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Sebastián Álvaro, explorador: "Hay gente que ha secuestrado el Everest, cuatro agencias de Nepal han hecho del monte su negocio"

"La mitad de mi sangre asturiana es la que me ha empujado a ser montañero y aventurero"

"La televisión pública es diferente ahora, para mí mucho peor de la que yo viví"

Sebastián Álvaro, en Monte Scott (EE UU).

Sebastián Álvaro, en Monte Scott (EE UU). / Sebastián Álvaro

Mariola Riera

Mariola Riera

Oviedo

Aventurero, explorador, periodista, escritor, documentalista, montañero... Son muchas y sugerentes las formas de describir a Sebastián Álvaro Lomba (Madrid, 1950). Pero hay una por la que todo el mundo le conoce: haber sido el creador y director del programa «Al filo de lo imposible» de TVE. Álvaro recogerá el próximo 25 de abril en Oviedo el premio especial del Memorial «María Luisa». Un reconocimiento muy especial porque será, además, en la tierra donde nació su madre. Atiende a LA NUEVA ESPAÑA vía telefónica desde su domicilio madrileño mientras prepara la mochila para irse al Teide en una expedición que tenía previsto realizar este pasado fin de semana. Le ayudan en los preparativos sus dos nietos, de 7 y 10 años: "El pequeño va a ser montañero, apunta maneras, y va a dar muchos disgustos a su padre. Lo lleva en la sangre".

-¿Contento por el premio?

-Sí, claro. Mucho. Siento gratitud por lo bien que me trata Asturias, hace poco más de un año me dieron otro premio en Mieres. Probablemente no esté a la altura de lo que significan, pero voy a poner de mi parte para estarlo.

-Además, en Asturias tiene parte de sus raíces.

-Sí, la mitad de mi sangre es asturiana, que es la que me ha empujado a ser aventurero, explorador, periodista valiente... En Tineo tengo raíces y mantengo familia, unos primos con ganadería en Vallamonte. Siempre que puedo me paso a verlos. Estuve haciendo el Camino Primitivo y pasé. Cuando voy, siempre regreso más gordo de lo que fui.

-Imagino que la de su madre es la típica historia de la emigración asturiana.

-Sí. A a los 14 años dejó su aldea y se fue a Madrid con una hermana que tenía un bar en la plaza de España. Pronto conoció a mi padre, se casaron. Le pilló la guerra civil, una muy dura posguerra en la que sacaron adelante a cuatro hijos, primero con una lechería y luego con un almacén de materiales de construcción. Lo más importante que he aprendido en mi vida me lo enseñó mi madre asturiana, a la que no olvido ni un solo día de mi vida.

-¿En qué anda ahora?

-Pues acabo de venir de Pakistán, que ha sido una expedición fallida debido a los bombardeos en Irán que han repercutido en toda la zona. Pakistán se ha visto envuelto primero en una guerra con Afganistán, que ahora se está moderando. En la zona norte son chiítas y, por tanto, es gente a la que le duele mucho el bombardeo a Irán. Cuando EE UU e Israel mataron a la cúpula mayor iraní, chiíta, los pakistaníes del Norte se sintieron concernidos.

-¿Le da pena o enfada no poder disfrutar de las maravillas del planeta por enfrentamientos políticos, guerras...?

-Ya, pero la vida de la humanidad es así. El homo sapiens ha nacido con dos fuerzas antagónicas que nos arrastran, queramos o no. Una es la cooperación y otra es la competencia. A los de mi generación nos parecía que podríamos vivir en un mundo sin guerras después de la Segunda Guerra Mundial, pero muy pronto nos hemos dado cuenta de que no es posible. Teníamos un ordenamiento jurídico internacional que ha saltado por los aires en menos de un año. Primero fueron los rusos en Ucrania, luego el presidente Trump ha puesto todo patas arriba... Probablemente eso responda a una motivación del ser humano. No somos capaces los humanos de resolver los problemas que tenemos si no es con guerra. Y todas son crueles.

-«Al filo de lo imposible» fue un programa pionero en su género, de gran éxito.

-Los tiempos han cambiado. Empecé en 1981 y ahora la sociedad española es diferente, no digo mejor, digo diferente. Y también la televisión pública, para mí ahora mucho peor de la que yo viví. Tuve la inmensa fortuna de poder desarrollar mi profesión en la mejor televisión pública que hemos tenido en España nunca. Con jefes que eran cultos, productores que sabían manejar muy bien todo lo que hacíamos y una programación cultural con dos obras de teatro a la semana, naturaleza como «Al filo» o «El hombre y la tierra», debates como «La Clave», para toda la familia estaba el «Un, dos, tres»...

-No le gusta nada lo de ahora. ¿Hay algo que se acerque a su «Al filo»?

-No, nada. Hay otras cosas, no digo que estén bien o estén mal, pero a mí no me gustan. De vez en cuando hay algún documental que merece la pena, pero un programa semanal como el que teníamos nosotros, que veían catorce millones de personas, que hizo 355 capítulos, hoy en día es irrepetible. Me costó más de once años formar el equipo básico de «Al filo». Fueron más de 60 expediciones a montañas de más de 8.000 metros: cuando en el mundo solo había 7 personas que habían coronado los catorce «ochomiles», cuatro de ellas eran del equipo del programa. Había especialistas en espeleobuceo, en vuelo libre, bajamos aguas bravas en piragua, llegamos a los polos, cruzamos los Andes en globo...

-¿Eso no se puede hacer ahora?

-No veo a ninguna televisión pública invirtiendo en algo así, porque primero tienes que estar dos años preparándolo todo para luego ponerlo en marcha. Hoy toda la tele que se hace es de consumo rápido.

-¿Qué le que queda por hacer y cuál es su espinita clavada?

-He hecho bastantes cosas de las que me propuse en la vida, pero ningún hombre puede hacerlo todo. Creo que he sabido convivir con la adversidad y con la frustración, pero nunca me he rendido y siempre he estado luchando. Por ejemplo, he ido dos veces al Makalu, a hacer el Pilar Oeste, que es una de las rutas más difíciles del Himalaya, y no lo he podido hacer. Estuve tres años negociando con las autoridades chinas para poder sobrevolar el K2 en globo y no me dieron permiso. Hay una frase de Amundsen que cabe aplicarla a «Al filo»: lo que hizo el programa es suficiente gloria para un ser humano.

-Tanto que ha visto, ¿qué le parecen las montañas asturianas?

-Pues me parecen preciosas. Si es que yo me he hecho montañero escalando en Picos de Europa y en los Pirineos. Estuvimos en globo por los Picos, hicimos varios documentales en el Naranjo de Bulnes. Tengo un montón de amigos montañeros. Soy un hombre poco apegado a la tierra, pero cuando voy a Asturias me reconozco en su paisaje y en las montañas. Las asturianas no son muy elevadas, pero entras en los Picos y se viene el mundo encima: ves las agujas, los torreones de roca, los torrentes turbulentos de agua... Es el paisaje que pintaría cualquier romántico de esos lugares que ellos denominaron sublimes. Los Picos son esos lugares que te atraen y al mismo tiempo te infunden miedo.

-¿Qué le parecen esas fotografías de colas para coronar el Everest o el Mont Blanc?

-Yo conocí otro Mont Blanc y otro Everest, y ahí no pienso volver. La gente piensa que todo es posible, que pagando se puede llegar a todos los sitios. Eso pasa, por un lado, por la depredación impulsada por la codicia del ser humano. Hay gente que ha secuestrado el Everest, cuatro agencias de Nepal han hecho del monte su negocio. Y, por otro lado, las redes sociales han fomentado esa idea de que podemos tener todo lo que queremos en el momento que queramos. Alguien ve a un tipo en el Everest o en el K2 y dice «yo también quiero». Como si fuera irse al Corte Inglés o comprar una entrada para un partido de fútbol. Pero no es así; están pasando cosas que no me gustan nada.

-¿El montañismo ha cambiado?

-Yo he crecido en otro alpinismo. Me parece que eso no tiene nada que ver con el alpinismo verdadero. Como conozco mucho el mundo, cuando quiero hacer montaña me voy a lugares que conozco para estar solo con mis compañeros de escalada.

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