María Consuelo Álvarez, psicóloga general sanitaria: "Nuestros perros salen a pasear varias veces al día, pero muchos de nuestros mayores pasan semanas esperando una visita"
Observaciones sobre los vínculos en la región más envejecida de España, en la que las mascotas ocupan un espacio creciente en la vida cotidiana

VÍDEO: Nico Martínez / FOTO: Ángel González
En Asturias es una escena cotidiana. Salimos a caminar por el paseo marítimo, por un parque o por cualquier senda verde, y vemos a decenas de personas paseando a sus perros. No es algo negativo: tener un perro puede mejorar la salud física y emocional. Diversos estudios muestran que convivir con un perro aumenta la actividad física, mejora el estado de ánimo y favorece la interacción social. Incluso se ha observado que las personas que pasean a su perro realizan más ejercicio y tienen menor riesgo de deterioro cognitivo o demencia.
En nuestra comunidad, este fenómeno es muy visible. Según los registros oficiales del Principado, en Asturias hay más de 200.000 perros censados, y en algunas ciudades la diferencia resulta especialmente llamativa. En Gijón hay más de 40.000 perros registrados, una cifra que supera ampliamente al número de menores de 15 años en la ciudad. De hecho, algunos años se han registrado más perros que nacimientos, lo que refleja cómo ha cambiado nuestra sociedad en la distribución de afectos y cuidados.
Al mismo tiempo, Asturias es la comunidad autónoma más envejecida de España. Aproximadamente tres de cada diez asturianos tienen más de 65 años, y el índice de envejecimiento supera las 240 personas mayores por cada 100 menores de 16 años. Es decir, vivimos en una sociedad donde cada vez hay más personas mayores y menos jóvenes, y donde el cuidado y la compañía familiar se vuelve más necesario.
A veces me surge una reflexión incómoda: dedicamos tiempo diario a nuestros animales, pero en muchas ocasiones no encontramos ese mismo tiempo para visitar a nuestros padres. Nuestros perros salen a pasear varias veces al día y muchos de nuestros mayores pasan semanas esperando una visita.
La soledad de muchas personas mayores institucionalizadas es una realidad poco visible. En algunos estudios realizados en residencias se observa que una parte importante de los residentes recibe pocas visitas o ninguna durante largos periodos. En algunos casos, apenas el 40 por ciento recibe visitas regulares durante el año, y en verano, cuando muchas familias están de vacaciones, la situación puede empeorar: hasta el 85 por ciento de los mayores no recibe visitas en esa época.
De las personas mayores que viven en residencias, muchas no se quejan de la atención profesional. De hecho, las residencias cumplen una función fundamental cuando los cuidados en casa ya no son posibles: proporcionan seguridad, atención médica y actividades adaptadas. Lo que más echan de menos no es la comida ni la habitación. Es el vínculo.
Desde la psicología sabemos que el contacto con la familia tiene un impacto directo en el bienestar emocional de las personas mayores. Las visitas reducen la sensación de soledad, mejoran el estado de ánimo y ayudan a mantener activa la memoria y la identidad personal. Una conversación con un hijo, una hija, un nieto, un sobrino, no es solo un gesto afectivo: es también estimulación cognitiva, regulación emocional y continuidad de la historia de vida.
A veces los hijos dicen: "No tengo tiempo". Pero cuando observamos la vida cotidiana, vemos que muchas personas sí encuentran tiempo para otras rutinas. Sacar al perro, por ejemplo, es algo que se hace varias veces al día porque el animal lo necesita. Y quizá ahí esté la clave: cuando algo depende de nosotros de forma directa, respondemos.
No se trata de comparar afectos ni de culpabilizar a nadie. Las familias actuales viven con horarios complejos, trabajo, responsabilidades y distancia geográfica. Tampoco debemos idealizar el cuidado familiar: muchas veces ingresar a un padre o una madre en una residencia es una decisión responsable y necesaria.
Pero sí conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿qué lugar ocupa nuestra presencia en la vida de nuestros mayores? Un paseo con el perro dura quince o veinte minutos. Una visita breve a una residencia puede durar lo mismo. A veces basta con sentarse, hablar, mirar fotos o dar un pequeño paseo por el jardín del centro.
En psicología, sabemos que la calidad de vida en la vejez no depende solo de la salud física. Depende también de sentirse visto, recordado y querido. Nuestros padres nos llevaron de la mano cuando no sabíamos caminar solos. Quizá ahora, cuando su mundo se ha vuelto más pequeño, lo único que necesiten sea que volvamos a aparecer por la puerta de su residencia o de su casa un poco más a menudo.
A veces no hacen falta hacer grandes cosas. A veces basta con ir.
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