El rediseño de la arquitectura sanitaria que necesita Asturias, según el exconsejero Faustino Blanco
"Un modelo avanzado requiere distinguir claramente entre quién define las reglas, quién presta los servicios y quién evalúa resultados", afirma el exdirector de la FINBA

Así será la sanidad asturiana tras la fusión de áreas: los hospitales de las Cuencas y las alas tendrán su propio director y se refuerza la Salud Pública / LNE
Faustino Blanco González ha sido consejero de Sanidad del Gobierno del Principado y director de la Fundación para la Investigación y la Innovación Biosanitaria en Asturias (FINBA), y es el autor de este artículo
Cuarenta años después de la Ley General de Sanidad, el Sistema Nacional de Salud necesita una nueva arquitectura institucional basada en cooperación, datos y evaluación por resultados.
En los últimos años se han multiplicado los diagnósticos sobre el sistema sanitario. Envejecimiento acelerado, cronicidad creciente, presión sobre la Atención Primaria, listas de espera persistentes, tensión profesional, incorporación desigual de tecnología, en ocasiones inadecuada. Todo ello cierto y bastante documentado. Convengamos, y es sobradamente conocido, en que el problema no es de diagnóstico. El problema es que se siguen intentando resolver desafíos estructurales con instrumentos diseñados para otro contexto histórico.
Asturias no necesita simplemente un sistema sanitario "mejor gestionado", aunque sin duda la gestión importa. Necesita, tras cuartro décadas, un rediseño profundo de su arquitectura sanitaria. El modelo actual responde a una arquitectura organizativa, financiera y de gobernanza concebida en los últimos veinte años del siglo XX, mostrando signos claros de agotamiento.
Primero, una organización fragmentada. Atención Primaria, hospitales, salud pública y servicios sociales operando con lógicas diferentes, presupuestos separados y sistemas de información que no dialogan plenamente. La integración sociosanitaria sigue siendo más declarativa que real y el paciente crónico complejo continúa transitando por compartimentos administrativos.
Segundo, una arquitectura financiera incremental. El presupuesto crece año tras año por inercia histórica, sin una vinculación robusta a resultados en salud ni a productividad ajustada por complejidad. Se evalúa insuficientemente el gasto y raramente se mide el valor generado.
Tercero, una gobernanza fuertemente politizada/sindicalizada. La dirección estratégica está sujeta a ciclos electorales, la autonomía de gestión es limitada y la evaluación dependiendo de resultados es débil, lo que requiere modificar con urgencia para responder a métricas objetivas de desempeño y resultados. Mientras esta arquitectura no cambie, cualquier reforma será incremental. Y hoy, la incrementalidad claramente es riesgo.
Qué significa realmente ser "vanguardia"
Ser un sistema de salud de vanguardia no es simplemente hablar de digitalización, de más inversión o de nuevas infraestructuras. Es hablar de un cambio de estrategia, de autonomía de gestión, de incentivos en relación con objetivos y resultados en salud, de una nueva distribución de responsabilidades y, en definitiva, de otra forma de evaluar el éxito. Ser vanguardia en 2035 deberá descansar sobre estas cinco transformaciones estructurales.
1) Separar funciones de regulación, provisión y evaluación. Hoy, estas funciones siguen mezcladas y un modelo avanzado requiere distinguir claramente entre quién define las reglas, quién presta los servicios y quién evalúa resultados. Asturias podría dotarse de una autoridad independiente de evaluación de resultados en salud, una especie de "AIReF en salud" con capacidad técnica para medir resultados clínicos ajustados por riesgo, productividad, accesibilidad y experiencia del paciente. Las áreas y centros deberían vincularse a esos resultados de forma transparente. Sin evaluación independiente no puede haber rendición de cuentas real
2) Pasar del gasto al valor. El debate sanitario en España sigue anclado en cuánto se gasta o invierte, cuando lo relevante es qué resultados en salud se obtienen por euro invertido. Avanzar, pese a su complejidad técnica y política, hacia presupuestos capitativos ajustados por riesgo, mecanismos de pago ligados a resultados y publicación sistemática de información sobre productividad y desempeño, en gestión y clínico. No para penalizar, sino para aprender, comparar y mejorar de forma sistémica. La transparencia no debilita el sistema público; lo fortalece
3) Organizar el sistema por población, no por edificios. El sistema sigue estructurado en torno a hospitales y centros, no en torno a redes de servicios y segmentos poblacionales, cuando las necesidades de una persona sana de 30 años no tienen nada que ver con las de un paciente crónico complejo o una persona frágil de 85. Un modelo de vanguardia debe segmentar la población y diseñar circuitos asistenciales específicos para cada grupo, asigna presupuestos y define equipos responsables. La gestión del riesgo poblacional debe sustituir a la mera gestión de actividad hospitalaria. En una comunidad como Asturias, con alto envejecimiento y dispersión territorial, el reto no es construir más estructuras en el territorio, sino adaptar el modelo a la demografía real y necesidades efectivas en salud.
4) Convertir el dato en infraestructura estratégica. La transformación digital no puede limitarse a interoperabilidad básica o a proyectos piloto de inteligencia artificial. El dato sanitario debe concebirse como infraestructura crítica, con gobernanza ética sólida, estándares de calidad exigentes y reglas claras para el uso secundario en planificación, investigación e innovación. Un sistema que aprende de sus propios datos es un sistema que evoluciona. Asturias tiene la oportunidad de desarrollar un espacio regional de datos de salud con gobernanza robusta y de calidad en la práctica clínica cotidiana y en la gestión. La inteligencia artificial debe aplicarse también a la gestión de listas de espera, a la predicción de fragilidad, a la estratificación de riesgos y a la planificación de recursos.
5) Entender la salud como motor económico. La salud no es solo gasto social; es también sector productivo. Investigación e innovación biomédica, terapias avanzadas, tecnología sanitaria, servicios digitales y ensayos clínicos de nueva generación que configuran un nuevo ecosistema de alto valor añadido. Vincular de manera explícita asistencia, investigación e industria, puede facilitar un ecosistema de innovación en salud capaz de atraer talento e inversión. Esto exige políticas activas de compra pública innovadora, apoyo decidido a la transferencia y colaboración estructurada con el tejido empresarial. Sin conseguir esta dimensión económica, la sanidad seguirá percibiéndose como un coste creciente y no como un activo estratégico para el desarrollo regional y nacional.
La arquitectura del cambio
Las transformaciones estructurales no ocurren por acumulación de iniciativas dispersas. Requieren una arquitectura de cambio: un mandato estratégico bien definido y de largo plazo, idealmente con amplio consenso político y social, más allá de los ciclos electorales. Un órgano técnico de transformación con capacidad ejecutiva real, talento multidisciplinar y capaz de definir un número de proyectos tractores de alto impacto. Y, sobre todo, una estructura operativa con responsabilidades claras y capacidad de implementación.
La legitimidad del sistema público depende cada vez más de esa capacidad de demostrar resultados. Por tanto, la verdadera pregunta no es si necesitamos más diagnósticos, ni si debemos modernizar procesos concretos, pues modernizar significa rediseñar la arquitectura del sistema en su conjunto, es ajustar piezas y cambiar estructuras. La cuestión es si estamos dispuestos a abordar ese rediseño integral.
Por su tamaño, cohesión territorial y tradición institucional, Asturias tiene condiciones favorables, incluso para liderar un modelo sanitario avanzado. Pero ello exige asumir que la sostenibilidad futura no dependerá solo de más recursos, sino de mejor gobernanza, mejores incentivos y mejor uso del conocimiento.
En 2035, un sistema de salud de vanguardia no será el que más gaste ni el que más tecnología incorpore. Será el que genere mejores resultados en salud, de forma sostenible, transparente y alineado con su realidad demográfica y económica, capaz de ofrecer un modelo organizativo replicable que contribuya a la modernización del conjunto del sistema sanitario de España. Esa es la verdadera medida de la ambición.
Si España necesita una segunda gran reforma sanitaria, algunos territorios pueden anticipar ese camino. Asturias reúne muchas de las condiciones para poder convertirse en un laboratorio europeo de innovación sanitaria. Pensar en Asturias 2035 es, en realidad, pensar en el futuro del Sistema Nacional de Salud.
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