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Jaime Izquierdo

Jaime Izquierdo

Excomisionado para el reto demográfico del Gobierno de Asturias (2019 – 2023) y autor de "Una nueva economía para la aldea del siglo XXI" (2025)

Si la tierra te da aldeas

Los nuevos centros inteligentes de producción de paisajes

Si la tierra te da aldeas

Si la tierra te da aldeas / LNE

"Las aldeas están funcionalmente más próximas a su prototipo neolítico que a las muy organizadas metrópolis que han empezado a absorberlas hacia sus órbitas y, cada vez con más rapidez, a minar su antiguo modo de vida. Tan pronto como permitamos que la aldea desaparezca, este antiguo factor de seguridad se desvanecerá. La humanidad todavía tiene que reconocer este peligro y eludirlo"

Lewis Mumford

"La ciudad en la historia"

La Real Academia Española define la aldea como un "pueblo de escaso vecindario y, por lo general, sin jurisdicción propia". Esta breve descripción no incluye las características funcionales de esta pequeña estructura urbana –el primer experimento residencial de la humanidad– que, junto a las ciudades, conformaron el tándem que gestionó el mundo sobre dos cimientos económicos: el de la economía orgánica de los campesinos, que desde la aldea alimentaron a la humanidad hasta la llegada del capitalismo agrario, y el de la economía inorgánica, que propició el auge de la industrialización y acabó por eclipsar a la aldea –enviándola al desván de la historia como si fuera un trasto inservible– y ha convertido a algunas ciudades en monstruos grotescos.

La aldea es ahora una "especie territorial" en vías de extinción. Pero casi nadie nos ha contado que fue la "inventora" del campo, la primera y más eficiente célula sobre la que se conformó el tejido territorial y la biodiversidad del medio rural durante el largo periodo histórico que abarca desde el primer neolítico hasta la consolidación hegemónica de la economía industrial y urbana del siglo XX, y que era una estructura productiva cauta e inteligente que basaba su estrategia en el manejo agroecosistemico local –cuasi independiente de los insumos externos–, que practicaba la economía ecológica sostenible de forma cotidiana –algo que, ni por asomo, saben hacer ahora las economías industriales y urbanas–, que activó a su manera la biotecnología, que no concebía otra economía que no fuera la circular, que incrementó notablemente la biodiversidad de los territorios, que manejaba en circuito cerrado los ciclos de los nutrientes, que inventó la gastronomía regional y la conservación de los alimentos –desde el pan, al vino, pasando por los quesos y los embutidos–― y que, por si fuera poco, no generaba cambio climático porque sabía retener el carbono en el suelo evitando que pasara mayoritariamente a la atmósfera.

Las preguntas que me rondan la cabeza desde hace años son: si nuestros antepasados sabían hacer todo eso, ¿cómo es posible que desde las instituciones públicas, los gobiernos, las universidades o los grandes centros de pensamiento e investigación científica nos haya pasado desapercibida tanta inteligencia territorial?, ¿cómo es posible que la política haya estado ausente de la tragedia que se cierne con el olvido de la aldea?, ¿por qué no intentamos volver a la aldea antes de dar por perdido el planeta y pensar en mudarnos a Marte?

El conjunto de riesgos ç –grandes incendios, crecimiento de poblaciones de especies oportunistas, pérdida de biodiversidad, acumulación de biomasa por asilvestramiento de las estructuras productivas del campesinado– ―que amenazan ahora al medio rural no son patologías territoriales, sino síntomas. Y, como es sabido, las soluciones, los tratamientos, no pueden dirigirse a la superación de los síntomas, sino a la erradicación de la patología.

Los actuales riesgos son los síntomas de una enfermedad motivada por la desterritorialización y desculturización rural de las regiones, las dinámicas de concentración económica y poblacional de las ciudades, la intensificación forestal con monocultivos y el abandono de los complejos sistemas agroecológicos que diseñaron primeramente las comunidades campesinas y, después, gestionaron inteligentemente durante siglos, conforme a unos principios de organización campesina –muy distintos de la organización industrial– que hemos olvidado pero que, debidamente actualizados y renovados, serán fundamentales para la gestión futura de las aldeas.

Sin embargo, las amenazas a los territorios rurales no se ciñen sobre aquellos más alejados de las centralidades urbanas. No, eso ya no es así: esos riesgos se han vuelto también periurbanos, como evidencian las rampantes piaras de jabalíes y los conatos de incendios que, cada vez con más frecuencia, se ciernen sobre las ciudades.

Como primera conclusión podríamos decir que con el abandono de las aldeas no estamos simplemente ante un problema rural, sino de ordenación, cohesión y gestión de escala regional y estatal. No estamos ante un problema que afecta solo al campo, sino al territorio regional en su conjunto que pondrá en riesgo, cada vez más, a las ciudades. Y, como segunda conclusión, que hay que poner en marcha una política de Estado para la aldea y unas políticas de aldea para el Estado o, mejor dicho, para que las aldeas puedan recuperar su protagonismo en la gestión del medio rural ahora en proceso de abandono.

Desde las políticas regionales de Galicia y Asturias se han iniciado algunas interesantes aproximaciones al problema. El gobierno gallego, por medio de la puesta en marcha de la figura de "Aldea modelo", recogida en la Ley 11/2021 de recuperación de la tierra agraria. El gobierno de Asturias, por su parte, desde el Comisionado para el reto demográfico –ahora dirección general– con el apoyo financiero de la Secretaría General de Reto Demográfico del gobierno de España y la colaboración de la Fundación CTIC, avanzó en el diseño de una aldea posindustrial, de un "prototipo" de aldea –de futuro y con futuro―– a través de un proyecto experimental conocido como "Aldea 0", cuyo objetivo era y es el diseño y ensayo de una nueva socioeconomía para la aldea pensada para devolverle la funcionalidad como gestora integral del medio e incorporar los avances en calidad de vida y bienestar propios de nuestro tiempo. La estela, tanto de las Aldeas modelo gallegas, como del diseño de la Aldea 0 asturiana, la siguen también algunos Grupos de Desarrollo Rural Leader que han empezado a caminar en esa dirección.

El esquema sobre el que trabaja "Aldea 0" es el siguiente:

La aldea es netamente local en su forma de gestión, pero ahora puede ser absolutamente cosmopolita en su proyección si se organiza para gestionar su sistema agroecológico local, estructura una comunidad energética local, genera condiciones para el desarrollo de pequeñas empresas y el asentamiento de nuevos emprendedores y, sobre todo, da nueva vida y nueva viabilidad a una comunidad consciente de su responsabilidad colectiva con el territorio y de las ventajas que para su bienestar personal tiene el apoyo mutuo vecinal. Apoyándose para ello en la cultura del territorio e, instrumentalmente, en las nuevas tecnologías y la innovación.

La aldea tiene ahora más posibilidades productivas y económicas que nunca en su historia y, también, tiene a su alcance la recuperación de su función histórica como gestora de las dinámicas ecológicas del territorio.

El noroeste, incluido Portugal, presenta la mayor concentración de aldeas de la península Ibérica, que viven ahora, mayoritariamente, en el descalabro. La conclusión final está servida: si la tierra te da limones, haz algo tan rico, vitaminado y refrescante como la limonada. No dejes que se pudran en el árbol

Si la tierra te ha dado aldeas, haz con ellas los nuevos centros inteligentes de producción de paisajes en mosaico, reactiva sus singulares sistemas agroalimentarios de alto valor añadido, promueve la autosuficiencia energética, da rienda suelta a la creatividad, estimula la conservación patrimonial de la naturaleza y de la cultura campesina y, simultáneamente, crea las condiciones para convertirlas en el lugar de residencia de unas nuevas comunidades, unos nuevos pobladores, que no necesitarán vivir en la ciudad para realizarse y alcanzar el bienestar.

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