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Del territorio heredado al territorio estratégico

Liderar desde la cooperación para ganar el futuro

Del territorio heredado al territorio estratégico

Del territorio heredado al territorio estratégico / LNE

Érase una vez un territorio real de 134.404 kilómetros cuadrados, situado en el noroeste de la Península Ibérica, en un lugar estratégico que la historia ha confirmado una y otra vez. Hablamos de Galicia, Asturias y Castilla y León, tres espacios diversos, pero unidos por una posición geográfica, una memoria compartida y, sobre todo, por desafíos de futuro que exigen una mirada conjunta. Quienes hoy peinamos canas recordamos bien cómo los libros de texto de los años sesenta retrataban estos territorios. Veamos.

Galicia se presentaba con un tono romántico pero, a menudo, marcado por el paternalismo. Se insistía mucho en la "Galicia verde" y húmeda. Era común leer descripciones sobre el minifundio y el aislamiento de las aldeas. Santiago de Compostela era el eje absoluto. Se enseñaba que Galicia era el destino de la Cristiandad y el punto de unidad europea gracias al Camino de Santiago. Se definía al gallego como "sufrido", "trabajador" y "morriñoso". La emigración se mencionaba casi como un rasgo del destino genético del gallego, más que como un problema socioeconómico. Y la economía se centraba en la pesca y el ganado vacuno.

Para los libros de los años 60, Asturias tenía una importancia política y fundacional crucial para la narrativa del régimen. Covadonga era el tema estrella. Se enseñaba que en las montañas asturianas comenzó la "salvación de España". Pelayo no era solo un líder local, sino un héroe nacional que salvó la fe católica. A diferencia de otras zonas, aquí sí se destacaba el carbón y la siderurgia (Avilés y Gijón) como motores de la modernización de la "Nueva España". Se describía como una región abrupta y virgen, enfatizando la bravura de sus habitantes.

En la ideología de la época, Castilla era la unidad de medida de lo español. Se utilizaba la famosa frase de que "Castilla hizo a España" y se enseñaba que de estas tierras (Burgos, Valladolid, Segovia...) salió el idioma castellano y la voluntad de unificar la península. Se glorificaba la meseta. También era el "granero de España". Los libros daban muchísima importancia a la producción de trigo y cereal, presentándola como la base que alimentaba a toda la nación. Se hacía hincapié en las catedrales y castillos como símbolos de un pasado guerrero y noble. Y se glorificaba la meseta: lo que hoy veríamos como un clima duro, entonces se describía como un forjador de hombres sobrios, serios y religiosos.

Aquellos relatos no eran neutrales. Más que describir territorios complejos, construían identidades al servicio de una determinada idea de país. Hoy, en cambio, el enfoque ha cambiado de forma radical. Galicia se estudia como una comunidad con una identidad cultural y lingüística propia y potente. El gallego ya no es un "dialecto", sino una lengua vehicular y un orgullo cultural. Se estudia su literatura con la misma o más importancia que la castellana. Ya no solo se habla de vacas y pesca. Se destaca el sector textil (Inditex), la automoción (Citroën) y las energías renovables. Se pone el foco en la ecología, la protección de las Rías y la gestión de los incendios forestales, pasando de una visión "romántica" de la lluvia a una visión de "recurso natural".

Asturias ha pasado de ser vista únicamente como la "cuna de la Reconquista" a estudiarse como un laboratorio de transición postindustrial, turismo sostenible y patrimonio cultural. Aunque con un estatus distinto al gallego, los libros actuales incluyen referencias a la llingua y la protección de la cultura tradicional (etnografía). Se explica el fin de la minería y la siderurgia no como un dato estadístico, sino como un proceso social complejo que ha obligado a la región a buscar el "turismo de naturaleza" y la innovación. La figura de Pelayo se estudia desde un punto de vista histórico y menos mitológico, dando mucho espacio a la Asturias prerrománica como patrimonio de la UNESCO.

Castilla y León, por su parte, ha desplazado el énfasis desde la épica histórica hacia el desafío demográfico, la gestión patrimonial y la lucha contra la despoblación. Se estudia la "España Vaciada", el envejecimiento de la población y la necesidad de infraestructuras. Ya no se idealiza la sobriedad del campo, se analizan sus problemas. Se presume de ser una de las regiones del mundo con más monumentos protegidos por la UNESCO, pero con un enfoque en la gestión del turismo cultural. Si en los 60 el origen era la Reconquista, hoy el "orgullo" castellano y leonés empieza hace 800.000 años con los hallazgos de Atapuerca, fundamentales en todos los libros de texto actuales.

Pero en este análisis comparativo, encontramos varios detalles muy significativos: desde los inicios del siglo XXI hasta la actualidad, las tres regiones han perdido 162.387 personas, fruto sobre todo del crecimiento vegetativo negativo (725.201 fallecimientos más que nacimientos), ya que el saldo migratorio ha sido positivo (562.814 inmigrantes más que emigrantes); es decir, de ser territorios que expulsaban población en otros tiempos no tan lejanos se ha pasado a ser zonas receptoras de inmigrantes.

El paradigma ha cambiado por completo: de territorios emisores a territorios receptores. Hoy, el gran desafío consiste en gestionar sociedades envejecidas, integrar nuevos residentes y convertir la inmigración en oportunidad. Pero para que así sea se requiere algo más que buenas intenciones, ya que los procesos que promueven el cambio social a través de la puesta en marcha de nuevas iniciativas, programas o proyectos son, en muchos casos, lentos y tediosos, lo que genera frustraciones personales y colectivas.

Por tanto, si deseamos un futuro prometedor, debemos pasar de una identidad heredada –la que nos dijeron que éramos– a una identidad de gestión: la que somos capaces de construir. Ya no basta con "peinar canas" recordando el pasado; hay que entrenar nuevas habilidades para responder a escenarios complejos y cambiantes. Analizar la realidad con una mirada abierta y multidisciplinar; detectar fortalezas, debilidades, oportunidades y amenazas; pensar estratégicamente sin perder flexibilidad; comunicar con eficacia; movilizar talento; gestionar diversidad y conflictos; liderar desde la cooperación.

Porque el futuro de Galicia, Asturias y Castilla y León no depende solo de su historia, su patrimonio histórico, su posición estratégica, su potencial logístico, energético y cultural, sino de su capacidad para reinventarse y activar todo ese potencial con inteligencia colectiva. El Noroeste existe, y su mayor desafío ya no es sobrevivir a los relatos heredados y a las diferencias abismales de sus estructuras productivas, sino convertirse en protagonista de su propia estrategia de futuro.

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