Leopoldo Calvo-Sotelo: la historia del expresidente y su vínculo familiar con Ribadeo y Asturias
Con motivo del centenario del nacimiento de presidente del Gobierno, su hijo Pablo Calvo-Sotelo recuerda la estrecha relación del expresidente con el Principado

Por la izquierda, Josefina Díaz, madre del presidente de Gondán, Álvaro Platero; Pilar Ibañez, Francisco Díaz, abuelo de Platero y por entonces presidente de la naviera, y Leopoldo Calvo-Soteo, en el verano de 1981, en astilleros Gondán en Figueras. / LNE
En una esquina del restaurante Peñalba, en Figueras (Castropol), una fotografía preside la pared. En la instantánea, sobre las escaleras del Palacio de la Moncloa, ocho niños: Leopoldo, Juan, Pilar, Pedro, Víctor, José María, Andrés y Pablo. Junto a ellos, sus padres: Pilar Ibáñez y Leopoldo Calvo-Sotelo.
La imagen, dedicada por el político a los dueños del local, lleva décadas ahí. Ese restaurante, como la ría del Eo o las playas del occidente asturiano, forma parte de una memoria familiar que explica mejor que cualquier discurso la relación que tuvo con Asturias el que fuese presidente del Gobierno entre 1981 y 1982, fallecido en 2008.
«El 23F, cuando se votaba mi investidura (acababa de decir que no el diputado socialista Núñez Encabo), ‘pobló el Congreso el triunfo de los guardias civiles’Después de tres minutos dramáticos y diecisiete horas grotescas terminó aquel esperpento y fui, por fin, elegido Presidente», escribía el propio Calvo-Sotelo , el hombre que sustituyó a Adolfo Suárez, de propia trayectoria política.
Pero más allá del personaje público hay otra biografía. Una más íntima y que se escribe a orillas del Cantábrico. La cuenta su hijo pequeño, Pablo Calvo-Sotelo Ibáñez, con motivo del centenario del nacimiento de su padre.
Una infancia entre dos orillas
Aunque nació en Madrid, Leopoldo Calvo-Sotelo pasó años decisivos de su infancia en Ribadeo (Lugo), su pueblo materno, al que regresó con 10 años junto a su madre y sus hermanos, poco después de que estallase la Guerra Civil. Allí, en playas como San Román o el Cañón, aprendió a nadar, a remar y a navegar. «Tenía unas vivencias que en Madrid eran imposibles», resume Calvo-Sotelo. Aquellos años dejaron en él una «huella profunda». «Cruzaba cada día hasta Asturias para poder ir a las playas», explica su hijo.
Ese vínculo no se perdió con el tiempo. «Desde que teníamos meses hemos ido siempre a Ribadeo», rememora el hijo del que fuese presidente del Gobierno. Antes de la construcción del puente de los Santos, la familia cruzaba la ría en lancha. «Cuando tenía trabajo en Madrid, se cogía un avión a última hora e íbamos de noche a buscarle a Figueras; dejaba el coche allí y cruzábamos en bote, aunque fuese vestido de traje. En el fondo lo hacía porque le gustaba llegar así», cuenta.
La casa familiar en Guimarán, en Ribadeo, resume esa relación asturgallega. «Lo primero que veíamos al despertar y lo último al acostarnos era Asturias», explica. Desde allí se ven Figueras, Castropol y toda la línea de costa. Los ocho hermanos crecieron con esa rutina. «Toda la vida hemos ido a Ribadeo, y sigue siendo nuestro lugar de vacaciones», señala Calvo-Sotelo. Desde allí recorrían la costa asturiana, Tapia de Casariego, Navia o Luarca en salidas en barco. «La costa asturiana desde el mar es uno de los mayores espectáculos del mundo», y añade: «Ese amor por el mar nos lo inculcó mi padre y lo seguimos teniendo».
Su vinculación con Asturias también estuvo presente en su vida pública. Como cuando en 1981, siendo Presidente del Gobierno y estando en el Teatro Campoamor de Oviedo, el entonces Príncipe Felipe pronunció sus primeras palabras en público con motivo de los Premios Príncipe de Asturias. «Es un día que le hizo especial emoción y que fue, además, en Asturias, cerca de ‘casa’», destaca Calvo-Sotelo hijo, cuya familia mantiene relación con distintas personalidades del Principado.
Pero para Leopoldo Calvo-Sotelo, su mejor título fue «ser alcalde honorario de Ribadeo», asegura su hijo. Él, que aprobó la Ley de Divorcio, la entrada de España en la OTAN o la Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico (LOAPA), lo que más disfrutaba era de «volver a los orígenes».
Calvo-Sotelo falleció el 3 de mayo de 2008 y está enterrado en Ribadeo, lugar que el pasado martes le rindió un homenaje por el centenario de su nacimiento. «La gente del pueblo se volcó; fue muy emocionante», recuerda su hijo que procura mantener viva su memoria con los gestos cotidianos que su padre les inculcó: el mar y las tradiciones. Por eso siempre vuelven a comer en Peñalba. «No faltamos ni un solo verano, es algo que le encantaba», asegura.
Por eso, la fotografía de Peñalba no es solo un recuerdo familiar. Es una síntesis. Ocho niños en Moncloa. Una familia numerosa. Un Presidente. Y, al mismo tiempo, una historia que no se entiende sin la ría, sin Asturias al otro lado, sin esos veranos interminables que siguen reuniendo a la familia en torno a una mesa en Figueras. Como si, en el fondo, todo empezara y terminara allí. n
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