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Juan Picos

Juan Picos

Escuela de ingeniería forestal de la Universidad de Vigo

El Noroeste en llamas

El abandono del territorio y el cambio climático han transformado una antigua herramienta rural en incendios más rápidos, intensos y capaces de desbordar los actuales sistemas de extinción

El Noroeste en llamas

El Noroeste en llamas / LNE

El noroeste ibérico lleva el fuego en su identidad y mantiene con él una relación íntima, compleja y contradictoria. No por casualidad, ya a finales de los noventa, cuando algunos colegas nos reuníamos a hablar de incendios forestales, hablábamos irónicamente del Wild Wild Northwest. Porque nuestro territorio se construyó durante milenios con herramientas, fuego, diente y arado. Las quemas tradicionales, las estivadas, los forneiros, formaban parte de un sofisticado sistema de manejo del territorio adaptado al clima, a los pastos y a las necesidades de la cultura rural. El fuego era raramente un agente de destrucción: era la herramienta de gestión y de supervivencia.

Pero el paisaje del noroeste ha cambiado, lenta pero radicalmente, en apenas un siglo. Si un habitante de 1900 viajara a las mismas coordenadas en nuestro tiempo probablemente se sentiría como Charlton Heston en "El planeta de los simios": la sensación de estar en otro planeta sin haber abandonado realmente el suyo. Donde antes había mosaicos agrícolas, ganado y presencia humana constante, hoy dominan grandes masas continuas de matorral y arbolado. Siempre hubo fuego, y, a veces, incendios, pero no siempre existieron las condiciones para que cualquier ignición pudiera convertirse en un megaincendio. Y a esa transformación del territorio se suma ahora el cambio climático, que ahora cocina los ingredientes.

La temporada de incendios de 2025 en la Península Ibérica y, especialmente, en el Noroeste ha marcado un punto de inflexión histórico. Pero lo más inquietante no es solo la superficie quemada, sino la naturaleza de los incendios: más intensos, más rápidos y mucho más difíciles de controlar.

Aunque la primavera de 2025 fue excepcionalmente lluviosa en España y Portugal, varias olas de calor provocaron una rápida "sequía relámpago" que secó la vegetación en pocas semanas y elevó el riesgo de incendios extremos.

Durante años se invirtieron enormes recursos en apagar incendios y los servicios son extremadamente eficaces en la contención de los fuegos. Sin embargo, esa eficacia tiene también un efecto inesperado: la acumulación masiva de combustible vegetal en montes cada vez más abandonados. Por ello, aquellos incendios que logran escapar a un rápido control inicial acaban por transformarse en grandes incendios. Hasta 2022 Galicia nunca había tenido dentro de sus fronteras un incendio de más de diez mil hectáreas. Ese año dos incendios –comenzados simultáneamente– superaron esa cifra. Y el pasado agosto llegaron fuegos de más de treinta mil, otros de veinte mil y varios por encima de las diez mil.

El pasado verano también supuso un cambio en la geografía del fuego. El fuego avanzó con fuerza en áreas de montaña históricamente poco afectadas. Además, la mayor parte de los grandes incendios se produjo a lo largo de la difusa línea que separa los dominios biogeográficos atlántico y mediterráneo. Ese frente climático y ecológico parece estar desplazándose, y con él cambian también las reglas del fuego.

Por si fuera poco, vimos el año pasado incendios que avanzaban más rápido de noche que de día asociados a atmósferas muy inestables y a fenómenos de gran energía. Las tradicionales ventanas nocturnas de oportunidad para la extinción desaparecieron. En el momento que los fuegos llegaron a áreas pobladas, las necesidades de defensa de viviendas e infraestructuras hicieron colapsar a los sistemas de extinción y, la imposibilidad de enfrentar los incendios en áreas forestales, hizo que, en una espiral perversa, los incendios terminaran convirtiéndose en monstruos capaces de devorar territorios enteros.

Todo lo vivido nos obliga a una reflexión incómoda. Durante décadas nos preparamos para combatir los incendios de siempre. Pero ahora debemos prepararnos también para los incendios que aún no tuvimos. Durante demasiado tiempo hemos afrontado los incendios forestales como si fueran únicamente una emergencia estacional, reaccionando cada verano ante las llamas sin abordar las causas estructurales que hacen a nuestros territorios cada vez más vulnerables.

La verdadera prioridad debería ser construir paisajes más resilientes mediante una gestión preventiva e inteligente, orientando los esfuerzos allí donde las medidas tengan mayor impacto y fomentando usos productivos de la tierra que la mantengan gestionada a largo plazo. Esto implica recuperar mosaicos menos continuos y más resistentes al fuego, fortalecer las comunidades rurales, reforzar el vínculo entre las personas y su territorio y adaptarnos a riesgos que evolucionan más rápido que nuestras estrategias actuales.

Para ello también hay que apostar por profesionales mejor formados y preparados para escenarios cada vez más extremos que puedan trabajar en un territorio que les de oportunidades. Y también es imprescindible una mayor coordinación e interoperabilidad entre regiones y países, porque el fuego no entiende de fronteras administrativas.

Y todas esas batallas se deben librar en el marco de una estrategia coherente. Hay que alinear las prioridades locales con las políticas regionales y europeas, superando contradicciones normativas y la fragmentación de incentivos que tantas veces bloquean la acción sobre el terreno. La gestión forestal sostenible y la gestión integrada del fuego pueden convertirse en herramientas capaces de equilibrar la reducción del riesgo, la captura de carbono y el desarrollo económico, siempre que incorporen el conocimiento tradicional y el protagonismo de las comunidades locales.

El fuego seguirá formando parte del noroeste ibérico.

La cuestión es si aprenderemos a convivir con el fuego del siglo XXI.

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