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Rosario Álvarez

Rosario Álvarez

Presidenta del Consello da Cultura Galega

Galicia desde la raíz

La cultura gallega vive un momento de expansión en el que tradición, territorio e innovación son una fuerza creativa con proyección global

Galicia desde la raíz

Galicia desde la raíz / 5

Cuando las Tanxugueiras se subieron al escenario del Benidorm Fest con "Terra", buena parte del público descubrió que algo pasaba en Galicia (Para los gallegos y las gallegas no fue una sorpresa.) Aquella actuación –aplaudida y discutida– no acabó en victoria, pero fue un síntoma. La cultura gallega ya no se podía explicar en términos de resistencia o identidad periférica, sino que la tradición debía empezar a leerse como un espacio de innovación. Reinterpretar lo heredado, fiel al pasado, pero sin nostalgia y transitando en la innovación. La identidad como marca diferencial en un mercado global saturado de propuestas homogéneas.

Pero hay más síntomas. En el cine, figuras como Óliver Laxe han situado a Galicia en el mapa internacional con una mirada profundamente autoral que funde el paisaje, el silencio y la identidad con preocupaciones universales. Lois Patiño, Ángel Santos, Álvaro Gago Jaione Camborda, Carla Simón –estas no gallegas de origen, pero sí de afinidad creativa–, Margarita Ledo o Xisela Franco, entre otros, se mueven en esta misma órbita. Una constelación que continúa caminos abiertos por pioneros como José Sellier, los hermanos Barreiro, Chano Piñeiro, Eloy Lozano o Cruz Risco, y sostenida además por una sólida cantera interpretativa: Luis Tosar, Tamar Novas, María Vázquez, Luís Zahera, Janet Novás…

La literatura ofrece otro testimonio claro de este momento expansivo. A voces ya consolidadas se suman nuevas generaciones que escriben desde Galicia para un público global, ampliando registros, géneros y lenguas. Nombres como Ledicia Costas o Ismael Ramos conviven con una nómina diversa en la que destacan también Manuel Rivas, Yolanda Castaño, Olga Novo, Pedro Feijoo, Arantza Portabales o María Reimóndez, entre muchos otros y otras (lejos de mi intención establecer un ranking prescriptivo), configurando un sistema literario dinámico, permeable y en diálogo constante con diversas tradiciones.

En las artes plásticas y visuales, el fenómeno se repite con igual intensidad. Creadores como Antón Patiño, Ángela de la Cruz, Manolo Paz, Menchu Lamas, Francisco Leiro o Mónica Alonso dialogan con nuevas prácticas que cruzan disciplinas, formatos y espacios. A ellos se suman generaciones más jóvenes que exploran la instalación, el audiovisual o el arte digital, consolidando una escena contemporánea plural y conectada con los circuitos internacionales. Y también en el ámbito de la gestión, al frente del Reina Sofía está un gallego, Manuel Segade, responsable de que entre las exposiciones de la nueva orientación que están trazando luzca hoy una gran retrospectiva sobre Maruxa Mallo. Se mire al sector que se mire siempre hay acento gallego: en la música, en la ciencia, en la creación. Todo ello demuestra que no son hechos aislados: son síntomas de una misma realidad, la de un ecosistema cultural fértil, en transformación continua, que proyecta Galicia –también con su lengua y su manera de entender el mundo– más allá de sus límites geográficos.

Y la raíz está en esa terra, la identidad, de la emerge la creación artística individual pero también una red tupida, amplia y menos visible de iniciativas sociales y culturales que se nutren del territorio, de milenios de interacción humana dejando poso, de generación en generación, ininterrumpidamente, en el palimpsesto colectivo. Un espacio que se convierte en razón de ser, pero también en reflexión y acicate, en laboratorio que produce una de las transformaciones más interesantes del panorama actual.

Desde el Consello da Cultura Galega, institución estatutaria que lleva más de 40 años velando por los valores culturales del pueblo gallego, en la última década hemos explorado esas manifestaciones culturales invisibilizadas para algunos ambientes por su aparente escasa dimensión y por gestarse en espacios alejados de los centros urbanos y de su ruido mediático. Hemos visitado microproyectos que combinan creación artística, comunidad y territorio, iniciativas que están redefiniendo qué significa hacer cultura hoy. Festivales de pequeño formato que cruzan identidad y diversidad, tradición e innovación; residencias artísticas en antiguas casas familiares; espacios híbridos donde conviven artes escénicas, pensamiento y vida cotidiana; puntos de encuentro que acogen por igual, en comunión, públicos ávidos de cultura contemporánea y el vecindario de la comarca; recuperaciones de manifestaciones tradicionales a punto de extinguirse… Son muchos los proyectos que trabajan diariamente en ámbitos y espacios diversos que nos devuelven la constatación de que este movimiento no es casual. Responde a una forma distinta de entender la cultura: no solo como producto, sino como proceso compartido. No solo como industria, sino también como forma de vida, como derecho. Derecho a crear, a participar, a acceder a las creaciones y a decidir sobre las propias formas de expresión, con respecto a la tradición, que es preciso conocer y preservar, pero sin obligación de fosilizarla. Un trabajo no siempre fácil que las instituciones deben reconocer, visibilizar y, sobre todo, activar y proyectar hacia el futuro.

Es resumidas cuentas, hablamos de identidad canalizada en otras maneras de hacer. Una que entiende la cultura como una práctica cotidiana, que se respeta, sí, pero que usa, se transforma y se convierte. Por eso creemos que, cuando una canción como "Terra" consigue traspasar fronteras, no estamos ante un golpe de suerte ni ante un relámpago fugaz de genialidad. Es la punta visible de algo mucho más profundo que está en la raíz de un país con lengua, cultura e identidad propias, de una nación.

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