Opinión

Profesora de la facultad de Turismo de la Universidad de A Coruña
Mirando al Noroeste: viajar sin prisa, gestionar con responsabilidad
Galicia, Asturias y Castilla y León consolidan un modelo turístico propio, alejado del volumen y basado en territorio, tiempo, calidad y experiencia

Mirando al Noroeste: viajar sin prisa, gestionar con responsabilidad / LNE
Las tres comunidades autónomas del noroeste peninsular –Galicia, Asturias y Castilla y León– conforman un espacio turístico que, en los últimos años, está viviendo una evolución clara, aunque no homogénea. Son territorios distintos entre sí, con trayectorias y realidades propias, pero también con una base común que permite analizarlos de forma conjunta. Esa combinación de similitudes y diferencias es, en buena medida, lo que les otorga interés.
Los datos oficiales apuntan a un crecimiento generalizado, si bien con comportamientos distintos en cada caso. Galicia afianza su posición y avanza hacia una estructura de demanda más equilibrada entre el turismo nacional y el internacional, que alcanza en 2025 cifras próximas a los nueve millones de visitantes. Asturias, sin registrar récords globales ese año, mantiene un comportamiento estable y consolida resultados especialmente positivos en el ámbito del turismo rural. Castilla y León supera los catorce millones de visitantes y se sitúa entre los principales destinos nacionales, una cifra que debe leerse en relación con la amplitud y la dispersión de su territorio. Destaca también por su liderazgo en turismo rural.
Ahora bien, el análisis no puede quedar limitado a las cifras. Resulta imprescindible preguntarse qué tipo de turismo se está desarrollando y hacia dónde se dirigen estos destinos.
En conjunto, las tres comunidades se sitúan claramente al margen del modelo turístico más extendido en España, asociado al sol y playa y a la alta concentración espacial. En estos territorios predominan propuestas vinculadas al paisaje, la cultura, la gastronomía y una relación más reposada con el entorno. Se trata de destinos en los que el viaje tiende a explicarse desde el tiempo y la experiencia, más que desde la intensidad o la acumulación de consumo. En este contexto, ciertas formas de viajar más pausadas, menos orientadas al volumen y más conectadas con el territorio encuentran un terreno especialmente propicio.
En el caso de Galicia, la organización turística a través de unidades territoriales definidas parece estar contribuyendo a estructurar la oferta y a distribuir mejor los flujos. El Camino de Santiago sigue ocupando un lugar central, aunque su peso convive cada vez más con otras motivaciones de viaje. Asimismo, se empiezan a apreciar avances en la desestacionalización, un aspecto que tradicionalmente ha condicionado el desarrollo turístico del destino.
Asturias presenta una evolución positiva sostenida, con incrementos progresivos tanto en visitantes como en estancias, aunque conserva un perfil claramente marcado por el turismo nacional y una cierta estabilidad a lo largo del tiempo. Castilla y León, por su parte, responde a una lógica diferente. El turismo rural, en el que continúa ocupando una posición destacada, muestra señales de madurez. Las pernoctaciones rondan los 1,8 millones en 2025, con leves descensos respecto al año anterior, lo que refuerza la idea de un modelo asentado en el que la experiencia y el contenido pesan más que el aumento constante de la demanda. La relevancia de las capitales provinciales y la extraordinaria concentración de patrimonio cultural refuerzan esta singularidad.
Junto a estas dinámicas consolidadas, van tomando forma otras líneas emergentes. El turismo vinculado a producciones audiovisuales empieza a tener incidencia en determinados enclaves, especialmente allí donde el paisaje y el patrimonio ofrecen un alto valor escénico. Paralelamente, el turismo astronómico gana presencia en zonas de baja densidad, reforzando una imagen asociada a la tranquilidad, la calidad ambiental y la experiencia diferenciada.
También el segmento de congresos, encuentros profesionales y viajes de incentivo muestra signos de crecimiento. Sin apostar por grandes formatos, estos territorios están consolidando una oferta basada en infraestructuras adecuadas y entornos con identidad. Ciudades de tamaño medio cuentan con equipamientos específicos y una planta hotelera preparada, en un contexto marcado además por la demanda de eventos más reducidos, especializados y vinculados al territorio.
Existen, además, elementos transversales que aportan coherencia al conjunto. La gastronomía actúa como un eje estructural de la experiencia turística, no solo como complemento. El clima, alejado de los estándares mediterráneos, condiciona el ritmo del viaje y los tiempos de la estancia. La fuerte base rural y la diversidad de recursos permiten diseñar recorridos complejos y complementarios, donde la combinación de espacios urbanos, rurales y naturales resulta especialmente relevante.
De forma paralela, crece el interés por el producto local y el trabajo artesanal. El recuerdo del viaje deja de entenderse como un simple objeto decorativo y pasa a formar parte de la experiencia vivida. A ello se suman avances en digitalización, tanto en promoción como en gestión, que facilitan el acceso a recursos dispersos y mejoran la interpretación del patrimonio.
En este proceso, el papel de las mujeres en el sector turístico se hace cada vez más visible, aunque no siempre suficientemente reconocido. Muchas iniciativas vinculadas al territorio están lideradas o gestionadas por ellas, especialmente en ámbitos como el turismo rural, la mediación cultural o la restauración, si bien, paradójicamente, su presencia no es tan habitual en los puestos de mayor responsabilidad. Al mismo tiempo, se observa una progresiva profesionalización del sector, con perfiles formados que contribuyen a elevar la calidad de la oferta.
Empieza a consolidarse, además, una idea clave: la necesidad de luchar contra la precariedad como base del modelo turístico y la apuesta por un empleo cualificado y estable como parte imprescindible del valor del destino. Esta cuestión resulta fundamental si se aspira a sostener un modelo apoyado en la calidad y no exclusivamente en el volumen.
El contexto actual no está exento de retos. El creciente atractivo de estos territorios como alternativa a destinos saturados obliga a prestar atención a la gestión de flujos y a prevenir desequilibrios puntuales. No se trata únicamente de atraer visitantes, sino de decidir cómo, cuándo y dónde hacerlo. Con frecuencia, la promoción concentra buena parte de los esfuerzos, mientras que la planificación, la gestión y el papel de los perfiles técnicos quedan relegados a un segundo plano.
En última instancia, el desafío compartido por Galicia, Asturias y Castilla y León es crecer sin perder aquello que las hace distintas. Mantener el equilibrio entre atractivo y habitabilidad, entre visibilidad y autenticidad. Más que competir en volumen, la clave está en consolidar una forma de viajar basada en el territorio, el tiempo y la experiencia, con una mirada a largo plazo.
Es preciso continuar el viaje, siempre remando sin prisa, pero sin pausa, con el punto de mira puesto en un turismo que no pretenda ser la solución a todos los problemas ni se mida únicamente por las cifras, sino que ponga el foco en la calidad, la responsabilidad y una buena gestión.
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