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Así era trabajar en la mina de Cerredo: galerías sin apenas espacio, ausencia de medidas de seguridad, material desgastado...

Los supervivientes relatan que cuando se produjo el accidente solo tenían "dos turbinas pequeñinas" que "metían aire sucio" al espacio

Así se trabajaba en el interior de la mina de Cerredo

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Oviedo

La exconsejera de Industria, Belarmina Díaz, describió antes de dimitir la mina de Cerredo como “el peor de los chamizos”. El testimonio de cuatro de los supervivientes -Rolando Prieto, David González, Abel García y David Álvarez- afianza esa descripción. Hablan de galerías sin apenas espacio, de ausencia total de medidas de seguridad y de unas condiciones de trabajo que nada tienen que con aquellos años dorados de la minería asturiana. (Puedes leer en este enlace el testimonio completo de los mineros que hoy rompieron su silencio en LA NUEVA ESPAÑA).

Faltaban autorrescatadores”, los grisómetros los empezaron a usar solo un mes antes del accidente -después de sufrir un susto- y la ventilación era deficiente. Había, dicen, “dos turbinas pequeñinas” que “metían aire sucio de la propia galería”. “Trabajábamos a fondo de saco y eso es algo que está prohibido”, cuenta Abel García.

Ni siquiera había mineros de seguridad. Es decir, las figuras responsables no solo de que se cumpliese con el reglamento en esta materia, sino de acceder en primer lugar a la explotación para asegurarse de que no había ningún problema. “Tenía que haber uno mínimo, pero normalmente siempre hay dos. Yo siempre he visto una pareja de mineros de seguridad en todas las otras minas que estuve trabajando”, explica David Álvarez. En Cerredo, “no había nada”.

En las galerías el espacio era apenas inexistente. “Te quedaba de sitio un vagón justo”, afirman. “Para cargar, yo para cargarme tenía que meter dentro del vagón. Abrir la compuerta y luego te quedabas ahí enterrado en la cintura”, relata García. Tan poco margen de maniobra tenían que muchas veces solían cortar la corriente de la máquina “por seguridad al compañero, para no mancarlo. Porque estaba en un sitio peligroso, muy justo. Cualquier fallo que tú tengas podía ser un accidente”.

Además, “estaban todos los cuadros rotos, teníamos que andar reforzándolos con madera por abajo”.

Los mineros solían hablar entre ellos de que “cualquier día iba a pasar algo”, sin embargo, el miedo a perder su trabajo hacía que no se quejasen demasiado. Ninguna se espera, ni en su peor pesadilla, que un día sus temores se harían realidad y que una explosión de grisú acabaría con la vida de cinco de sus compañeros.

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