Loreto necesita "manos" para cuidar a los 8 bebés que tiene en su clase: "Cuando empiezan a llorar es desgarrador", cuenta la trabajadora de una escuelina
La sobrecarga de trabajo en las escuelas infantiles obliga a hacer "tareas burocráticas" fuera del horario lectivo, denuncia

Loreto Capellín junto a Silvia Menéndez. / LNE
Loreto Capellín Álvarez trabaja en la escuela infantil de Montevil, en Gijón. Su jornada empieza a las 9.00 horas, pero como muchas de sus compañeras, llega antes. "Antes de que entren los niños hay que organizar el aula y prepararles los materiales", explica.
En su clase hay ocho bebés de entre 0 y 1 años. El máximo para esa etapa. Ocho familias, ocho rutinas distintas, ocho historias que llegan cada mañana en forma de información imprescindible: cómo han dormido, si han desayunado, si están inquietos, si vienen con fiebre o con apego más intenso de lo habitual. "Todas esas cosas hay que preguntarlas al recogerlos, pero cuando llegas al octavo asimilas lo que te están diciendo mientras miras a los otros siete", lamenta.
En su aula son dos personas, pero no siempre fue así. "Mi compañera estuvo un mes y medio sola porque me tuve que operar y no mandaron relevo", explica. Las dos educadoras por aula no son obligatorias, pero sí una de las cosas por las que las trabajadoras de las escuelas infantiles han salido este jueves a la calle en la que es la duodécima jornada de huelga en año y medio.
La escena que describe Capellín se repite cada día: mientras atiende a una familia en la puerta, las otras siete criaturas quedan, por unos instantes, sin atención directa. A esa edad la mayoría no camina, no entienden normas, no esperan turnos. Se desplazan como pueden, gatean, se levantan, se caen, se llevan objetos a la boca... No entran en fila, ni se organizan. "La entrada a una escuela infantil no es como la entrada al cole, aquí hay que cogerlos en cuello y dejarlos en un espacio determinado", relata.
Ahí, el número de bebés por clase deja de ser una cifra y se convierte en imposibilidad física. "Ocho son demasiados", sentencia. Durante la mañana, Capellín controla pañales, vigila que no se hagan daño, intenta sacar al grupo al exterior cuando es posible y organiza el almuerzo hacia las 10:30. Todo ello sin apoyo estable. Y con un factor que atraviesa toda la jornada: el llanto. "El llanto de un bebé es desgarrador y a veces cuando empieza uno siguen los demás", dice. "No es solo ruido, es que son bebés, demandan constantemente contacto", explica. Pero cuando hay ocho bebés y una sola adulta, el contacto se convierte en un recurso limitado.
En ese contexto, cualquier intención pedagógica queda relegada. "Si quiero preparar una actividad, tengo que hacerlo fuera de horario, porque dentro es completamente imposible", explica. Por eso se define, como muchas de sus compañeras, como una "malabarista".
Las reivindicaciones que sostienen la huelga aparecen aquí con claridad: la obligatoriedad de la pareja educativa (dos profesionales por aula) no está reconocida como debería, denuncian. Y sin embargo, en la práctica, es imprescindible. También reclaman más recursos humanos y mejor orientación. Señalan la falta de formación específica: los Centros de Profesorado (CPR), dicen, no están ofreciendo la preparación que necesitan, especialmente en un contexto donde cada vez hay más niños con necesidades específicas.
Al final, todo se resume en una palabra que repiten: manos. Manos que cambian pañales, que sostienen, que acarician, que acompañan. Manos que no alcanzan cuando faltan profesionales. Y es ahí, en un gesto tan básico como el de sostener a un bebé, donde sitúan el núcleo de la huelga. Porque sin suficientes manos, insisten, no hay cuidado digno posible.
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