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Gabriel no puede expresarse a sus 13 años por dos cromosomopatías, pero ahora le entiende todo el mundo gracias a un programa asturiano que da voz a gente como él: "Es algo único"

La Fundación Vinjoy diseña y adapta sistemas de comunicación para personas que tienen dificultades para expresarse o para acceder al lenguaje, a la vez que forma a los futuros profesionales del sector

Anaí Ruiz, Gabriel García y Stefani Orozco.

Anaí Ruiz, Gabriel García y Stefani Orozco. / Irma Collín / LNE

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Oviedo

Gabriel sabe contar, con ayuda de su tableta, que viajará a Colombia para ver a su padre. A sus 13 años, tiene problemas de comunicación, pero comprende todo lo que se le dice a causa de dos cromosomopatías. Durante años, su familia aprendió a descifrar sus palabras, sus gestos y sus silencios. El problema llegaba cuando quien estaba delante no formaba parte de ese círculo íntimo. Entonces aparecía una barrera que no sabían como superar.

La Fundación Vinjoy encontró en casos como el suyo una de las razones de ser de la mediación comunicativa, una profesión todavía poco conocida que la entidad asturiana reivindica, a través de su director, Adolfo Rivas, como una herramienta de inclusión y una “profesión de futuro”. La fundación trabaja con personas con dificultades de comunicación, lenguaje y habla, y con los entornos que deben aprender a comunicarse con ellas: familias, centros educativos, residencias, profesionales sanitarios, cuerpos policiales o redes comunitarias.

El programa se articula en cuatro líneas de actuación: formación, intervención, sensibilización comunitaria e investigación y publicación. La primera se desarrolla, entre otras vías, a través del ciclo formativo de grado superior de Mediación Comunicativa, una titulación de dos años que cumple ahora una década en Vinjoy. La segunda se traduce en procesos de acompañamiento individualizados, como el de Gabriel. La tercera acerca a la sociedad las barreras que encuentran distintos colectivos. La cuarta busca dar cuerpo académico y profesional a una disciplina que aún necesitada de estudios y reconocimiento.

“Hemos hecho una apuesta valiente. Es un planteamiento único, aunque se enmarque dentro de un grado social reglado. Es una herramienta poderosa de inclusión y de justicia social”, defiende Rivas, quien insiste en que el objetivo final es "que las personas vulnerables dejen de serlo".

Una profesión distinta a la interpretación

En Vinjoy insisten en una diferencia clave: un mediador comunicativo no es un intérprete de lengua de signos. Ambos perfiles pueden compartir herramientas, como la lengua de signos española, la dactilología o los sistemas de comunicación con personas sordociegas, pero su función no es la misma.

El intérprete actúa cuando dos personas competentes lingüísticamente no comparten idioma. Su intervención suele ser puntual: traduce, facilita el intercambio y se va. El mediador, en cambio, acompaña procesos de medio y largo plazo. Diseña, adapta e implementa sistemas de comunicación para personas que tienen dificultades para expresarse o para acceder al lenguaje por distintas causas.

En el caso de Gabriel, la mediadora comunicativa Anaí Ruiz trabajó en la creación de un sistema de comunicación total que combina pictogramas, signos, gestos, palabras y recursos digitales. No se trata, explica, "de reunir dibujos y ponerlos en una pantalla, sino de construir un lenguaje propio, adaptado a los intereses, rutinas y necesidades de la persona".

Parte del equipo de la fundación con la agente Iris Rodríguez.

Parte del equipo de la fundación con la agente Iris Rodríguez. / Irma Collín / LNE

Su madre, Stefani Orozco, resume el cambio que han vivido en estos años. Antes, si Gabriel quería pedir un yogur o decir “luz”, fuera de casa casi nadie lo entendía. Ahora puede usar su tableta para irse tranquilamente con sus amigos, anticipar una visita médica o comprender qué ocurrirá en una cirugía. “Para nosotros ha sido una enorme ayuda”, cuenta. El objetivo, añade, no es que se comunique solo con quienes ya lo entienden, sino que pueda hacerlo en un supermercado, en el colegio, en el médico o con cualquier persona de su entorno.

Sin embargo, lamenta que el sistema no se ha podido integrar plenamente en el ámbito escolar porque los apoyos de mediación comunicativa en la escuela se vinculan, de forma general, al alumnado con discapacidad auditiva. Gabriel escucha, pero tiene dificultades para comunicarse. Para Vinjoy, esa frontera administrativa deja fuera a muchos niños y jóvenes que podrían beneficiarse de esta figura.

Comunicar también es autonomía

El enfoque de Vinjoy amplía, además, el campo de la mediación comunicativa a personas con trastorno del espectro autista, parálisis cerebral, discapacidad intelectual, afasia tras un ictus, enfermedades neurodegenerativas o dificultades graves del lenguaje. La fundación defiende que la comunicación no es un complemento del cuidado, sino una condición para la autonomía.

Esa idea aparece también en las nuevas líneas de intervención. El equipo ha comenzado a trabajar con personas con afasia, en algunos casos después de haber llegado al límite de la rehabilitación logopédica. Son personas que comprenden lo que ocurre a su alrededor, pero han perdido capacidad para expresarse. Volver a disponer de signos, escritura, pictogramas u otros sistemas alternativos puede significar recuperar parte de la conversación con una pareja, un hijo o un grupo de amigos.

Alumnos aprenden lenguaje de signos.

Alumnos aprenden lenguaje de signos. / Irma Collín / LNE

La dimensión social del proyecto se extiende a instituciones y profesionales. La Policía Nacional en Asturias participó en formaciones breves, diseñadas como “píldoras” sobre pautas de comunicación con personas con discapacidad intelectual, autismo, discapacidad auditiva o dificultades comunicativas. Iris Rodríguez, delegada de Participación Ciudadana del cuerpo policial, explica que para los agentes resulta "fundamental poder comunicarse en situaciones especialmente sensibles", como una denuncia, una emergencia o una intervención en la calle. "Nosotros trabajamos de forma habitual con estos colectivos. En cualquier intervención tratamos con personas que están en un momento difícil, y es necesario que sepamos comunicarnos", enfatiza.

Vinjoy adapta esas formaciones al perfil de cada grupo. No necesita lo mismo un centro educativo que una jefatura policial o una residencia. La sensibilización comunitaria se completa con un taller, una actividad dinámica que acerca al público las barreras que afrontan distintos colectivos y ofrece herramientas básicas para reducirlas.

La formación reglada es otra de las patas del proyecto. El ciclo superior de Mediación Comunicativa cuenta con 25 plazas por curso y prácticas en primero y segundo. Entre el alumnado está Arancha Naranjo, que llegó casi por casualidad tras no entrar en Audiología, donde acabó rechazando una plaza posterior porque descubrió que aquella formación era “lo suyo”. Lo que más le sorprendió, explicó, fue “comprobar que no existe un único sistema válido para todos: cada persona necesita una respuesta distinta”.

Laura Solares enseña a los alumnos del curso formativo.

Laura Solares enseña a los alumnos del curso formativo. / Irma Collín / LNE

La Fundación Vinjoy quiere celebrar el décimo aniversario del ciclo con una jornada en noviembre, en la que prevé hacer balance de lo conseguido, abordar los retos pendientes y presentar publicaciones vinculadas a la mediación comunicativa. Entre ellas figura el trabajo de Laura Solares, docente en la fundación, autora de una tesis doctoral sobre esta materia y de un libro que busca aportar base teórica a una disciplina todavía reciente. "Es mi granito de arena para ir ampliando la literatura en torno a esta materia", dice.

En el fondo de todos esos proyectos aparece la misma escena: alguien intenta decir algo y otro alguien aprende a escuchar de otra manera. A veces la palabra llega con una mano, con un pictograma, con una fotografía, con una tableta o con un gesto. En Vinjoy lo resumen como “una profesión de futuro”, pero también como algo más elemental: una forma de que las personas puedan contar lo que quieren, lo que sienten y lo que necesitan sin quedar atrapadas detrás de una barrera invisible.

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