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Pablo Argüelles, cardiólogo: "El riesgo de sufrir una parada cardiaca en el último kilómetro de una carrera popular es 15 veces superior al del resto del trazado"

"El deporte también tiene una cara oscura; con el aumento de participación en carreras populares, has subido los eventos cardiovasculares, terminando algunos en fallecimiento", avisa

Todas las imágenes de la media maratón de Pola de Siero

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Pablo Argüelles García

Pablo Argüelles García

La participación en carreras populares se ha disparado en los últimos años. Cada vez son más los deportistas recreacionales que disputan varias veces al año carreras de 10 kilómetros, medias maratones y maratones. En 2011, la primera Media Maratón de Gijón reunió a cerca de un millar de corredores; en 2025, la 14ª MBA Media Maratón de Gijón "Villa de Jovellanos" congregó en la salida a más del doble de participantes.

Desde el punto de vista de la salud poblacional, se trata de una buenísima noticia. La preparación para este tipo de pruebas implica la realización de ejercicio físico de forma regular –uno de los pilares de la salud cardiovascular– y, en la mayoría de los casos, suele ir asociada a unas medidas higiénico-dietéticas mejores que las de la población sedentaria. Normalmente, nuestro amigo que corre maratones no fuma, bebe poco o no bebe alcohol y no se atiborra a comida basura.

Pero el deporte, sobre todo cuando se lleva al límite, también tiene su cara oscura. Con el aumento de la participación en carreras populares han aumentado también los casos de eventos cardiovasculares durante las mismas, algunos de los cuales, desgraciadamente, terminan con el fallecimiento del deportista.

Los datos de un estudio

En consulta no es raro que veamos a pacientes que han tenido algún susto después de una de estas pruebas de gran resistencia: maratones, triatlones, carreras de MTB… Comentando uno de estos casos con la doctora Irene Valverde, excelente cardióloga especialista en arritmología, me llamó la atención sobre un estudio publicado este año en la revista "Europace", basado en el registro "Paris Sudden Death Expertise". Dicho registro analizó, entre 2011 y 2024 –excluyendo 2020 por la pandemia–, las tres grandes pruebas de running disputadas en la capital francesa: la media maratón, la maratón y la carrera de 20 kilómetros. En total, más de 1,2 millones de participaciones y 17 paradas cardiacas durante la carrera.

Las cifras, analizadas fría y estadísticamente, no resultan alarmantes. Vaya por delante que una parada cardiaca puede ser recuperable y que, en este caso, el 88 por ciento de los pacientes sobrevivieron. Además, se produjo aproximadamente una parada por cada 60.000 participaciones en hombres y una por cada 175.000 en mujeres.

El punto negro del último kilómetro

¿Qué tiene entonces de novedoso el estudio publicado en Europace? Pues que, al analizar las pruebas de 20 kilómetros y media maratón, se observó que el riesgo de sufrir una parada cardiaca en el último kilómetro era 15 veces superior al del resto del trazado. Esto, sin embargo, no sucedía en la maratón, donde hubo menos paradas y se distribuyeron a lo largo del recorrido: kilómetros 3, 25, 25, 35 y 42.

¿Cómo explicar estas diferencias y ese "punto negro" del último kilómetro? Para entenderlo, debemos conocer un dato más: el ritmo. En el argot del atletismo, el ritmo se expresa como los minutos que tarda un corredor en completar un kilómetro si mantuviera constante la velocidad que lleva en ese momento.

El sprint final

Los datos del estudio mostraron que el 87 por ciento de los corredores aceleraba en el último kilómetro, lo que comúnmente conocemos como esprintar. De hecho, los hombres tenían el doble de probabilidad que las mujeres de aumentar más de 2 kilómetros por hora su velocidad en ese tramo final.

Esto sucede porque, en una prueba en la que no llegamos a la meta completamente exhaustos, si todavía nos queda algo de reserva, existe una tendencia muy humana a darlo todo al final: para adelantar unos puestos, mejorar una marca personal, conseguir una medalla simbólica o simplemente sentir que hemos terminado "a lo grande". En los 42 kilómetros, en cambio, los corredores llegaron con el depósito totalmente vacío y no se produjo ese "acelerón final".

Podríamos pensar que este tipo de sobreesfuerzo es exclusivo de los corredores profesionales, que se juegan un premio económico, un contrato o una posición en la clasificación. Sin embargo, el cerebro humano no funciona así. Para los corredores recreacionales también existe ese efecto.

Basta con tener a la vista la posibilidad de mejorar nuestros números, ver en el reloj el icono de una copa por haber conseguido un récord personal, aumentar nuestra puntuación en una aplicación o lograr un resultado que luego podamos compartir con nuestros amigos –y con el mundo entero– en redes sociales.

Forzar más de la cuenta la máquina

Cuando nos acercamos a nuestro límite, el cuerpo suele avisarnos. Nos envía señales de cansancio, malestar, dolor o falta de aire para invitarnos a bajar el ritmo. Sin embargo, las ganas de superarnos, de alcanzar esa cifra redonda, de coronar nuestra pequeña cima del Tour o nuestro ochomil particular, pueden llevarnos a puentear ese sistema de seguridad y dar la orden de continuar. Incluso de forzar un poco más la máquina.

Lo mejor para acabar bien es empezar bien. Y nada mejor que partir de un chequeos cardiológico antes de practicar deporte a cargas elevadas. El objetivo no es asustar ni limitar los beneficios del ejercicio, sino detectar aquellas cardiopatías que pueden aumentar el riesgo durante esfuerzos intensos. Esa es también la razón por la que, en algunos pacientes con enfermedad cardíaca, el deporte competitivo no está permitido.

Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Tras leer el artículo, revisé en el reloj el entrenamiento de 10 kilómetros de la última vez que había salido a correr y… ahí estaba. No había ningún premio, ninguna línea de meta, ninguna medalla. Pero el último kilómetro lo había corrido 2 kilómetros por hora más rápido que los otros nueve.

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