Opinión

Director Adjunto de Conservación e Investigación del Museo del Prado
Artistas que hacen cumbre en el Prado
El gallego Álvarez de Sotomayor, el asturiano Ventura Álvarez Sala y el zamorano Eduardo Barrón, tres ejemplos de los ricos fondos sobre creadores del Noroeste que atesora la gran pinacoteca nacional

«Emigrantes», del gijonés Ventura Álvarez Sala , obra que refleja con un naturalismo veraz el embarque en un trasatlántico.
El Museo del Prado atesora numerosos artistas de distintas épocas nacidos en la zona noroeste de la Península Ibérica, que comprendería básicamente las actuales comunidades autónomas de Galicia, Asturias y Castilla y León. No podemos hacer aquí una revisión exhaustiva de los mismos, pues no habría espacio suficiente para hablar de todos ellos, por lo que nos hemos limitado a escoger, de las ricas colecciones que atesora nuestro bien nutrido fondo de pintura y escultura del siglo XIX, a dos pintores y un escultor representantes cada uno de ellos de una determinada región, que sirvan como ejemplo de que esa red también puede extenderse al plano artístico.
El primero, nacido en el Ferrol en 1875 y muerto en Madrid en 1960, es Fernando Álvarez de Sotomayor, quien fuera además director del Museo del Prado. También fue profesor de pintura y director de la Escuela de Bellas Artes de Santiago de Chile, alcalde de La Coruña, comisionado del Gobierno para recoger los lienzos del Museo del Prado depositados en Ginebra, así como director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, entre otras cosas. Comenzó su formación en el taller de Manuel Domínguez. En 1899 obtuvo una pensión para ampliar sus estudios en la Academia Española de Roma.
Posteriormente viajó a Holanda, donde descubrió la pintura de Frans Hals, cuyo fuerte colorido y pincelada empastada marcaría sus obras posteriores. En 1908 se trasladó a Santiago de Chile, para impartir clases de color y composición en la Escuela de Bellas Artes chilena, institución de la que fue director en 1911 y en la que creó una importante generación de pintores. Regresó a España en 1918, tras ser nombrado subdirector del Museo del Prado, del que como se ha señalado fue director tres o cuatro años después, cargo que ostentó hasta el advenimiento de la República y que recuperaría una vez acabada la Guerra Civil. Tuvo un importante papel en la recuperación de los cuadros que se habían depositado en Ginebra durante la contienda y participó en la organización de la exposición que en dicha ciudad se celebró, y que contribuyó a despertar un gran interés por la pintura española en toda Europa. En las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes fue galardonado con segunda medalla en 1904, primera en 1906 y condecoración en la edición de 1912. Fue considerado uno de los mejores retratistas de la época, recibió encargos de la Corona y de familias aristócratas, financieras e intelectuales. Sus paisajes se caracterizan por una pincelada empastada y un colorido vibrante, dentro de una tendencia realista.
En "Los abuelos" (figura 1), obra pintada en 1905, se representa, en tres cuartos, a un matrimonio de ancianos; él retratado con el sombrero y la capa tradicional para salir a la calle, ella sentada junto a la puerta haciendo ganchillo. De la pared blanca cuelga un sencillo crucifijo, mientras un profundo silencio recorre toda la composición. Una vez más los pintores foráneos encuentran en Segovia su motivo de inspiración: el carácter castellano, las raíces de lo español y castizo, en los segovianos viejos, de rostro arado como su tierra. Por otro lado, llamaba tan poderosamente su atención la Castilla del pasado que casi nunca abría sus ojos a la del futuro, pese a que Sotomayor acostumbraba a representar escenas populares gallegas en las que los jóvenes parecen ensimismados contemplando la belleza de sus mujeres. Escasas son las obras de artistas foráneos que representan a jóvenes segovianos.

figura 1. «Los abuelos» (1905), de Fernando Álvarez de Sotomayor, nacido en Ferrol.
Ventura Álvarez Sala, segundo de los artistas en que nos vamos a fijar, nació en Gijón en 1869. Hacia 1890 se trasladó a Madrid, ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y asistió a los talleres de Manuel Ojeda y de José Jiménez Aranda. Su obra se inscribe en la temática regionalista de intenciones sociales, ambientada siempre en Asturias. En 1900 logró ir durante dos años a Italia con una beca del Casino de Gijón y, a su regreso, se instaló definitivamente en su tierra natal. Participó con asiduidad en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, y obtuvo tercera medalla en la de 1897 con el cuadro "¡Todo a babor!" y condecoración en 1904 con "La promesa". En 1908 obtuvo segunda medalla en la Nacional con Emigrantes y en 1915 primera medalla con El pan nuestro de cada día. Falleció en Gijón en 1919.
En la obra "Emigrantes" (figura 2), tal y como ha señalado Javier Barón, el mejor conocedor del artista y de la misma, el pintor se plantea un asunto de gran impacto social, muy vinculado a las regiones del norte de España, entre ellas Asturias. Con una marcada inspiración en la fotografía, que se aprecia tanto en el punto de vista empleado como en los cortes de la composición que tiene en sus lados, esta obra refleja con un naturalismo veraz una escena bastante frecuente en el norte de España a finales del siglo XIX y principios del XX: la emigración a América. La visión de Álvarez Sala es ajustada a la realidad, rehuye de acentos sentimentales o retóricos y puede compararse con algunas de las imágenes fotográficas existentes. En un boceto dibujado que seguramente corresponde a una primera idea, el artista representó a los emigrantes a bordo, junto a sus equipajes. Abandonó esa idea en un segundo boceto en el que planteó la composición definitiva. En este sentido, el puerto de Gijón se habilitó sólo a partir de 1910 para el embarque de los emigrantes y en 1913 para los grandes buques trasatlánticos, de modo que, anteriormente, este debía hacerse en el mar, con lanchas a motor que los aproximaban desde el muelle. Para enfatizar el gran tamaño del navío lo cortó en altura, por encima de la barandilla de subida a bordo. La disposición de las figuras que avanzan desde el extremo derecho, en la lancha, hasta lo alto de la escala, va comprimiéndose progresivamente, de manera que da una idea de la multitud que contendría el barco en su cubierta.

«Nerón y Séneca», del zamorano Eduardo Barrón con la que logró en 1904 una medalla de Bellas Artes / .
Finalmente, nuestro tercer artista es Eduardo Barrón, escultor español nacido en Moraleja del Vino, provincia de Zamora, en 1858, que comenzó su formación artística en esta última ciudad con el escultor imaginero Ramón Álvarez. Al serle concedida en 1877 una beca de la Diputación Provincial de Zamora para cursar estudios en la Escuela Especial de Pintura y Escultura de Madrid, en la capital de España tuvo como maestros a Ricardo Bellver y Elías Martín Riesco. Poco tiempo después también consiguió la pensión de Roma, donde gozó de la protección de los directores de la Academia Española, Pradilla y Palmaroli. Al tiempo que se ocupó de sus trabajos académicos, completó su formación viajando por Italia para estudiar a Miguel Ángel en Florencia y la Antigüedad clásica en Pompeya y Herculano, que luego habrían de servirle como referencia en sus obras. Eduardo Barrón fue nombrado académico electo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1910. Desde 1892 y hasta su muerte, ocupó el puesto de conservador y, desde 1895, restaurador de la escultura del Museo del Prado. Asimismo, fue miembro de la Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes de Cádiz. Fue un artista plural con un fuerte arraigo de las maneras clásicas; cultivador de varios géneros, muestra en su obra la mezcla de sencillez, historicismo y ampulosidad características de la escultura del momento. Falleció en Madrid en 1911
En cuanto a sus principales reconocimientos, destaca el año 1884, cuando obtuvo segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes con el bronce "Viriato". En 1904 logró la primera, por su grupo "Nerón y Séneca" (figura 3), en el que hizo una exhibición de todos sus conocimientos escultóricos y arqueológicos, interpretándolos con gran naturalidad. La escultura Nerón y Séneca fue realizada con fuertes notas clasicistas, pero con cierta aspereza en el tratamiento de las formas. Resulta de gran interés el minucioso estudio de atuendo y mobiliario de cuidadísimo modelado. El grupo representa a Séneca instruyendo a Nerón, del que era tutor. El retrato que hace Barrón pasa por plasmar a los personajes dramatizando lo opuesto de sus caracteres y dando a entender el final del filósofo cordobés, acusado de traición y obligado por el emperador a suicidarse. Las esculturas premiadas en las Exposiciones Nacionales ingresaban en el Museo y se pasaban a material definitivo con financiación del Estado, pero en este caso no llegó a poder hacerse, lo que hace todavía más valiosa la conservación de este grupo original en escayola policromada, de un tamaño excepcional, que permite constatar su talento, la exquisita factura y el grado de calidad técnica alcanzado por el escultor, y el lenguaje clásico de gran minuciosidad en el que se expresó, consecuencia de su aprendizaje romano.
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