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Hablan por primera vez las familias de los mineros fallecidos en Cerredo: "Vamos a pelear con uñas y dientes, y quien tenga que pagar, que pague"

Los parientes más próximos de Jorge Carro, David Álvarez, Amadeo Bernabé y Rubén Souto rompen con LA NUEVA ESPAÑA un silencio de un año y un mes de desgarro

Expresan la sensación de abandono y desamparo, lamentan la falta de ayudas ante la perspectiva de un largo periodo sin ninguna indemnización pero, sobre todo, cuentan su dolor y su rabia

Once manos.  Los familiares de cuatro fallecidos en Cerredo colocan sus manos ante cuatro flores que representan a sus maridos, hijos y hermanos. Se suma el sobrino de David Álvarez. | VICENTE MONTES

Once manos. Los familiares de cuatro fallecidos en Cerredo colocan sus manos ante cuatro flores que representan a sus maridos, hijos y hermanos. Se suma el sobrino de David Álvarez. | VICENTE MONTES

Vicente Montes

Vicente Montes

Robles de Laciana (León)

Viernes, Primero de Mayo, Día del Trabajo. 12.30 de la mañana. Diez personas se sientan en círculo ante una mesa, al sol, en el exterior de un pequeño restaurante rural de Robles de Laciana, en León. La primavera se envalentona por momentos. Es un encuentro extraño: una cita con la memoria, el dolor y la rabia. Un año y un mes después del accidente minero de Cerredo, en el que fallecieron cinco trabajadores, las familias de cuatro de ellos se reúnen por primera vez para hablar juntas, con calma, y aceptan hacerlo ante LA NUEVA ESPAÑA. Solo ponen dos condiciones: no quieren fotografías y tampoco aparecer más allá de sus nombres.

Por David Álvarez Núñez, de 33 años, están sus padres, Roberto y María Jesús, y su hermano Roberto, acompañado de su esposa, Marta. También asiste Cristina, pareja durante casi treinta años de Rubén Souto Robla, de 49 años. Están Tomás y Ana, padres de Jorge Carro André, de 33 años, junto a Jenny, su pareja y madre del hijo de ambos, de tres años. Y acuden también Joane, esposa de Amadeo Bernabé Castelao, de 48 años, y su hermana Dora.

El dolor de las familias ha estado en el centro del debate político, pero nunca se las había escuchado. De hecho lamentan que nadie haya querido hacerlo. Esto no es una entrevista ni una suma de declaraciones. Es un diálogo coral: una acumulación de recuerdos, reproches, desgarros y heridas. Y, sobre todo, un lamento que termina sonando como una sola voz. Su nombre se ha invocado muchas veces. Ahora hablan ellas. Y lo hacen para rescatar las promesas que se les hicieron. Sus hijos, sus maridos, trabajaban para una empresa que les ocultó que carecía de licencias y permisos, y que incumplía las medidas de seguridad. Tampoco tenía seguros adecuados. Las perspectivas de cobrar indemnizaciones son de años. En una familia se cobra solo una pensión de orfandad; en otra ni siquiera se reconce la viudedad. El proceso judicial que afrontan implica gastos sin haber recibido ninguna compensación económica. El Principado ha prometido ayudas después de que la diputada Covadonga Tomé, presidenta de la comisión de investigación, haya planteado adelantar indemnizaciones.

I. El aviso que nunca llegó

"Nos enteramos por otra gente o por las noticias; nunca nadie llamó"

—A día de hoy, nadie ha llamado para decirnos: "Ha habido un accidente; tu marido está aquí, tu hermano está aquí" —dice Roberto, hermano de David Álvarez—. Nadie de la empresa tampoco.

—Yo me enteré de todo por mi hermana, por su trabajo. Si no, lo habríamos sabido por la prensa, sin que nadie nos avisase —añade Tomás, padre de Jorge Carro.

Marta, cuñada de David, recuerda que la primera llamada llegó por otra familia.

—Lo supimos sobre las diez menos veinte, por la mujer de un herido que había salido vivo y la llamó. Su mujer es amiga mía.

Roberto completa la escena:

—Le dijo: "Marta, ha habido un accidente muy grande".

Cristina, pareja de Rubén, estaba entonces trabajando como conductora en Tragsa, en Fabero.

—Lo oí por la emisora del camión: que había habido un accidente en Cerredo. Pensé que era de tráfico. Entonces alguien preguntó cuántos coches estaban implicados y ya dijeron que no, que había sido en la mina, una explosión de grisú. Yo ya no supe si frenar, si tirarme para el pozo de cabeza. Me bajé del camión y avisé de que cogía un coche de la nave y marchaba para Cerredo, pero llegó el encargado y me dijo: "Yo te subo". Serían las once menos veinte.

Habían pasado cerca de dos horas desde el accidente.

—Cuando llegué, allí aún no había casi nadie —dice Tomás.

Marta entra entonces en el tramo más cruel de aquella mañana: la búsqueda y una confusión.

—Tuvimos que buscar a su hermano por todos los hospitales. Nos llamaron diciendo que David estaba bien y que estaba en el Hospital del Bierzo. Y allí estuvimos, espera que te espera.

Roberto, su marido, hermano de David, continúa:

—Íbamos a Ponferrada porque teníamos cita con un especialista. Al coger la autovía recibimos la llamada: "Venid para el hospital, que acaban de traer a David". Ella creyó que era mi hermano porque oyó "David Álvarez" y vio a alguien en la camilla, todo lleno de negro.

Marta avisó a sus suegros:

—Decían que estaba bien, dentro de la gravedad, así que llamé a mi suegra para decirle que estuviese tranquila.

Roberto continúa:

—Llegamos a urgencias y dijimos que éramos familiares de David Álvarez. La mujer que nos atendió nos comentó que no nos preocupásemos, que se había roto una costilla, que tenía magulladuras y quemaduras. Tú vas así, en la mierda, y te dicen eso, y piensas: las heridas se curan. Nos mandó a la sala de espera. Luego volvió con la cara desencajada. Me preguntó: "¿Cómo se apellida tu hermano?". Le dije: "David Álvarez". Y ella: "No me has entendido. Este es Álvarez de segundo. Este chico dice que no tiene hermanos".

Marta continúa:

—Entonces preguntamos: "¿Y nuestro hermano dónde está?". "Aquí no", nos dijeron. "Llamad a Oviedo, a León… al Instituto Forense".

Salieron hacia la mina, llamando a todas partes.

—Telefoneábamos a David y no contestaba. Yo iba mirando el móvil y veía: un fallecido, dos, tres… Y le decía a mi marido: "Si tu hermano estuviera muerto, alguien nos lo habría dicho. Si pasó a las ocho y media y son las once, seguro que está bien". Luego se decía que había un atrapado. Y pensamos: "Por Dios, que sea él".

Al llegar a Cerredo, la confirmación no fue una palabra, sino un gesto.

—Preguntamos. Un hombre entró en la nave donde tenían los cuerpos. Cuando salió, le vimos la cara. No hacía falta que dijera nada. Ahí lo supimos.

Y entonces llegó otra tarea imposible.

—Ahora llama a ellos dos —dice Marta, señalando a Roberto y María Jesús, los padres de David, que escuchan en silencio—. Llámalos y díselo.

—Claro —añade Roberto—. Porque ellos pensaban que estaba bien. Les habíamos dicho que estuvieran tranquilos.

Cristina interviene para resumir el desconcierto de todos:

—Todos nos enteramos por la radio o por otra gente. De la empresa nadie llamó. Y estando arriba… ¿cuánto tardaron en decir los nombres? El médico solo daba datos de los heridos. Fue un caos total. Supe que había fallecidos cuando llegué arriba.

Joane, viuda de Amadeo, fue la última en saberlo.

—Lo supe a las once y media, en Caboalles. Estaba en casa de una vecina y me preguntó qué había pasado allí arriba, que están dándolo en la tele toda la mañana. Entonces dije: "Pues vamos a ver", y fui para allá.

Marta la recuerda llegando.

—Siempre me acordaré de ti. Entraste gritando: "¿Pero cómo puede ser que nadie me haya dicho nada? ¡Que alguien me diga, que alguien me diga!". Nosotros habíamos llegado hacía dos segundos. Tú debiste de ser la última.

—Yo no me doy cuenta ni de cuando llegué —dice Joane.

Cristina, al llegar, se encontró el primer cierre físico.

—Había dos guardias abajo que no me dejaban pasar. Me puse de uñas y pude subir.

Tomás, padre de Jorge, había llegado antes que muchos.

—Lo vi todo. Sacar a un muerto. Otro muerto. Otro muerto…

Jorge Carro (33)

Apenas tenía experiencia en la mina, pero cuatro años antes del accidente que segó su vida entró a trabajar en Cerredo buscando labrar un futuro mejor para su hijo, que ahora tiene tres años, y su pareja Jenny. Consideraba su trabajo una manera de mejorar lo que conseguía como ganadero. El pequeño y su madre, que ha tenido que cerrar su negocio un año, solo reciben como ingreso los 380 euros de orfandad que corresponden al pequeño, porque no estaban casados. A Jorge no le gustaba estar en el interior de la mina y en numerosos mensajes de audio le trasladó a Jenny sus dudas sobre la seguridad. «Va a haber una desgracia, va a pasar algo serio», le dijo. Pocos días antes del siniestro había mostrado su satisfacción porque le habían prometido que le destinarían al exterior: «Donde estamos ahora es un chamizo, una mierda». Su padre Tomás siempre le pedía que dejase el empleo.

II. Sin despedida. El desgarro de una madre

"No pude darle un beso a mi hijo; por eso, los políticos, mejor calladinos"

María Jesús, la madre de David Álvarez, ha permanecido en silencio la mayor parte del tiempo. Cuando habla, se refiere a los políticos.

—Yo creo que sería mejor que se estuviesen calladinos todos. Que si van a hacer una cosa y otra… pero no van a cumplir nada. Porque encima nos están haciendo daño. Si es mentira todo lo que dicen... Callados deberían estar.

Interviene Marta.

—Recuerdo cuando llegó (Alfonso Fernandez) Mañueco (presidente de Castilla y León), que decía que quería conocer a la mamá. Pero mi suegra estaba con la psicóloga que nos pusieron. Yo decía que no estaba para nadie, pero él insistía.

Vuelve María Jesús:

—Yo a la psicóloga solo le pedía que quería ver a mi hijo. Ella me decía que no se podía, pero yo insistía e insistía: "¿Cómo sé que está ahí? No lo sé". Al final me dijo: "Bueno, he conseguido que puedas verle las manos".

—Fue porque me preguntó a mí si eso te ayudaría —aclara Marta—. Porque mi suegra seguía incluso llamando incluso al móvil de David, pensando que tenía que salir de trabajar. David tenía un tatuaje, se comía mucho las uñas, y así podría reconocerlo.

María Jesús recuerda las manos.

—Es que es tan triste… Me acuerdo de que esta mano la tenía limpia y la otra negra. "¿Y esta mano?", pregunté. Dijeron: "Es que el carbón se quita mal". Y yo: "¿Pero no decís que viene de Oviedo? ¿Qué engaño es este?".

Hay una pausa. Sigue la madre:

—Con esa pena voy a vivir toda la vida, porque no pude darle un beso. Eso es muy triste. Da igual que esté bien, que esté mal, que le falte un brazo, una pierna, lo que sea… Somos sus padres, su hermano, su familia… Esté como esté… (Llora). Daría lo que fuera por volver a verlo, estuviese como estuviese.

Su marido, Roberto, el padre de David Álvarez, susurra sin contener las lágrimas:

—Que no pudiéramos abrazarlo…

Cristina interviene:

—Con el tiempo te vas enterando de cosas. Me dijeron que Amadeo y Rubén fueron a los que pilló de pleno la explosión… Yo prefiero quedarme con su cara de las siete de la mañana. ¿Qué hago, ver un trozo y no dormir más en mi vida?

Llora.

—Quedarnos con cómo eran siempre…- musita Roberto padre.

Silencio. Luego sigue:

—Cuando subimos, al meternos en la carretera, nos encontramos mi mujer y yo con dos funerarias: una blanca y otra gris. Teníamos que haberlas parado.

—No, eso no podías hacerlo…— dice su hijo.

—Yo quería. Pensaba: "Dios mío, qué poca valentía tengo, porque tenía que haberme bajado del coche y decir: quietos ahí". Todo lo que tienes adentro... Y cada día que pasa es peor. Cada día peor— se lamenta María Jesús.

Joane tercia entonces:

—Y luego ir a por la autopsia. Tener que ir a Cangas.

—Nos la dieron así, doblada, ni en un sobre. Mi mujer me dijo: "No la leas". Pero lo hice— confiesa Roberto hijo.

Cristina añade:

—Yo no. La metí en un cajón.

Tomás cierra el bloque:

—Es bueno vivir en la ignorancia. Yo, por mi trabajo, he visto a muchos. Pero si es alguien de los tuyos… Yo sabía lo que me encontraría con mi hijo. Por eso, cerrar los ojos es mejor.

Amadeo Bernabé (48)

Natural de Villaseca de Laciana, residía en Caboalles de Arriba desde que se casó con Joane, su mujer. Su vida laboral siempre estuvo vinculada a la mina, pasando por varias explotaciones leonesas, pero en el exterior. Hace cuatro años comenzó a trabajar en el interior, primero en la explotación de Tormaleo (Ibias) y luego en Cerredo. Aficionado a los caballos, solía pasear con ellos. Confiaba en jubilarse en poco más de dos años. Había sufrido un accidente laboral que le mantuvo de baja, pero regresó al tajo en Cerredo diez días antes de la brutal explosión de grisú que acabó con su vida. No tenía hijos. Joane se ha quedado sola: «Lo peor es ese momento en el que cierras la puerta de casa y quedas allí, y él no está».

III. Las responsabilidades políticas

"¿Para qué están ahí? No basta con dimitir"

—Leemos en las noticias cuando hablan de las familias, de cómo nos sentimos. No lo saben. ¿Cómo te sentirías si fuese tu marido, tu hijo? —dice el padre de David Álvarez.

—Es que ellos no quieren asumirlo de ninguna manera. Quieren sujetar el tema, no vaya a ser que les salpique. Parece que nuestros hijos estaban ahí en tierra de nadie. Pero aunque asumiesen la parte que les corresponde y dimitiesen… ¿qué solución es esa? Por la puerta de atrás los acaban colocando, siguen ganando y no pasa nada.

—Pero tiene que haber alguna consecuencia —señala Cristina.

—Sí, pero ¿usted es responsable? No tiene que dimitir: tiene que ir a la cárcel. ¿Para qué está usted ahí?

—Son responsables por no haber actuado bien —tercia Marta.

—Yo tengo un puesto y tendré que desempeñarlo, ¿o solo cobran por ello? ¿Por qué se estaba trabajando allí sin ningún tipo de permiso ni nada? Deberían responder desde el último eslabón de la cadena hasta el primero. Empezando por el alcalde de Degaña, que sigue ahí tan tranquilo. Sigue Barbón supertranquilo, como si no pasara nada. La mina estaba en su Principado; tendrá que saber lo que pasa en su casa. Y así sucesivamente. ¿A mí qué más me da que ahora dimita Barbón o dimita el otro? Tendría que haber otra responsabilidad, no irse a casa y aquí paz y después gloria. Porque por tu culpa, por no hacer bien las cosas, se murieron cinco personas. Tú tendrás que ser culpable de algo: de preocuparte de cómo está la licencia, de cómo está lo otro. Si no hay licencia, no se permite trabajar. Si se dieron subvenciones a las minas para cerrarlas, no tienen por qué abrirse. Los que fueron allí iban a trabajar. Fui 40 años a mi trabajo y jamás pregunté si en mi trabajo se pagaban impuestos o estaba todo en regla. Voy a trabajar, me pagan y es mi obligación. Todos dábamos por hecho que era legal…

Interviene Dora:

—Claro. Pasaban los camiones y supones que tienen su permiso. Los que iban a la mina sabíamos que iban y que estaban sacando carbón. ¿Cómo íbamos a pensar que todo estaba como estaba? No era una cosa que se ocultase. Lo sabíamos todos. Menos el alcalde de Degaña, que me dijo personalmente que si yo lo sabía, por qué no lo denuncié.

—Pero si se presentaron denuncias… —señala Cristina.

—En el pleno de Degaña al que fuimos se lo dije yo al alcalde —apunta Roberto—: Que no lo sepas como alcalde, como vecino… pero como vigilante de Tragsa de seguridad…

Joanie tercia:

—Luego dicen que van a llegar al final y "caiga quien caiga". Sí, como en el programa aquel de la tele.

—Nosotros sí que vamos a llegar hasta el final —asegura Tomás—. Y caiga quien caiga. Porque Barbón, por ejemplo, como hijo y nieto de mineros, va, dimite y se va para casa… ¿y a mí de qué me sirve? No me da ninguna solución. No ha pagado nadie las consecuencias de las cosas. En mi trabajo, si no haces las cosas bien, rápido te estiran las orejas. Ahí todos lo hicieron todo mal. No han hecho nada bien.

—Se debe saber la verdad —dice Joane. Y añade—:Que vayan todos al banquillo, desde el de arriba al de abajo. En la mina siempre hubo accidentes, pero aquí les mandaron al matadero.

Tomás, padre de Jorge Carro, continúa:

—Es que no puede ser que se trabaje sin permiso y como si nada. Aquí hay cinco cadáveres por no haber hecho el trabajo bien. Todo falló. El alcalde sabía que no tenían licencia y no lo paralizó. En el Principado hacen como que no sabían nada. Entonces, todos estos políticos deberían pagar, no ya con la dimisión: con algo. Algo que de verdad espabile a los que vengan detrás. No se puede hacer caso omiso a todo. No puede ir el inspector y estar todo bien cuando en realidad está todo mal.

—Pero luego bien que iban a comer, que se sabía —espeta Cristina.

David Álvarez (33)

Sonriente y niñero, de estar vivo David aguardaría con ilusión a su segundo sobrino, que nacerá en octubre. Hijo de Roberto, que trabajó toda la vida en la mina, llevaba apenas tres meses en la explotación de Cerredo, aunque tenía ocho años de experiencia en explotaciones mineras. Le encantaba su trabajo: «Era el más feliz del mundo, aunque yo solo quería que se le quitase de la cabeza», relata María Jesús, su madre. Su padre también intentó que lo dejase. Pero él afrontaba con ilusión el futuro, convencido de que los proyectos de Blue Solving para Cerredo, subvencionados por el Instituto de Transición Justa, tendrían éxito, sin saber que trabajaba sin ningún soporte legal en una actividad clandestina. El viernes antes del accidente que segó su vida envió orgulloso un vídeo a su sobrino (hijo de su hermano Roberto y Marta) mostrando los 33 vagones de carbón que habían logrado extraer ese día. «A veces venía disgustado, porque se les había dado mal», cuenta su madre.

IV. Sin ayudas y el valor de una vida

"Perdimos al hijo, al marido; y al nieto le dan 380 euros"

Jenny, la pareja de Jorge Carro y madre del hijo de ambos, de tres años, tiene la situación más complicada. No estaban casados:

—Yo solo tengo la ayuda de orfandad, que son 380 euros. En casa trabajaba Jorge, yo tenía una tienda pero estuve de baja; espero volver a trabajar otra vez.

—Yo sigo de baja, por la recuperación del cáncer. De Rubén no tengo nada, porque no estábamos casados legalmente, después de más de 30 años— dice Cristina.

La ley establece que sólo se percibe pensión de viudedad si se trata de matrimonio, o pareja de hecho con dos años de convivencia. Cristina añade:

—Con lo que se habla de las ayudas que quieren hacer en Asturias podría recibirla porque ahí sí tendría derecho.

En cambio, Jenny no la percibiría, porque la convivencia fue de menos de 15 años. Tomás, su suegro, padre de Jorge Carro, se lamenta:

—Es que ya ves cómo quedan las familias. Perdimos al hijo, al marido; y… a mi nieto le quedan 380 euros; a su viuda nada porque faltó la bendición de un cura o ir al juzgado.

Las familias se enfrentan a un largo proceso judicial, de años. Con una empresa sin seguros para cubrir la actividad del accidente, en situación ilegal, y con un empresario, Jesús Rodríguez Morán, que afronta varios juicios pendientes. El juzgado de Cangas del Narcea ha ordenado embargos para hacer frente a las indemnizaciones llegado el caso. Les aguarda una larga espera sin recursos y con numerosos gastos judiciales.

Roberto, hermano de David, expresa rabia:

—Una mujer vino el otro día y me dijo que si estábamos contentos, porque en las noticias decían que podríamos llegar a cobrar 250.000 euros. Pero... ¿cuánto vale una vida? ¿Cuánto vale la vida de cada uno? Si fuera al revés y tuviéramos que pagar eso para que nos devolvieran a mi hermano nos embargábamos la vida entera.

—Es lo que dice Roberto… el dinero… darías lo que fuera porque volvieran todos ellos, o no haber pasado este año— interviene Roberto padre.

—Pero eso es algo a lo que tenemos derecho; el problema es que en esta situación no se sabe cuándo se recibirá.

Rubén Souto (49)

Sus compañeros le llamaban «el abuelo», por su veteranía y también porque tenía un nieto y esperaba otro. Bien joven se enamoró de Cristina, que ya tenía un hijo de una relación anterior, pero lo cuidó y quiso como propio. De hecho, había una sorpresa preparada que Rubén nunca llegó a ver: el hijo de Cristina había comenzado a tramitar el papeleo de la adopción para que fuese legalmente su padre. Iba a ser el regalo cuando naciese su segundo nieto, al que nunca llegó a conocer. Cristina y Rubén no estaban casados, ni se habían inscrito como pareja de hecho, lo que complica la situación legal para que ella pueda recibir compensaciones. Cristina ha pasado un largo periodo de baja recientemente luchando contra un cáncer que reapareció por segunda vez. Rubén trabajó desde joven en la mina, pero cuando le faltaba poco para prejubilarse quedó en el paro. Por eso volvió a la galería. Se habría jubilado este año. Cristina recuerda la despedida de cada mañana: «Nené, ten cuidado».

V. El olvido, la mentira y las promesas

"Estuvieron sacando carbón desde el minuto cero"

—¿Que cómo estamos tras un año? Igual… o peor— dice Roberto padre.

—Peor, porque nadie se acuerda de nosotros. Muchas promesas al principio y nadie se ha preocupado de nada— expresa Cristina.

Recuerdan los días del funeral, las fotos, las autoridades. La presión de la prensa. El dolor de alfombra roja y coche oficial que se esfumó dejandoles las vidas vacías.

—A mí me dijeron que si quería recibir a Yolanda Díaz, pero dije que no quería ver a nadie- cuenta Joane.

— A mí se me acercaron Belarmina (Díaz), (Adriana) Lastra, (Adrián) Barbón, diciéndome que lo que necesitase, lo que quisiera, lo que hiciese falta…— explica Cristina.

—No sé cómo no les da vergüenza— murmura Joane.

—En la mina, se lo dijimos a Adriana (Lastra) y a Belarmina (Díaz).Nos dijeron que qué desgracia, que tenían permiso hasta la semana siguiente y que estaban haciendo cosas de chatarra…. ¿chatarra?. No, estaban sacando carbón, le dije yo. Mi hermano estaba sacando carbón. Ví cómo les cambió la cara— cuenta Roberto.

—También se dijo que llevaban cinco semanas, pero estaban sacando carbón todo el tiempo que estuvieron en la empresa, desde el minuto cero —apunta Tomás—. Jorge manejaba las palas, sacaban carbón de Cerredo, lo mezclaban con el de Tormaleo… dos años o así llevarían.

—Jorge iba por las noches, hubo un tiempo que le mandaban durante la noche— apunta Jenny rompiendo un largo silencio.

—El carbón iba para el Musel, y estaban con ese proyecto que habían traído una máquina. David decía: "¡Mama, una máquina de un millón de euros!". Con unos rumanos, que habían estado viendo la mina— explica María Jesús.

A la madre de David, la que solo pudo despedir al hijo contemplando sus manos, le queda un triste consuelo:

—El consuelo es que es que esos días que David estuvo trabajando fueron los más felices para él. Nosotros le decíamos que no volviera a la mina. Pero cuando volvía en coche y pasaba el último túnel que tiene antes de llegar a casa me llamaba: "Mama, qué más puedo pedir, salí, todo bien; paso para tu casa y luego voy a la mía".

—¿Y por qué el empresario, con todo lo que tiene encima sigue navegando?— pregunta Roberto.

—Es acojonante. Robas una gallina y están encima de ti.

Nunca han visto a Jesús Rodríguez Morán, Chus Mirantes, el empresario que hizo trabajar a sus maridos e hijos en una explotación ilegal, incumpliendo las normas de seguridad.

—Ni lo conozco ni quiero verlo— señala Cristina.

VI. Una última petición

"Que no se nos olvide; que no se les olvide a ellos"

—Es cierto que si hace dos meses nos dicen que hay posibilidades de adelantar indemnizaciones o lo que sea no nos lo crearíamos. Y es verdad que Covadonga Tomé ha sido la única que nos ha brindado no sé si llamarlo ayuda o luz… —dice Roberto hijo.

—Lo único que pedimos es que se siga con este asunto, tratando de llegar a la verdad. Mientras políticos y empresarios intenten taparse lo veo muy difícil— añade su padre.

—Eso sí, que sepan que nosotros sí vamos a llegar hasta el final— afirma Cristina.

Varios la respaldan:

—¡Eso, eso!

—Que vamos a pelear con uñas y dientes; estaremos jodidos pero a fuerza no nos gana nadie— añade Roberto.

—Lo intentaremos, y puedes luchar todo lo que quieras, pero al final… los de La Robla estuvieron 10 años luchando. Eso sí, cobraron, y antes. Porque eso fue un accidente.

—La mujer de uno de los fallecidos de Vega de Rengos nos contó que la empresa les dijo que no se preocuparan por nada ni de nada. Vamos, igualito que nosotros— ironiza Cristina.

El padre de David Álvarez interviene con su voz suave y temblorosa:

—Por la memoria de ellos, en su honor y recuerdo, hay que luchar hasta el fin, hasta el fin. Y cuando yo falte estará su hermano. Y el que tenga que pagar por lo que pasó, el empresario, los que fallaron los controles… todos, que paguen.

—Yo también pediría que los políticos dejasen de hacer teatro todos los días. Porque están raka-raka… ya tienes dolor bastante y encima— ruega María Jesús.

—Ya, pero ya sabes. Para ellos son cinco muertos y ya está. Un número— lamenta Roberto hijo.

—Pero el "caso Cerredo" sigue… ¿sabes?... en vigor. Abres la prensa, y madre mía. Es decir, que no se nos olvide, que no se les olvide a ellos, porque si eso pasa nos destierran, y ahí quedamos. Dar guerra. Y pa’lante con lo que sea.

Once manos.  Los familiares de cuatro fallecidos en Cerredo colocan sus manos ante cuatro flores que representan a sus maridos, hijos y hermanos. Se suma el sobrino de David Álvarez. | VICENTE MONTES

Once manos. Los familiares de cuatro fallecidos en Cerredo colocan sus manos ante cuatro flores que representan a sus maridos, hijos y hermanos. Se suma el sobrino de David Álvarez. | VICENTE MONTES / LNE

Epílogo

Cuatro flores arrancadas

Se levanta la charla tras casi dos horas. Ha habido muchos llantos, también alguna carcajada. El periodista que ha asistido en silencio, escuchando, hace una última petición: una foto. Las familias de los cuatro mineros, cuyos intereses defiende la abogada Beatriz Llamas, piensan. Las manos, todas juntas, como si fuese una sola. Pero dicen que faltan ellos, los ausentes. David, Amadeo, Rubén, Jorge. Alguien se acerca a un árbol cercano y arranca cuatro flores. Las colocan en el centro.

Por primera vez desde el accidente del 31 de marzo, se juntan para comer. Se sientan en una mesa alargada. Hablan, sonríen alguna vez. La vida está ahí. Las viudas, los padres, sin que nadie dijese nada, han colocado junto a su plato una de las flores arrancadas. Cada cual, la que representa a lo que han perdido.

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