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Adiós pixuetos, hola turistas: el profundo cambio social de una de las joyas de Asturias, mundialmente conocida

Los vecinos del histórico barrio de pescadores lamentan la pérdida de la esencia del famoso anfiteatro, donde el tirón turístico impulsa por contra la rehabilitación de casas condenadas a la ruina y abandono

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Mariola Riera

Mariola Riera

Cudillero

Cudillero sumará este próximo 1 de julio muchos nuevos pixuetos gracias al tradicional bautizo en la Fuenti´l cantu, un animado ritual de las fiestas de San Pedro, San Pablo y San Pablín en el que todo el que quiere logra el oficioso certificado de empadronamiento en la villa. Son cada vez más los que cada año participan en ese bautizo pagano que a buen seguro escandaliza al patrón San Pedro, pero divierte mucho a sus protagonistas.

Aunque se cuentan a pares los que se «convierten» en pixuetos en ese día, no hay que olvidar que todos son «de adopción» y de paso, así que de poco sirven, por tanto, para frenar el declive vecinal que sufre el anfiteatro, ese colorido conjunto de casas apiladas en la ladera que rodea la bulliciosa plaza de La Ribera. Es el histórico lugar de residencia de los pixuetos, los pescadores de la villa, diferentes al resto, los caízos, moradores en torno a la travesía principal, en cuya frontera cruza un río donde antaño había un molino.

«Lo que ahora pasa en el anfiteatro es fiel reflejo de lo que es y fue la villa de Cudillero. Antaño en él habitaban los pixuetos, pescadores, que en los años 70 del siglo pasado superaban el millar y su flota, 190 embarcaciones, generando 2.000 millones de las antiguas pesetas sus ventas de pescado en Avilés. Hoy hay 40 pescadores, no todos viven en el anfiteatro, y unas 15 o 20 embarcaciones», describe el cronista de Cudillero, Juan Luis Álvarez de Busto. «Con eso está dicho casi todo: la calle Cimadevilla, la arteria principal del anfiteatro perdió a sus mayores, a su paisanaje, queda solo el paisaje..», describe con cierto amargor.

Y ese paisaje, en parte, está quizás también algo cambiado. «Fíjate, allá abajo donde se ven esas sombrillas, hace años estaba lleno de merluza, cajas y cajas, a diario», describe a LA NUEVA ESPAÑA desde lo alto del anfiteatro, en la citada Cimadevilla, Santiago Fernández, pixueto de pura cepa y de los pocos que conserva, algo más abajo y muy cercana al muelle viejo, la casa de sus antepasados, en la que vive con su esposa, la artesana Ángeles Campomanes, y que arregló hace un puñado de años. «Aquí tengo mis raíces, mi vida. Mi casa tiene más de 100 años, era de mis abuelos. Cuando me muera la heredará una sobrina y, entonces, que haga con ella lo que quiera, no quiero verlo. Pero mientras yo siga aquí, esa casa no se vende».

Palabra de pixueto que hacen suya otras vecinas que se arremolinan en torno a él en esta mañana de finales de junio, despejada y calurosa que a hora tempranera permite disfrutar casi a solas del mayor lujo del anfiteatro: sus vistas privilegiadas al mar Cantábrico. Lo saben los turistas más madrugadores, que también empiezan a circular por las empinadas calles.

Reto demográfico

De hace un tiempo a esta parte anida cierto derrotismo entre los pocos que allí residen todo el año y los que lo hicieron pero se fueron a casas más cómodas en la parte baja de la villa o a otros lugares con su familiares.

Y es que en la Asturias del millón y pico de habitantes no solo son los pueblos más alejados del área central o de las principales villas, donde se concentra la mayoría de la población, los que sufren la caída demográfica. Hay también pequeños enclaves, como el citado anfiteatro, que son un buen ejemplo de cómo la evolución de las costumbres y la vida de un lugar condiciona el vecindario. Su reto demográfico es tal que en un puñado de años amenaza con quedarse vacío, no ya de pixuetos, sino de residentes todo el año.

«Seremos pocos más de una docena fijos los que ahora vivimos aquí todo el año», calcula Manuela Murias, vecina de Santiago Fernández. A principios de este siglo en toda la villa de Cudillero se rondaban los 2.000 habitantes y los del anfiteatro se contaban por cientos. «Pero ahora la gente se muere y nadie viene a vivir. O incluso los mayores se van», explican los vecinos.

Sensación agridulce la que anida en el anfiteatro. Agria es esa pérdida de vecinos. Pero al mismo tiempo el anfiteatro vive un dulce momento, con numerosas casas rehabilitadas o en proceso, que están permitiendo recuperar muchas que estuvieron sumidas en la ruina durante décadas. Es así la villa pixueta la cara y la cruz de lo que el turismo, motor principal de la economía del concejo, influye en un territorio.

Al calor de los miles de visitantes, cada vez más, que pasan por todo el concejo y sobremanera por la villa –un millón rondan al año– han crecido y expandido los negocios relacionados con los servicios. Pero al mismo tiempo esa colonización se deja notar «demasiado», opinan los residentes, en ocasiones sobrepasados por el aluvión de visitantes que, en muchas ocasiones, se olvidan de ellos: «Hay gritos y risas a deshoras, si te descuidas se te meten en casa a hacer fotos, por no hablar de las ruedas de las maletas y su ruido...».

Es un hecho: el anfiteatro de las humildes casas de pescadores con el curadillo (pescado) secando colgado al sol ha mudado a ser prácticamente un decorado que recuerda lo que fue, preparado para el turismo y lleno de viviendas turísticas. Precisamente gracias a éstas se recupera la arquitectura del lugar pero se pierde, lamentan los pixuetos, la esencia. Otra queja es la falta de atención para esos que allí viven todo el año: tarifas de agua y basura «desmesuradas», falta de limpieza de forma continua, mejoras urbanísticas para facilitar el tránsito... Un ejemplo: «No puede ser que los contenedores se instalen pensando en los turistas y no en los que aquí vivimos».

En el número 3 de Cimadevilla nació Toñi Ondina, casada con el cronista Del Busto. Ella es pixueta al cien por cien; él, caízo y pixueto a partes iguales. Ambos sienten en el alma que el Cudillero de toda la vida se esfume. A Ondina le quedan muchos recuerdos de cuando era niña y hacía toda la vida en el anfiteatro, no sabía lo que era la Cai porque no necesitaba salir. «Iba a la escuela en el anfiteatro, a por agua al Cantu... Teníamos unas vistas estupendas, ver llegar las barcas a puerto era impagable. Pero en invierto había que cerrar por el viento frío. Cimadevilla era muy animada, todo el barrio era una familia».

"La realidad del municipio es positiva en cuanto al crecimiento, pero la realidad del anfiteatro es completamente diferente"

Carlos Valle

— Alcalde de Cudillero

Todo eso se ha perdido. «Ahora es turismo y más turismo», lamenta la pixueta. La casa en la que nació fue en la que nacieron su madre, su abuela... «Y quizás también mi bisabuela», dice. «Está en ruinas, la vendimos hace años y así la tienen. Una pena, un dolor». Por eso, aunque quejosa de la apisonadora del turismo, ella tiene claro que antes de ver la casa desaparecida preferiría verla convertida en vivienda turística, hotel o lo que sea. «Sin duda, vaya».

Artesanía mundial

Santiago Fernández es de los más críticos con el turismo, pero su mujer lo ve de otra forma y ha encontrado también una vía de negocio. Además de en mercadillos, a las puertas de su casa vende, en compañía de su gato «Tafi», pulseras, collares, todo tipo de abalorios, a los cientos de turistas de todas partes del mundo que por allí pasan. La vivienda está en el camino del mirador de La Garita. «Se han llevado cosas para Francia, Alemania, pero incluso para Nueva Zelanda o, lo más llamativo para mí, Kirguizistán. Me quedé impresionada, mi artesanía es mundial», describe con humor.

Anfiteatro y viviendas turísticas son así la pescadilla que se muerde la cola, la cara y la cruz del turismo y la realidad demográfica de villas y pueblos necesitados de un equilibro entre uno y otro. Lo sabe bien el alcalde de Cudillero, el socialista Carlos Valle, de los pocos políticos a los que no le duele reconocer que, en su caso, las viviendas turísticas son positivas en tanto que ayudan a florecer un anfiteatro, declarado conjunto histórico-artístico, durante décadas maltrecho.

Crecimiento

Valle prefiere ver el vaso medio lleno: «La realidad del municipio es positiva en cuanto al crecimiento. El censo vuelve a experimentar un crecimiento derivado de las posibilidades en cuanto a conexión, cercanía a las principales ciudades, autovía o a que es uno de los principales beneficiarios del crecimiento aéreo de Asturias».

Ahora bien, eso no se da en el anfiteatro: «Tiene una lectura totalmente diferente, es un lugar único pero muy difícil para vivir por su orografía. La gente ya opta por otras comodidades que esta estampa única no puede ofrecer. Las iniciativas turísticas han contribuido, sin duda, su rehabilitación y por ello a su revalorización». Entre sus planes está una renovación de zonas públicas profunda «y la tasa turística ayudará sin duda a ello», sostiene convencido el regidor.n

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