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Andrés Rodríguez

Andrés Rodríguez

Presidente del Cluster de la Alimentación de Galicia

El sector agroalimentario en el Noroeste: de la resiliencia al liderazgo

El reto de evolucionar hacia un modelo más competitivo, innovador y sostenible que dé respuestas a las transformaciones actuales de la sociedad

El sector agroalimentario en el Noroeste: de la resiliencia al liderazgo

El sector agroalimentario en el Noroeste: de la resiliencia al liderazgo / LNE

El sector agroalimentario ha sido históricamente uno de los grandes pilares económicos y sociales del Noroeste español, y muy especialmente de Galicia. No solo por su peso en el empleo o en las exportaciones, sino por su papel vertebrador del territorio, su conexión con la identidad cultural y su capacidad para generar valor en entornos rurales de interior y costeros.

Sin embargo, ese liderazgo construido durante décadas convive hoy con un contexto de transformación profunda. Nos encontramos en un punto de inflexión: el sector ya ha demostrado su resiliencia frente a crisis recientes –sanitaria, energética o inflacionaria–, pero el reto ahora es dar un paso más y evolucionar hacia un modelo más competitivo, innovador y sostenible, que dé respuesta a esta nueva realidad.

La primera gran palanca de cambio es la digitalización. La incorporación de tecnologías vinculadas a la industria 4.0 –sensórica, inteligencia artificial, analítica de datos o automatización– ya no es una opción, sino una necesidad. Permiten mejorar la productividad, optimizar recursos y garantizar la trazabilidad, aspectos cada vez más demandados y hasta exigidos por los mercados. El problema es que una parte significativa de nuestro tejido empresarial, especialmente en el ámbito primario, está formado por pequeñas explotaciones y empresas con dificultades para acometer estas inversiones. Por ello, el avance debe ser necesariamente colaborativo, apoyado en proyectos tractores y en la cooperación entre empresas, centros tecnológicos y administraciones.

La segunda transformación es la sostenibilidad. El consumidor exige cada vez más productos saludables, de calidad y respetuosos con el medio ambiente. Galicia, por su riqueza natural, parte con una ventaja competitiva evidente. Pero adaptarse a los nuevos marcos regulatorios europeos en materia de emisiones, economía circular o gestión de residuos implica inversiones relevantes y cambios en los procesos productivos. La sostenibilidad no puede entenderse como una carga, sino como una oportunidad para diferenciar nuestros productos y reforzar su posicionamiento en el mercado global. Así debe ser.

Y en medio de todo esto, el sector se enfrenta a una competencia internacional creciente. Aunque nuestras exportaciones agroalimentarias siguen creciendo, competimos en un mercado global donde otros países operan con menores costes. La respuesta no puede ser competir en precio, sino en valor. Esto implica reforzar la marca asociada al origen, apostar por la calidad y la innovación, y abrir nuevos mercados. La internacionalización ya no es una opción para unos pocos, sino una necesidad estratégica para todo el sector.

Asimismo, si descendemos al detalle de los subsectores, podríamos concretar aún más nuestros retos. En la agricultura y la ganadería, la falta de relevo generacional, que en otros lugares combaten con un mayor tamaño medio de las explotaciones, en Galicia nuestro minifundio estructural limita las economías de escala y se convierte en el mayor de nuestros enemigos a futuro. En la pesca y la acuicultura, el envejecimiento de la población activa y la necesidad de modernizar y digitalizar infraestructuras son desafíos urgentes. Y en la industria transformadora, la presión sobre los costes –energía, materias primas– obliga a acelerar la eficiencia operativa y la innovación en producto.

A estos desafíos sectoriales se suman otros de carácter transversal. Uno de los más relevantes es la atomización empresarial. La dimensión media de nuestras empresas dificulta competir a gran escala y acometer proyectos ambiciosos. Una vez más, se antoja imprescindible avanzar hacia modelos de mayor integración y cooperación.

Otro cuello de botella es la logística. La posición periférica del Noroeste respecto a los grandes centros de consumo europeos exige infraestructuras eficientes que reduzcan costes y tiempos. La mejora de la intermodalidad, el refuerzo de los puertos y el desarrollo de nodos logísticos modernos son elementos clave para la competitividad del sector.

No menos importante es el desafío del talento. La atracción y retención de profesionales cualificados es cada vez más compleja, especialmente en entornos rurales. Necesitamos dignificar y hacer atractivas las profesiones del sector, invertir en formación y generar oportunidades en el agroalimentario para las nuevas generaciones. Sin capital humano, no hay transformación posible.

Por último, el sector demanda una mayor simplificación regulatoria. La burocracia y la complejidad administrativa ralentizan inversiones y restan agilidad a las empresas. Facilitar los procesos, homogeneizar normativas y acelerar la gestión de ayudas debe ser una prioridad si queremos impulsar el desarrollo del sector.

Frente a este escenario, la buena noticia es que contamos con una base sólida. El agroalimentario gallego –y del conjunto del Noroeste– dispone de recursos naturales excepcionales, de un horizonte climático que, aun con dificultades, se presenta tremendamente más favorable al que enfrentarán en otras muchas zonas, de una tradición productiva reconocida y de un tejido empresarial con experiencia y capacidad de adaptación.

Además, en la senda de la cooperación necesaria nombrada previamente, existe una creciente alineación entre el sector público y el privado. La Xunta de Galicia viene de considerar al sector alimentario como estratégico, abriendo la puerta a políticas más ambiciosas en materia de innovación, internacionalización y formación. Y es que esto es precisamente lo que perseguimos y por lo que trabajamos desde el Clúster Alimentario de Galicia: generar espacios de colaboración, impulsar proyectos transformadores y construir una hoja de ruta compartida para el futuro de nuestras empresas y del conjunto de la sociedad gallega.

El reto es claro: pasar de un modelo basado en la resistencia y resilencia a otro basado en el liderazgo. Liderazgo en sostenibilidad, en innovación y en calidad. Liderazgo que nos permita no solo mantener nuestra posición, sino ampliarla en un entorno global cada vez más exigente.

El tiempo apremia. La transformación no es una opción a largo plazo, sino una necesidad inmediata. Pero debemos verla como una oportunidad histórica. Si somos capaces de actuar con visión estratégica, coordinación y ambición, el sector agroalimentario gallego no solo seguirá siendo un pilar económico, sino que se consolidará como un gran referente europeo de calidad.

Y, desde luego, este objetivo merece el esfuerzo colectivo de todos.

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