Opinión

Catedrática de la Universidad de Santiago
Formación para una economía que no espera
Tener más titulados es insuficiente si sus competencias no se corresponden con las necesidades del tejido productivo

Formación para una economía que no espera / LNE
Galicia suele pensar sus grandes retos en términos de demografía, industria, energía, digitalización, innovación o territorio. Y es lógico que lo haga. Afrontamos unos años decisivos, marcados por el envejecimiento de la población, la transformación tecnológica, la presión sobre los servicios públicos, la competencia por atraer inversión y la necesidad de elevar la productividad. Todo ello con la formación como denominador común. De la misma forma que necesitamos red eléctrica, puertos, suelo industrial, conectividad o logística, necesitamos capital humano suficiente, cualificado y bien distribuido por el territorio. Sin personas capacitadas, la tecnología no se aprovecha, la innovación no escala, las empresas no crecen y las estrategias se quedan en declaraciones de intención.
En este contexto, las universidades afrontan un momento delicado y exigente. El entorno económico al que deben responder se transforma con una velocidad poco compatible con los tiempos tradicionales de la academia. La digitalización, la inteligencia artificial, la transición energética, la escasez de perfiles cualificados y la necesidad de mejorar la productividad obligan a revisar el papel que deben desempeñar en la formación del capital humano que necesita el territorio. Y esto no pasa por decidir qué grados, másteres o títulos propios deben impartirse. Implica reforzar la capacidad de anticipar cambios en el mercado laboral, adaptar programas formativos, colaborar con empresas e instituciones y ofrecer formación a lo largo de toda la vida profesional. Cuando la economía cambia más rápido que los planes de estudio, la rigidez es un coste.
Lo cierto es que no partimos de cero. La formación universitaria aún tiene valor en términos de empleabilidad y supone una inversión rentable para las personas y el conjunto de la economía. Pero tener más titulados es insuficiente si sus competencias no se corresponden con las necesidades del tejido productivo. El desajuste no significa que sobren universitarios, sino que hay que seguir avanzando en la conexión entre universidad, empresa e innovación. Tenemos que ser capaces de transformar el conocimiento en innovación, la innovación en actividad económica y la actividad económica en empleo de calidad.
Para las universidades del noroeste, esta conexión es decisiva. La clave es formar perfiles capaces de insertarse en economías regionales que necesitan transformarse. La industria requiere competencias técnicas, digitales y organizativas. El sector público necesita profesionales capaces de gestionar datos, evaluar políticas y modernizar servicios. El sistema sociosanitario exige nuevos perfiles ligados al envejecimiento y la cronicidad. Las empresas necesitan capacidades en internacionalización, sostenibilidad, inteligencia artificial, ciberseguridad, logística, gestión de personas y análisis económico. Y los sectores tradicionales, desde el agroalimentario hasta el turismo, no pueden competir ya solo con experiencia; necesitan incorporar conocimiento.
Por eso la primera responsabilidad universitaria es mejorar la forma en que entendemos el mercado laboral. Durante mucho tiempo hemos actuado como si la misión universitaria fuese producir titulados para ocupaciones ya existentes. Pero la universidad no debe limitarse a responder al empleo presente, aunque tampoco puede ignorarlo. Debe formar para los empleos que existen, para los que están emergiendo y para los que aún no sabemos nombrar, pero que exigirán pensamiento crítico, capacidad analítica, competencias digitales, adaptación y aprendizaje permanente. Sin embargo, esto no significa subordinar la universidad a las demandas inmediatas de las empresas, sino combinar conocimiento, formación crítica y competencias aplicadas. En un entorno incierto, la mejor formación es la que permite aprender, desaprender y volver a aprender.
El segundo gran reto es la formación continua de los trabajadores. Hasta ahora, buena parte del sistema universitario ha estado pensado para un estudiante joven, con disponibilidad relativamente completa y una trayectoria lineal. Ese esquema es hoy claramente insuficiente. Cada vez más personas necesitarán actualizar competencias a mitad de carrera, cambiar de sector, asumir nuevas funciones o incorporar tecnologías que no existían cuando terminaron sus estudios. La formación universitaria no puede concentrarse únicamente al inicio de la vida laboral, pues la formación continua es una condición de empleabilidad y competitividad. Y esto supone una oportunidad y una exigencia. Los trabajadores adultos necesitan programas flexibles, modulares, reconocibles, acumulables y conectados con problemas reales de las organizaciones. Necesitan horarios compatibles, formatos híbridos, itinerarios breves, evaluación práctica y reconocimiento de las competencias adquiridas. Si la institución no entiende esa diferencia, la formación continua quedará en un discurso bienintencionado. En este punto, las microcredenciales pueden desempeñar un papel relevante. Bien diseñadas, pueden ayudar a acercar la universidad a profesionales que necesitan actualizarse. Mal diseñadas, corren el riesgo de convertirse en una suma dispersa de pequeños cursos sin impacto real. La clave estará en su calidad, su conexión con necesidades verificadas y su integración en itinerarios formativos coherentes.
El tercer reto es territorial. En el noroeste español, la universidad opera en territorios con ciudades medias, zonas rurales, polos industriales, comarcas envejecidas y empresas de distinto tamaño. Muchas pymes no tienen departamentos propios de formación, ni capacidad para anticipar las competencias que van a necesitar. Ahí la universidad puede actuar como nodo de inteligencia territorial: detectar necesidades, diseñar formación aplicada, acercar conocimiento a las empresas y evitar que la innovación quede concentrada solo en los grandes centros urbanos. Esto exige una relación más estable entre universidades, empresas, administraciones y agentes sociales. Hacen falta observatorios de empleo conectados con la planificación académica, consejos asesores que funcionen, prácticas con contenido formativo, proyectos compartidos, profesorado con contacto con la realidad productiva y empresas dispuestas a implicarse en la formación. La adaptación no puede ser responsabilidad exclusiva de la universidad. El mercado laboral también tiene que aprender a formular mejor sus demandas.
El cuarto reto es la velocidad. Los planes de estudio universitarios tienen procedimientos de verificación, acreditación y modificación que garantizan calidad, pero también pueden dificultar la respuesta rápida. En sectores sometidos a cambios intensos, esperar varios años para introducir una competencia nueva significa llegar tarde. Por eso las universidades necesitan una doble arquitectura: títulos oficiales estables, por un lado, y una oferta flexible de actualización, especialización y recualificación, por otro. La primera da profundidad; la segunda, capacidad de reacción.
En definitiva, las universidades deben transformarse, porque el mercado laboral ya no espera. Cambia, tensiona, desplaza ocupaciones y crea nuevas demandas. La universidad no puede perseguir cada moda, pero tampoco refugiarse en la inercia. Tiene que encontrar un equilibrio entre su misión crítica y humanista y la exigencia de formar capital humano para una economía cambiante. Y tiene que situarse mucho más cerca: de los jóvenes que se incorporan al mercado laboral, de los trabajadores que necesitan actualizarse y de las empresas que no podrán competir sin conocimiento.
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