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El Círculo de Bellas Artes de Madrid celebra un siglo mirando al techo de su «pecera»

El Salón de Conversación de la popular institución cultural, que acaba de festejar el centenario de su sede, tiene como atributos más destacados unos murales del pintor cangués José Ramón Zaragoza (1874-1949)

Por Ana Rubiera

El Círculo de Bellas Artes de Madrid, uno de los centros culturales privados más importantes de Europa, lleva cien años mirando al techo de su «pecera» y recreándose con las obras de un asturiano: el pintor José Ramón Zaragoza Fernández (Cangas de Onís, 1874-Alpedrete, 1949). Esa «pecera» es el nombre coloquial y castizo por el que hace décadas se conoce al antiguo Salón de Conversación del Círculo de Bellas Artes. Un sobrenombre que, según la historia no oficial del edificio recogida por el director de la institución, Valerio Rocco, le puso la sociedad madrileña a un salón con vistas a la calle de Alcalá a cuyos preciosos ventanales se asomaban los paseantes para ver «a los peces gordos» que hacían vida en tan señalado edificio. Otras versiones igual de extraoficiales dicen que sí que se asomaban los madrileños, pero lo hacían para ver «a todos aquellos socios de edad provecta, que bostezaban en los sillones abriendo sus bocas como si fueran peces». Sea cual sea el relato correcto, ese espacio social hace tiempo que es una cafetería-restaurante abierta al público en pleno corazón de Madrid que ya ha convertido en oficial su nombre: La Pecera del Círculo de Bellas Artes.

Y como todo el gran edificio que diseñó el arquitecto y urbanista Antonio Palacios (1874–1945) –uno de los más influyentes en España en la primera mitad del siglo XX y autor entre otros edificios icónicos del Palacio de Cibeles–, acaba de festejar su centenario y seguirá haciéndolo en los meses venideros. Y en todas estas décadas que ahora se recuerdan, ni socios, ni clientes sedientos, ni otros allegados (se dice que un joven Picasso fue alumno en las clases de pintura del Cículo y Ramón María del Valle-Inclán frecuentaba sus salones) han dejado de mirar al techo del salón social de la planta baja para admirar los murales del pintor cangués que recrean «El amanecer», «La noche» y «El día». «Forman parte del programa decorativo original de uno de los espacios más emblemáticos del Círculo», reconoce María Azurmendi, del departamento de comunicación de la institución madrileña. 

Detalle de uno de los murales de José Ramón Zaragoza en la Pecera del Círculo. | Círculo de bellas Artes
Detalle de uno de los murales de José Ramón Zaragoza en la Pecera del Círculo. | Círculo de bellas Artes

Y tiene mérito ser un «espacio emblemático» habiendo como hay tantos rincones magníficos en el edificio del Círculo, cumpliendo cada uno su papel en la importante labor en el campo de la creación, la difusión y la gestión cultural en el que está considerado uno de los centros culturales privados –sin ánimo de lucro y declarado Centro de Protección de las Bellas Artes y de Utilidad Pública– más importantes del continente. Cuando Antonio Palacios se puso a diseñar el que hoy es uno de los edificios insignia de la capital de España, con su diosa Minerva coronando en la azotea (aunque para eso tuvieron que pasar muchos años), se planteó hacer un proyecto «que pretendía aunar grandiosidad arquitectónica y ornamental, sin olvidar su vínculo y relación con las funciones artísticas, culturales y lúdicas propias de la institución», tal como se recoge en la ficha el Ministerio de Cultura. Así que también pensó en la conveniencia de que existiera una colaboración con otros artistas «para desarrollar la decoración interior y, de ese modo, potenciar al interior la misma monumentalidad que al exterior». Las dificultades económicas, en buena medida por el sobrecoste de la obra, impidieron que Palacios llevara su idea hasta el final pero no impidió que contara con Zaragoza, ganador del concurso convocado en 1924 para hacer murales decorativos en el salón social. «El Amanecer», y «La Noche» tienen fecha de 1926, y «El Día», de 1931. «Las tres demuestran una gran destreza para el dibujo de Zaragoza y un profundo conocimiento de la luz y del manejo del color», apuntan los responsables de la restauración de las tres obras que llevó a cabo en 2006 la Fundación Reale. 

Detalle de uno de los murales de José Ramón Zaragoza en la Pecera del Círculo. | Círculo de bellas Artes
Detalle de uno de los murales de José Ramón Zaragoza en la Pecera del Círculo. | Círculo de bellas Artes

Precisamente apelaban los expertos a esa «buena técnica de ejecución de las pinturas» como una de las claves que hizo posible «que hayan llegado hasta el día de hoy sin deformaciones ni descuelgues». Fue la suya una intervención para «devolver la estética y el colorido original a una de las obras más representativas del patrimonio artístico del Círculo», y dejarlas para durar otras muchas décadas. Esas obras las hizo con maestría uno de los grandes pintores asturianos, con obra en el Prado y en los principales museos de la región, que salió de Cangas de Onís siendo un joven con un don privilegiado para la pintura y que se formó primero en la escuela de Bellas Artes de San Salvador de Oviedo, para hacerlo luego en la de Bellas Artes de San Fernando (Madrid) becado por la diputación. También logró una beca para seguir formándose en Roma y viajó por Europa afinando sus capacidades artísticas. En 1915 volvió a España tras una década por el continente y se afincó en Madrid, donde ese año logró la Medalla de Oro en la Exposición Nacional. Un premio que bien que celebraron sus convecinos cangueses. Fue profesor y director de dibujo en una afamada academia particular orientada principalmente hacia los arquitectos y ganó por oposición la plaza de Dibujo Artístico en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid. Un año antes de hacerse con el concurso para realizar los murales del Círculo expuso, de manera individual, en el Museo de Arte Moderno de Madrid, presentando 28 obras. Y En 1948 fue nombrado académico de la Real Academia de San Fernando pero su fallecimiento impidió que pronunciara el discurso de ingreso. Fue el gran pintor retratista de la clase media y la burguesía acomodada de Cangas de Onís y un muralista destacado, tanto como pintor costumbrista. Y un siglo después sus murales de techo de Madrid siguen siendo dignos de admirar.

El Círculo en obras.
El Círculo en obras.

Otros asturianos de  la «casa de las artes»: de Rendueles a Doce 

El Círculo de Bellas Artes es una de las obras cumbre del arquitecto Antonio Palacios «icono de la modernidad y la vida cultural de Madrid en el último siglo», dicen los expertos. La entidad se había fundado en la capital en 1880 y ocupó distintos lugares hasta que en 1919 los socios –en su mayoría gente del mundo de la pintura, la escultura, la música, literatura y la arquitectura– se plantearon construir una sede propia. El arquitecto, que ganó el concurso tras muchas vicisitudes, llevó a cabo un proyecto pensando en la comodidad de los socios (eran unos 5.000 cuando se acabó la obra) y los fines de la institución, así que hizo zonas para las artes, exposiciones, conferencias, zona de cine, teatro; pero también piscina, billares, barbería, salón de estudio o sala de baile para las fiestas de largo, siendo el baile de máscaras una muy popular. Pasado el siglo ese edificio sigue acogiendo a creadores de las artes y las ciencias y a públicos diversos. Como dice la dirección, «para todos ellos esta casa de las artes sigue abierta en el 2026». La presencia de Asturias en esa casa de las artes, después de José Ramón Zaragoza, ha sido diversa a lo largo de los años. El filósofo criado en Gijón César Rendueles fue adjunto a dirección durante unos años, con Juan Barja como presidente. También el poeta Ángel González formó parte de la institución, y el poeta y traductor Jordi Doce trabajó en el área de ediciones del Círculo. En cuanto a programación, el cineasta Ramón Lluís Bande ha estado presente recientemente con su trilogía sobre el maquis, y desde la editorial del Círculo, Lengua de Trapo, se ha publicado «La herencia recibida», del Xandru Fernández. También «Yo podría haber sido Fidel Castro», de Pablo Batalla (Gijón). Y, hace algunos años, se le dedicó una exposición al pintor Bernardo Sanjurjo.

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