hoy".
Sin caer en el periodismo de trinchera
A juicio del presidente del Principado, el éxito de este diario se debe a una "doble ración de pluralidad". Por un lado, "la ideológica, la de opiniones y pareceres, vengan de donde vengan, con equilibrio". "Si cerramos los ojos y pensamos las cabeceras nacionales, es difícil encontrar ejemplos así. Se hace periodismo de trinchera. Aquí no, ha sabido preservarse como foro necesario para la conversación pública", defendió.

La Cámara de Comercio de Oviedo concede su Medalla de Oro a Javier Moll, presidente de Prensa Ibérica / MIKI LÓPEZ
Una ventana directa al pueblo, al barrio...
La otra ración de pluralidad, señaló Adrián Barbón, viene de su vocación local. "En un principio se pensaba que la globalización arrasaría con todo, que acabaríamos subsumidos en una homogeneidad amorfa. La apuesta arriesgada y atinada de LNE fue redoblar la conexión de proximidad, hasta llegar al hiperlocalismo. Hoy, esa página que seleccionamos y movemos con el índice sobre la pantalla del móvil nos abre ventanas directas con el pueblo, incluso con el barrio, al mismo tiempo que nos ofrece vistas al mundo", subrayó.
En un mundo cibernético
Con todo, "la función de los medios de comunicación no tiene reemplazo" por mucho que las redes sociales acechen. "No confundamos el canal ni la plataforma ni la red con el medio: canales hay muchos y en este mundo cibernético que habitamos, seguramente vendrán muchos más. El porvenir no pasa por renunciar a usarlos ni empeñarse en el esfuerzo inútil de taparlos, sino en evitar que se conviertan en torrentes incontenibles de manipulación, falsedades y posverdad. Esa meta es tarea de todos y, de modo muy especial, de los buenos medios de comunicación, para saber distinguir el ruido de la noticia, el rumor de la certeza, el insulto de la declaración y la frivolidad del rigor", pronunció.
Prensa Ibérica, "una garantía"
Ante este desafío, añadió, "contar con un grupo editorial sólido y bien trabado como es Editorial Prensa Ibérica es una garantía". "Como en tantos otros frentes, porque la prensa no es una excepción, Asturias parte con ventaja, gracias, en la buena parte que le toca, a Javier Moll" y a sus "artesanos" en la región. Barbón se refirió así a los "directores eméritos" de LA NUEVA ESPAÑA, a José Manuel Vaquero, Melchor Fernández, Isidoro Nicieza, Ángeles Rivero y Gonzalo Martínez Peón, y al actual, Eloy Méndez.
Discurso íntegro de Adrián Barbón, en el acto de concesión de la Medalla de Oro de la Cámara de Oviedo a Javier Moll
Enhorabuena sincera a Javier Moll y gracias a la Cámara de Comercio de Oviedo por haberme ofrecido la oportunidad de participar en este acto. Acompañarles es un auténtico honor.
Intervenir el último es un privilegio, pero tiene un inconveniente: todo lo importante, o casi todo, ya está dicho, y además con palabras bien escogidas. Los méritos de Javier Moll han sido resumidos y, sin falsa modestia, poco puedo añadir ya sobre el talento y el acierto de quien ha impulsado la formación del grupo Prensa Ibérica.
Ahora, creo que no estamos aquí para distinguir una trayectoria de éxito; o, al menos, no estamos solo para eso. Para aprehender el significado completo de este acto también hace falta aplicar una mirada interior que escarbe debajo de los resultados empresariales, que indague en nuestra intrahistoria. Ahí, en ese fondo, nos daremos cuenta de que estamos reconociendo un pilar vertebral de nuestra comunidad, porque sin Editorial Prensa Ibérica –o, dicho con más claridad-, sin La Nueva España, sin su perseverante compañía cotidiana, sería imposible entender la Asturias de hoy.
Quienes tenemos cierta edad, y yo aún me considero joven, identificamos a la primera el paisaje económico del Principado. Sabemos que los castilletes de los pozos mineros o las altísimas chimeneas de la siderurgia, ese gótico del acero, definían los cimientos de nuestra industria. Nos cuesta pensar Asturias sin fábricas, del mismo modo que nos es imposible imaginar Asturias sin praderías, sin el mar, sin las aristas de sus cumbres.
Pero no nos quedemos sólo en las postales. A mí también me resulta imposible pensar Asturias sin libertades, sin derechos, sin democracia y sin un requisito esencial para su calidad, la existencia de medios de comunicación libres y confiables. Sin ellos, ya no sería nuestra comunidad; sería un lugar muy diferente y, con seguridad, muchísimo peor.
Como bien suele recordar Javier Moll, el germen de Editorial Prensa Ibérica surgió a la par que la Constitución de 1978. Además, fue alumbrada en la periferia, en Canarias, tan lejos del anillo de la M-30 y el ombliguismo madrileño. No hace falta creer en el horóscopo para adivinar que ambos hechos iban a imprimir carácter al grupo. Probablemente, esa carta astral explica por qué EPI entiende y refleja tan bien la pluralidad del Estado autonómico que recoge nuestra Carta Magna. En vez de observar España a través de una única mirilla, ofrece una visión plural, una panorámica de 360 grados.
Lo mismo podemos afirmar del grupo en Asturias; es decir, de La Nueva España. El Principado puede presumir de uno de los índices de lectura de prensa más altos del país, una constante estadística desde hace décadas. Ya ocurría así en 1984, cuando Javier Moll incorporó el periódico a su naciente proyecto editorial. Si desde entonces, y ya van más de 40 años, La Nueva ha conseguido reforzar su implantación prácticamente ejercicio a ejercicio, es que algo han sabido hacer bien.
No me corresponde evaluar estrategias de mercado. No obstante, doy por seguro que ese éxito responde en buena medida a una doble ración de pluralidad. Por un lado, la ideológica, la de opiniones y pareceres, vengan de donde vengan. LNE ha sabido conciliar la diversidad de sus páginas y de sus contenidos digitales con una orientación editorial marcada y definida. No es una crítica, sino al contrario: si nos fijamos en las cabeceras nacionales, es difícil encontrar ejemplos así. Al sobreponerse a la tentación del periodismo de trinchera, ha sabido preservarse como foro necesario para la conversación pública.
La otra ración de pluralidad viene de la vocación local, otro rasgo indeleble del diario. En un principio se pensaba que la globalización arrasaría con todo, que acabaríamos subsumidos en una homogeneidad amorfa. La apuesta arriesgada, y atinada, de LNE fue redoblar la conexión de proximidad, hasta llegar al hiperlocalismo. Hoy, esa página que seleccionamos y movemos con el índice sobre la pantalla del móvil nos abre ventanas directas con el pueblo, incluso con el barrio, al mismo tiempo que nos ofrece vistas al mundo.
No soy empresario y tampoco soy periodista. Comparto estas reflexiones como presidente del Principado y comodemócrata que sabe que la función de los medios de comunicación no tiene reemplazo. No confundamos el canal ni la plataforma ni la red con el medio: canales hay muchos y en este mundo cibernético que habitamos, seguramente vendrán muchos más. El porvenir no pasa por renunciar a usarlos ni empeñarse en el esfuerzo inútil de taparlos, sino en evitar que se conviertan en torrentes incontenibles de manipulación, falsedades y posverdad. Esa meta es tarea de todos y, de modo muy especial, de los buenos medios de comunicación, para saber distinguir el ruido de la noticia, el rumor de la certeza, el insulto de la declaración y la frivolidad del rigor.
Ante este desafío, contar con un grupo editorial sólido y bien trabado como es Editorial Prensa Ibérica es una garantía. Como en tantos otros frentes, porque la prensa no es una excepción, Asturias parte con ventaja, gracias, en la buena parte que le toca, a Javier Moll, que hoy recibe esta merecida medalla de oro de la Cámara de Comercio de Oviedo.
Me atrevo a pensar que hay muchas personas hoy en este acto que comparten su orgullo. Pienso en su nómina periodística, en quienes han sido los artesanos –artesanos agitados, apresurados, porque las noticias nunca conceden reposo- de los logros acumulados en estas cuatro décadas. Por citar a sus directores, en José Manuel Vaquero, Melchor Fernández, Isidoro Nicieza, Ángeles Rivero, Gonzalo Peón o Eloy Méndez. Pienso en todos ellos y pienso, sobre todo, en su familia, siempre indispensable. En su mujer, Arantza Sarasola, y en sus hijos, Aitor, Arantxa, Ainhoa, Susana e Idoia. De una manera u otra, todos han contribuido a la gran empresa de Prensa Ibérica.
A todos ellos, y, en especial, a Javier Moll, enhorabuena en el nombre del Gobierno de Asturias.
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