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Toño García

Toño García

Gestor de activos y divulgador financiero comprometido con el desarrollo rural

Menos diagnósticos, más decisiones

Apertura económica y alianzas para buscar oportunidades más allá del mercado interior, los factores decisivos para evitar la irrelevancia

Menos diagnósticos, más decisiones

Menos diagnósticos, más decisiones / LNE

Hay territorios que viven pendientes de lo que fueron y otros que deciden lo que quieren ser. El Noroeste de España lleva demasiado tiempo instalado en esa frontera difusa entre la memoria y la expectativa. Asturias, Galicia y Castilla y León comparten más que una geografía o una historia, un problema estructural que rara vez se aborda con la claridad necesaria y, al mismo tiempo, un potencial que no siempre se articula con la ambición que exige el momento.

El II Foro del Noroeste, que organiza Prensa Ibérica y que este año se celebra en Oviedo, da continuidad a la intención legítima de reflexionar, identificar oportunidades y plantear soluciones. Sin embargo, a estas alturas, el diagnóstico ya no debería ser el centro del debate porque está hecho desde hace décadas y es de todos conocido. Se conocen los déficits, se han señalado los desequilibrios y se han repetido los mismos análisis en distintos formatos. Por lo tanto, lo que falta no es información, lo que falta es determinación para asumir decisiones que, siendo necesarias, no siempre resultan cómodas.

El problema no es la falta de recursos, sino de escala y productividad. El problema de fondo no es la falta de talento ni de recursos, el verdadero cuello de botella está en la escala, es decir, en el tamaño de la masa económica: un tejido empresarial fragmentado, una baja densidad económica y una limitada capacidad para competir en mercados amplios. Se ha normalizado una estructura productiva dominada por pequeñas unidades con escaso margen de crecimiento y, en un entorno global, esa limitación se convierte en un lastre.

Sin escala no hay productividad suficiente, y sin productividad no hay salarios competitivos, ni inversión sostenida, ni siquiera capacidad real para fijar población. La despoblación, no siendo una causa aislada, es la consecuencia visible de una economía que no genera oportunidades suficientes. Durante años se ha intentado abordar el problema desde sus efectos, pero rara vez desde sus causas.

En ese contexto, la inversión en infraestructuras ha ocupado un lugar central en el discurso público. Y con razón, hasta cierto punto. Existen carencias evidentes, pero conviene introducir la distinción de que no toda inversión genera desarrollo. Hay infraestructuras que actúan como verdaderas palancas económicas y otras que terminan respondiendo más a la lógica del corto plazo político que a una visión estratégica.

El Noroeste no necesita más infraestructuras sin criterio, necesita aquellas que conecten de forma eficiente, que reduzcan costes logísticos, que faciliten el acceso a mercados y que incrementen la competitividad del tejido productivo. La mejora del transporte ferroviario de mercancías, el desarrollo de corredores logísticos o la digitalización efectiva del medio rural no son aspiraciones accesorias, son condiciones necesarias para competir en igualdad de condiciones. Pero incluso aquí, el problema no es solo de volumen de inversión, es, sobre todo, de prioridades. Elegir bien es más importante que gastar más, exigiendo una mirada económica que vaya más allá de la inmediatez.

El mundo rural debe de ser rentable. Uno de los ámbitos donde esa falta de enfoque se hace más evidente es el mundo rural. Durante años se ha abordado desde una perspectiva más emocional que económica. Se ha intentado preservar, proteger e incluso idealizar, pero el medio rural no puede sostenerse como una pieza de museo ni como un espacio dependiente de ayudas permanentes. Solo tendrá futuro si es rentable.

Eso implica cambios profundos como la profesionalización, la dimensión empresarial, la incorporación de tecnología y el acceso real a los mercados. La agricultura, la ganadería, la explotación forestal o el turismo rural deben dejar de tratarse como políticas asistenciales y empezar a abordarse como sectores estratégicos. No se trata de conservar formas de vida por su valor simbólico, sino de garantizar su viabilidad económica. Desde hace años, el debate sobre la despoblación se ha centrado casi exclusivamente en la pérdida de población humana, pero cuando el Noroeste se despuebla desaparece también la actividad productiva, distorsionándose el equilibrio.

Allí donde se ha apostado por el tamaño, la gestión y la orientación al mercado, el mundo rural ha demostrado que puede prosperar. El problema es que durante demasiado tiempo se ha confundido protección con inmovilismo. Y si digo que el inmovilismo, en economía, siempre acaba pasando factura, no digo nada nuevo.

En el fondo, todos estos problemas convergen en la productividad y ello es debido a que es el gran factor que explica las diferencias de renta, la calidad del empleo y la capacidad de crecimiento. Y, sin embargo, sigue siendo uno de los aspectos menos presentes en el debate público.

El Noroeste necesita producir más y mejor con los recursos de los que dispone, exigiendo una transformación que va más allá de medidas puntuales. Requiere formación técnica, claro, pero alineada con las necesidades reales del tejido productivo. Requiere atraer inversión industrial que genere valor añadido. Requiere eliminar trabas burocráticas que dificultan la actividad empresarial. Y requiere, también, una cultura que entienda el riesgo como parte del proceso económico.

Durante años se ha confiado en exceso en la subvención como mecanismo de impulso. Las ayudas pueden tener sentido en determinados contextos, pero no pueden convertirse en la base del modelo. Cuando una actividad depende más del apoyo público que de su capacidad para competir en el mercado, el problema deja de ser coyuntural para convertirse en estructural.

Sin apertura económica y cooperación real, el futuro será de estancamiento. Otro de los retos clave es la apertura económica. En un entorno global, permanecer anclado en mercados locales limita de forma evidente el potencial de crecimiento. El Noroeste tiene capacidad para exportar, para atraer inversión y para posicionarse en sectores con demanda internacional. Pero eso sí, exigiendo un cambio de mentalidad.

No basta con mirar hacia dentro ni con depender en exceso de los grandes polos nacionales. Es necesario salir, competir, establecer alianzas y aprovechar oportunidades más allá del entorno inmediato. La internacionalización, no siendo una opción estratégica más, es una condición necesaria para evitar la irrelevancia. En este proceso, resulta fundamental entender bien el concepto de multiplicador de crecimiento. No todo crecimiento genera el mismo impacto. Hay sectores e inversiones que tienen una capacidad mucho mayor para arrastrar al conjunto de la economía. La energía, la industria agroalimentaria, la logística o la tecnología aplicada al territorio son ejemplos claros de ámbitos con un elevado efecto multiplicador. Invertir en ellos no solo genera actividad directa, sino que impulsa a otros sectores, crea empleo y mejora la competitividad global. Dirigir los recursos hacia estos ámbitos es una cuestión de eficiencia, no ideológica.

Sin embargo, hay un elemento adicional que condiciona todo lo anterior y que rara vez se aborda con la profundidad necesaria: la relación entre las propias comunidades del Noroeste. Asturias, Galicia y Castilla y León comparten desafíos, pero con frecuencia han actuado como realidades independientes, cuando no como competidores por recursos limitados. Esta lógica resulta difícil de sostener en un entorno cada vez más exigente. El verdadero competidor no está dentro, está fuera, y frente a ese escenario, la fragmentación resta capacidad.

La cooperación real puede marcar la diferencia. Estrategias conjuntas de promoción, captación de inversión, desarrollo industrial o posicionamiento internacional permitirían alcanzar una escala que, de forma aislada, resulta difícil de conseguir. No se trata de diluir identidades ni de homogeneizar territorios, se trata de sumar capacidades y de entender que, en determinados ámbitos, la colaboración genera más valor que la competencia interna.

El desarrollo no vendrá de esperar ayudas, sino de generar valor. El Noroeste tiene los elementos necesarios para construir un modelo de desarrollo sólido. Tiene recursos, tiene conocimiento y tiene una posición que puede convertirse en ventaja si se gestiona con inteligencia. Lo que falta es una cierta determinación para romper inercias.

Durante demasiado tiempo se ha optado por soluciones graduales, por ajustes parciales y por políticas que priorizan el consenso sobre la eficacia, pero hay momentos en los que la realidad exige decisiones más firmes. Decisiones que pueden generar incomodidad en el corto plazo, pero que resultan imprescindibles para garantizar el futuro.

El riesgo de no hacerlo evidencia la pérdida progresiva de peso económico, la menor capacidad para atraer inversión y la creciente dificultad para sostener el modelo social. No es un destino inevitable, pero tampoco es un escenario improbable si no se actúa con decisión.

Frente a ese riesgo, la alternativa es apostar por la generación de valor, por la competitividad, por la innovación y por la apertura expansiva. El verdadero desarrollo se construye desde dentro, a partir de decisiones coherentes con la realidad económica, donde la productividad, la rentabilidad y la creación de valor marcan el rumbo.

El II Foro del Noroeste puede ser una oportunidad si se entiende como algo más que un espacio de reflexión; si sirve para alinear intereses, para concretar medidas y para asumir compromisos reales; y, en definitiva, si se traduce en acción. Porque el Noroeste no necesita más diagnósticos, necesita comenzar a tomar decisiones incómodas.

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