Opinión

Politólogo y director de Asuntos Públicos de Atrevia
La vuelta de la geografía
El Noroeste llega al nuevo orden con una mano ganadora: territorio, recursos, cultura e historia

La vuelta de la geografía / LNE
Hace unos años, tras la caída del Muro de Berlín y el hundimiento del comunismo, la geografía y la historia pasaron a ser, de una manera que parecía definitiva, asignaturas irrelevantes en el currículo de los europeos. La geografía era irrelevante (el mundo es plano, nos dijeron también) y la historia, en el mejor de los casos, el trasfondo de alguna novela. Siempre sospechamos que aquel desdén era impostado: el complejo de los de letras frente a los de ciencias, que parecían llevárselo todo con la aparición de Internet. Y decimos impostado porque, que la geografía importaba, no tenían que explicárnoslo demasiado aquí en el noroeste: albergábamos la frontera más pobre de toda Europa occidental y todo lo que éramos se explicaba por nuestra periférica presencia europea. Y es que, la lejanía de ese centro de prosperidad que es el eje Londres – Milán nos hacía estar en desventaja respecto de otros puntos de nuestro país, ubicado más cerca del corazón económico de Europa.
La historia también nos tocaba de cerca, y es que al noroeste no le sentó bien la llegada de la modernidad. La agricultura de subsistencia, sumada a un modelo de propiedad fragmentada y a una débil industrialización, convirtieron al territorio en pasto de la emigración primero y del envejecimiento después. Todos se iban: a América primero, y luego a esas ciudades (Madrid, Bilbao, Barcelona…) "donde nos decían que manaba la leche y la miel", como escribió un día Jesús Fuentes. Algunos volvían, pero lo hacían ya mayores, y lo hacían a caballo entre aquellos lugares y el noroeste.
En el imaginario colectivo de los españoles las regiones del noroeste se transformaron en una suerte de parque temático: buena comida, playas limpias y una cierta mitomanía (inventada, por supuesto) a medio camino entre lo medieval y lo celta: gente que caía bien, pero que no pintaba nada. Y sin embargo…
Sin embargo, las cosas han cambiado. Como sostiene el economista José Luis Moreno en su último libro, vivimos un cambio de era en el que todo se ha acelerado: "Cada semana parece un año. Cada año, una década". Robert Kaplan llevaba también tiempo avisándonos: la geografía se vengaba de nuestra indiferencia, los Estados Unidos giraban hacia el oeste y Europa se estaba quedando sola con su "pesimismo indefinido", por usar la terminología de Peter Thiel. Estamos despertando de aquella fantasía de un "orden global basado en reglas" y lo de ahora va en serio, visto que europeos no entendimos el mensaje de la crisis de Suez, en 1956: un primer aviso de un mundo ya no se regía por nuestras reglas.
Este cambio, frente a lo que pudiera parecer, puede abrir nuevas oportunidades al noroeste si somos capaces de leerlo con inteligencia. Una primera lección es que ni el mundo es plano, ni el libre comercio está garantizado. Es el fin de toda una generación de oficinistas que llegó a la cúspide de grandes empresas con el único mérito de saber utilizar hojas de cálculo para externalizar y deslocalizar. ¿Qué supone esto? Que es importante, por ejemplo, ser capaz de producir alimentos: es difícil vivir sin chips, pero no podemos vivir sin comida. Castilla y León es la gran potencia agraria española y el peso del sector primario en su PIB dobla de largo a la media nacional, mientras que en Galicia y Asturias esta importancia se complementa con la de la economía azul: solo Galicia posee la mitad de la flota pesquera española.
Otro elemento que está dejando claro el cambio de era es que sin industria es muy difícil competir en el mundo que viene. Y ahí, de nuevo, el noroeste está bien preparado: en las tres regiones el peso industrial está encima de la media nacional, con Asturias a la cabeza por su importante tradición fabril. Un solo dato nos ayuda a entender esta importancia: las tres regiones suponen apenas el 12% del PIB nacional, pero las tres aportan algo más del 17% de la producción industrial nacional. Como señalan desde la Junta de Castilla y León: la industria fija población, y lo hace de la mejor manera posible. El incremento del gasto en defensa augura empleos de alta calidad en plazas como Ferrol con Navantia, o en Gijón y Avilés con Indra y EM&E, mientras que el suelo disponible hace pensar que en lugares como Monfarracinos, al norte de Zamora, o en Miranda de Ebro, se instalarán industrias de un sector que no para de crecer.
"Pero hará falta energía y hará falta gente para todo esto", suspiran mientras piden las sales los Jeremías habituales al leer esto. Pues también aquí la situación es inmejorable: Castilla y León es la región con mayor potencia renovable instalada, muy por encima del resto de regiones españoles, y exporta gran parte de lo que produce: ni Madrid iría como un tiro ni en el País Vasco funcionaría la industria sin la energía que se genera en torno al valle del Duero. Algo parecido ocurre con Galicia, donde las renovables pesan cada vez más, pese a la judicialización del paisaje. Y en cuanto a la mano de obra, los datos son también espectaculares. Castilla y León y Galicia están a la cabeza en PISA, compitiendo en la liga de los grandes en competencias fundamentales para el mundo que viene como las matemáticas; mientras que de nuevo Castilla y León o Asturias lideran los rankings de comprensión lectora. Por si fuera poco, el abandono escolar temprano está muy por debajo de la media española, especialmente entre las mujeres. Hay cosas que no se cambian por decreto, y la cultura es una de ellas: siglos de historia, una en particular, han modelado una sociedad con una alta valoración de la letra escrita y en la que el conocimiento es un marcador social más valorado que en otras regiones de España: se ve que las nubes y el mal tiempo animan a la gente a leer.
No todo está conseguido, está claro. Lo más perentorio, creo, es la vivienda. Todas estas personas que vendrán o que volverán necesitan un hogar. Y las casas vacías, muchas de ellas en ruinas, se acumulan en el noroeste. Los tres territorios tendrán no solo que ser ágiles, también tendrán que hacer frente a la tentación de convertir a los pueblos en museos, porque ya se sabe (Paco Somoza dixit) que los museos acaban siendo mausoleos.
Algo que no enseña la historia, esa historia que siempre estuvo ahí, es que los liderazgos importan. En esto también las tres regiones del noroeste comparten perfiles: presidentes moderados y poco dados a la polarización. El carácter de un hombre es su destino y por estas tierras los extremismos, de uno u otro lado, tienen menos peso que en el conjunto de España. Sociedades cohesionadas, con niveles de desigualdad más bajos que en el conjunto de España y mucho más seguras que el resto de la península (aquí están las cinco capitales más seguras de España). El noroeste llega al nuevo orden con una mano ganadora: territorio, recursos, cultura e historia. Robert Kaplan nos advirtió que la geografía siempre acaba pasando factura a quienes la ignoran. Lo que no dijo es que también puede acabar recompensando a quienes nunca la olvidaron.
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