¿Qué es la estatinofobia y cuáles son los efectos secundarios reales de las pastillas del colesterol?
El terror que genera la medicación en el imaginario de algunas personas las empuja a asumir grandísimos riesgos para su salud
Pablo Argüelles es cardiólogo y es el autor de este artículo
Las estatinas son uno de los fármacos más usados a lo largo y ancho del globo, pero también uno de los más temidos por los pacientes. El terror que causan en el imaginario de algunas personas es tal que muchas están dispuestas a asumir grandísimos riesgos para su salud (infartos, ictus, isquemia de una pierna…) con tal de no padecer los terribles efectos que imaginan como fruto de la toxicidad de las famosas "pastillas del colesterol".
¿Qué son las estatinas?
Las estatinas son un grupo de fármacos utilizados para reducir el colesterol, interrumpiendo una reacción enzimática dentro de la llamada vía del ácido mevalónico. Desde finales de los años 80, se convirtieron en uno de los fármacos más utilizados en prevención cardiovascular, sobre todo a raíz de la publicación, en 1995, del estudio 4S, en el que el tratamiento con simvastatina demostró una inmensa superioridad frente al placebo. La evidencia acumulada desde entonces es tal que ningún comité ético permitiría repetir, hoy en día, un estudio en el que se enfrentase una estatina frente a placebo, pues esto supondría condenar a un altísimo riesgo cardiovascular a aquellos pacientes a los que se les negase el fármaco.
¿Tienen realmente efectos secundarios?
Como cualquier fármaco, las estatinas también tienen efectos secundarios. Interferir en vías metabólicas siempre tiene alguna contrapartida. Por un lado, conseguimos el efecto deseado, pero, a cambio, producimos otros efectos consecuencia del propio mecanismo de intervención, que no siempre son inocuos. El paracetamol consigue reducir la fiebre o la sensación de dolor, pero, a cambio, puede dañar nuestro hígado. Normalmente, los efectos secundarios están directamente relacionados con la dosis (a mayor dosis, más efectos). Dentro de los efectos secundarios más conocidos de las estatinas figuran: 1) Las molestias y dolores musculares; 2) La elevación de transaminasas hepáticas; 3) El aumento de la posibilidad de desarrollar resistencia a la insulina y, por tanto, diabetes.
¿Cómo podemos entonces decir que son fármacos seguros con semejantes efectos secundarios?
Pues porque los problemas musculares se dan en aproximadamente un 10 por ciento de los pacientes y, en la mayoría de los casos, no pasan de meras molestias. Los verdaderos casos de rabdomiólisis (destrucción de células musculares) son extremadamente raros (1 de cada 100.000 pacientes) y son fácilmente detectables en un control analítico temprano en el que se soliciten niveles de CPK. El aumento de diabetes es muy pequeño y ocurre principalmente en pacientes que ya tenían predisposición a desarrollarla (síndrome metabólico, obesidad, prediabetes). Para que se produzca un único nuevo caso de diabetes, haría falta que 250 pacientes tomasen estatinas durante 4 años. Por cada uno de esos casos, hay 10 personas que no habrán tenido un ictus o un infarto.
¿Por qué entonces tienen tan mala fama?
La mala fama de un grupo de fármacos que quizá tenga más evidencia que ningún otro en la historia de la medicina proviene, en gran medida, de la famosa teoría de la conspiración del colesterol, que de forma irresponsable ha sido propagada por diversos agentes (incluidos muchos médicos), fruto del desconocimiento cuando no de intereses más oscuros. En pocas palabras, esta teoría defiende que, en las últimas décadas, expertos en riesgo cardiovascular con conflictos de intereses en la industria farmacéutica han ido disminuyendo los niveles objetivo de colesterol con el fin de vender pastillas a un mayor número de personas, sin importarles los supuestos y terribles efectos secundarios derivados de la medicación.
¿Por qué descienden cada cierto tiempo los niveles recomendados de LDL?
Porque la evidencia acumulada muestra que los niveles de LDL, cuanto más bajos, mejor. Hasta 2018, se pensaba que un paciente que había tenido un infarto estaba seguro con un colesterol LDL por debajo de 70. Sin embargo, en el momento en el que aparece evidencia de que hay menos riesgo por debajo de 55, la única opción responsable por parte de las sociedades científicas es modificar sus recomendaciones para adaptarlas a dicha evidencia.
¿Pero no hay médicos que dicen que el colesterol es necesario para nuestro cerebro?
Como reza el viejo adagio, la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. Los títulos de quienes defienden semejantes afirmaciones son irrelevantes; lo que debe importarnos es si lo que dicen es cierto. Nuestro cuerpo es capaz de sintetizar todo el colesterol que necesita, y nuestro sistema nervioso no se va a quedar sin él. Por otro lado, la causalidad inversa puede ser desconocida por un influencer, pero no debería serlo por un profesional de la salud. Si tras la puerta 1 de la UVI se encuentra un paciente con LDL 135 y tras la puerta 2 un paciente con LDL 42, desconozco cualquier otro dato y debo apostar cuál seguirá vivo el próximo lunes, probablemente apostaré por el paciente de LDL 135.
¿Pero entonces…?
Pues porque hay muchas más probabilidades de que el paciente del box 1 sea Raúl, un chico de 28 años, politraumatizado tras un accidente de tráfico; mientras que es más probable que en el box 2 tengamos a Rogelio, de 78 años, con su segundo infarto (tiene el LDL bajo desde el primero gracias al tratamiento con estatinas, pero ha seguido fumando).
Evidencia frente al ruido
Las estatinas no son perfectas pero son una de nuestra mejores armas en prevención cardiovascular. El mayor triunfo de la desinformación no es hacernos creer en lo falso, sino hacernos dudar de lo verdadero. Las estatinas no necesitan fe, sino comprensión. Y, sobre todo, necesitan algo cada vez más escaso: confianza en la evidencia frente al ruido.
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