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Los últimos habitantes de los pueblos de Asturias que desaparecen: "Mientras se pueda, aquí aguantaré"

César Llamazales y Manuel Méndez son dos de los más de 300 asturianos que viven como el único vecino de una localidad

César Llamazales, delante de su casa de Casielles (Ponga).

César Llamazales, delante de su casa de Casielles (Ponga). / Ramón Díaz

Casielles (Ponga) / Riobón (El Franco)

Más de 300 personas en Asturias viven como único habitante de un pueblo. En su gran mayoría se trata de personas mayores que residen solas. En dos extremos de la Asturias rural, César Llamazales y Manuel Méndez son la vida de dos pueblos que el tiempo fue vaciando.

En lo más recóndito del concejo de Ponga, una carretera estrecha, de pendiente desmesurada y con 23 curvas infernales llega a duras penas hasta Casielles desde que se abrió, en 1979. Aquel año, César Llamazales conoció el barco y el avión, porque se fue a cumplir el servicio militar a Tenerife. Dejó por tres meses —libró por un problema auditivo— un pueblo en el que, cuando era niño, había más de 30 alumnos en la escuela.

En su casa eran 10 hermanos, y había otras dos familias superlativas: una con 17 hijos y otra con 15. Fueron muriendo los más viejos y marchando los más jóvenes hasta que solo quedó él. Es el último habitante de Casielles. Podría marchar, pues tiene piso en Cangas de Onís, donde vive su mujer, Rosa Álvarez, pero está dispuesto a resistir: "Mientras se pueda, aquí aguantaré". César Llamazales acaba de cumplir 66 años y se jubiló hace uno. Recuerda de niño las tardes de bolos, los mozos y "les moces". "Era un pueblo de mucho ambiente". Rememora con nostalgia tiempos en los que "no había mucho, pero necesitábamos poco y éramos felices".

Manuel Méndez, ante su vivienda en El Franco.

Manuel Méndez, ante su vivienda en El Franco. / Tania Cascudo

Recibe a menudo las visitas de su mujer y de uno de sus hermanos, Arsenio. Ambos pasan alguna que otra temporada en Casielles. Pero sus compañeros "de diario" son tres perros, "Mori", "Pinto" y "Chispa", un ejército de gatos sin nombre y otros "cuatro animalucos" que tiene "como entretenimiento, para pasar el tiempo". También se acercan a su casa a menudo, pero siempre de noche y a escondidas, los jabalíes y "los llobos".

Ayuda a su decisión de seguir en Casielles el cambio climático: "Ahora los inviernos ya no son los de antes, con aquellos ‘nevones’ de metro y pico". Pero, ¿y la soledad? "Aquí no hay tiempo de aburrirse, aunque sí hay tranquilidad… a veces demasiada". Hace unos meses se convirtió en la única persona que vive todo el año en la parroquia de Casielles, cuando falleció su vecino más cercano, Mariano Hortal, el último de Biamón. Alguna otra casa abre de temporada, pero como residente permanente solo queda él: "Soy el único ermitaño. Mientras pueda…".

A Manuel Méndez lo conocen por Manolín de Riobón, en alusión al pueblo de El Franco en el que nació y donde sigue residiendo. Las dos casas que componen este núcleo, en la zona alta del concejo, llegaron a estar habitadas por dieciséis personas. Ahora es el único vecino de Riobón. "Mi madre vino de La Braña, pero mi padre era de este pueblo. Hubo siempre dos familias viviendo en el pueblo, pero ya solo en nuestra casa éramos cinco hermanos y en la otra también vivía mucha gente", relata recordando otros tiempos.

Manolín vive solo desde que enfermó su madre, ya fallecida, hace más de veinte años. Aunque se ha acostumbrado a la situación, se arrepiente de no haberse casado. "Está uno mejor acompañado, fue un fallo que tuve", relata este maderista retirado que suma 86 años cumplidos el pasado septiembre.

Con todo, Méndez se defiende bien. "Me arreglo bien", señala. Pasa los días en compañía de su perro "Manín". El primer perro que tuvo con ese nombre murió calcinado en el fatal incendio de El Franco, en 2015. En aquel suceso, el franquino tuvo un papel protagonista, pues su casa ardió bajo las voraces llamas que arrasaron 2.500 hectáreas de El Franco. Se tuvo que mudar a la otra vivienda del pueblo, también ahora de su propiedad. La venta de la madera quemada y los fondos para la reconstrucción que habilitó el concejo le ayudaron a reconstruirla y a empezar de cero en su casa natal de Riobón.

Méndez hace de comer y se entretiene atendiendo la finca que rodea su casa. Le preocupa que esté limpia para que no vuelva a ocurrir un suceso como el de 2015, cuando fue imposible frenar el avance del fuego. Baja en coche a La Caridad a hacer recados; a la tarde se toma el café allí. Tuvo que operarse el año pasado de la próstata y todo salió bien. Bromea diciendo que siente que ha rejuvenecido diez años.

En Grado, Yernes y Tameza, valles del Trubia o Belmonte de Miranda también hay personas viviendo solas en las aldeas, aunque son pocos casos. Muchas declinaron ante LA NUEVA ESPAÑA participar en este reportaje: tienen "miedo" a que se conozca dónde viven solos, por seguridad.

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