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Pablo Chamorro y Cristina Ordiales y las dos formas de estar de guardia: el médico pendiente del "busca" y la doctora que sale a la emergencia

Los facultativos, de Cabueñes y el SAMU, tienen realidades distintas en Asturias, pero iguales reclamaciones: más descansos, más reconocimiento y mejor organización de las jornadas laborales

Pablo Chamorro y Cristina Ordiales, en la protesta de los médicos, en Oviedo, este pasado jueves.

Pablo Chamorro y Cristina Ordiales, en la protesta de los médicos, en Oviedo, este pasado jueves. / Mario Canteli / LNE

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Mariola Riera

Mariola Riera

Oviedo

Pablo Chamorro tiene 49 años y Cristina Ordiales, 43. Son médicos, de distintas especialidades, pero están unidos en la movilización sanitaria en Asturias. Aunque sus motivos nacen de realidades laborales muy distintas, tienen el mismo objetivo: lograr unas condiciones dignas de trabajo, mejor organización, menos carga laboral, descansos justos... Ambos coincidieron este jueves en la protesta convocada por el sindicato SIMES en pleno conflicto sanitario. Los médicos de toda España afrontan su cuarta semana de huelga general -a razón de una al mes- de este año y que este mismo viernes concluye. La protesta nacional va contra el Ministerio de Sanidad, por la reforma del estatuto marco que no contenta a los profesionales. En Asturias, el SIMES también la dirige a la Consejería de Salud.

Pablo Chamorro es hematólogo en el Hospital de Cabueñes, en Gijón, y habla de las denominadas guardias localizadas: una forma de trabajo poco visible, en la que el médico no está físicamente en el hospital, pero tampoco puede desconectar. Cristina Ordiales trabaja en el SAMU -las emergencias de Asturias- y describe jornadas de 24 horas en la calle, con noches, fines de semana y situaciones de riesgo que, asegura, no siempre se reconocen. Ambos coincidieron este jueves en la protesta del SIMES en Oviedo.

Guardias

Chamorro explica que en su especialidad, como en otras hospitalarias, las guardias localizadas pueden prolongarse durante días. El médico está fuera del hospital, pero pendiente de un busca y obligado a acudir si surge una complicación. "Eso condiciona por completo la vida cotidiana", dice. No puede alejarse, no puede hacer planes con normalidad y sabe que, si lo llaman de noche, al día siguiente la jornada vuelve a empezar.

El hematólogo recuerda que recientemente se ha conseguido que, si un médico localizado tiene que acudir al hospital después de las doce de la noche, se genere un descanso. Pero considera que sigue siendo "insuficiente". A su juicio, debería garantizarse un descanso mayor, hasta completar al menos doce horas desde la atención nocturna hasta la vuelta al trabajo.

Lo que más le preocupa es la acumulación. Hay médicos que, por necesidades del servicio, especialmente en vacaciones, pueden pasar diez días o más localizados. Diez días sin estar de presencia en el hospital, pero sin libertad real para alejarse. Chamorro lo resume con el caso de una compañera otorrino que, ante la posibilidad de que un paciente operado empiece a sangrar, vive prácticamente pegada al coche. «Ya no me voy a tomar un café más allá de dos manzanas de mi casa», cuenta que les dice. Esa frase muestra el peso de una guardia que no se ve, pero ocupa la vida entera mientras dura.

Cristina Ordiales habla desde otro lugar: el de la emergencia extrahospitalaria. «El SAMU es otro mundo», resume. Su trabajo no sigue el modelo de guardias hospitalarias, sino un sistema de turnicidad en el que más de la mitad de la jornada ordinaria se compone de noches y fines de semana. Sus jornadas son siempre de 24 horas.

Riesgos

En su caso, la dureza no está solo en los horarios. Está también en el lugar donde se presta la asistencia. Los médicos del SAMU trabajan en la calle, en carreteras, domicilios, incendios y escenarios imprevisibles. «Entramos en zonas de peligro, estamos en la calle trabajando continuamente, en malas condiciones ambientales, en incendios, en una serie de situaciones que nos exponen a riesgos y eso no se contempla en ningún sitio», explica Ordiales.

Por eso reclama mejoras que no sean únicamente económicas, sino también horarias y organizativas. Siente que una parte esencial de su trabajo permanece invisible: la nocturnidad, los fines de semana, la exposición al riesgo y la presión de atender emergencias en entornos que no siempre son seguros.

Lo más duro, explica, llega cuando los profesionales tienen que combinar turnos en la calle con apoyo al centro coordinador, «tocando los dos palos» en días muy próximos.

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