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Los "güelicanguros" asturianos salvan el verano a los padres: "Sin nosotros, no podrían mantener su situación laboral"

Muchos jubilados asumen cada día una jornada casi completa, en algunos casos de hasta 40 horas a la semana, al cuidado de sus nietos: "Hacemos un poco de todo, dan trabajo, pero estamos encantados"

Los abuelos, el pilar invisible que sostiene la conciliación: “Sin nosotros sus padres no podrían mantener su situación laboral”

VÍDEO: Demi Taneva / FOTO: Marcos León

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Son abuelos y les toca casi todo el año, pero en especial cuando llegan las vacaciones escolares, hacerse cargo de sus nietos. Con los padres trabajando y los colegios cerrados, no hay otra forma de conciliar. Si hubiera que inventar una palabra para definir el papel de este pilar invisible que sostiene la conciliación podría ser "güelicanguros".

Cada mañana, antes incluso de que muchos niños se despierten, ya han comenzado su jornada. Preparan desayunos, acompañan a actividades, pasan horas en los parques, llevan a los pequeños a la piscina o al fútbol y esperan a que los padres regresen del trabajo. No se consideran héroes ni reclaman reconocimiento, pero saben que, sin ellos, muchas familias tendrían serias dificultades para simultanear la vida laboral y familiar. La escena se repite en miles de hogares. Los padres trabajan, a menudo con horarios incompatibles con la crianza, y los abuelos ocupan ese espacio. Lo hacen porque quieren, pero también porque, como reconocen ellos mismos, "no queda otra".

Cuidar, una necesidad

El gijonés Valentín González lleva años cuidando de sus nietos Mateo y Óscar. Para él, nunca hubo un momento concreto en el que empezara esa responsabilidad. "Desde siempre los cuidamos, siempre nos apoyamos" resume con naturalidad. Los padres trabajan, hacen horas extras y la organización familiar depende de que unos y otros se turnen para atender a los niños. Durante el verano los días son especialmente intensos. Entre entrenamientos de fútbol, piscina y juegos, apenas hay tiempo para parar. "Vamos de un lado para otro", explica, mientras observa a sus nietos jugar. "Yo creo que es muy importante esta ayuda y sin nosotros sus padres no podrían mantener su situación laboral".

1. Belén Sainz y José Agustín Sánchez con sus nietos, Loreto y Santiago Bermejo en el Campo San Francisco de Oviedo. 2. Gervasio Ramón Díaz García con Emma, Lucía y Marta Díaz Benito en el parque infantil del Muelle de Avilés. 3. Milagros Sifuentes con su nieta Gabriela González Menéndez en el parque avilesino de Las Meanas. 4. Aurelio Gargantiel y Adriana Sierra, en el columpio del parque gijonés de La Serena. 5 Modesta Caso con su nieto Darío González, al fondo, en La Exposición de Avilés. | Miki López / Marcos León

Valentín González, jugando al fútbol con Mateo, a la izquierda, y Óscar Fernández, en el parque de La Serena, en Gijón. / Marcos León

En su opinión, el mercado laboral apenas deja margen para atender imprevistos familiares. "Una persona que falta al trabajo la tachan", lamenta, convencido de que muchas empresas siguen sin facilitar la conciliación.

Aurelio Gargantiel comparte el mismo diagnóstico mientras columpia a su nieta de 3 años en el parque de La Serena, en el barrio de El Llano (Gijón). "Además los sueldos son los que son". Calcula que contratar a alguien para cuidar de los niños supondría entre 600 y 700 euros mensuales, una cantidad inasumible para muchas familias, a la que habría que sumar actividades extraescolares, desplazamientos o las visitas médicas. "Y luego está el tiempo. No siempre encuentras a alguien disponible todas esas horas".

Jornadas de cuarenta horas

Si alguien piensa que cuidar a los nietos significa pasar un rato jugando en el parque, Gargantiel pone cifras a esa realidad. Su jornada empieza a las ocho de la mañana. Acude a casa de los padres antes de que marchen a trabajar y permanece con sus nietas hasta las cuatro de la tarde, cinco días por semana. En total, unas cuarenta horas semanales. Entre desayunos, paseos, playa, parque, comidas y juegos didácticos, las horas pasan deprisa. "Hacemos de todo un poco. Lo importante es que se entretengan".

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Aurelio Gargantiel y Adriana Sierra, en el columpio del parque gijonés de La Serena. / Marcos León

Ninguno habla de sacrificio cuando se les pregunta qué es lo mejor de cuidar de sus nietos. González responde con sencillez. "Yo disfruto y me gusta". Aunque reconoce que el ritmo de los niños ya no es el suyo y que una lesión en la pierna le impide jugar como antes, asegura que no cambiaría ese tiempo con ellos. Gargantiel tampoco necesita pensar demasiado la respuesta. "Me tienen ganado. No tengo quejas con ninguna", afirma con una sonrisa.

Una infancia muy distinta

Los dos abuelos coinciden en que la infancia ha cambiado profundamente. González echa de menos la libertad con la que crecieron ellos. "Antes estábamos en la calle todo el día", recuerda. Cree que ahora los niños pasan demasiado tiempo delante de las pantallas y demasiado protegidos por los adultos. "Hay que darles un margen para que estén preparados para el mundo".

Gargantiel añade otra reflexión. Considera que los barrios han perdido parte de su vida comunitaria y que las redes sociales han transformado la forma de relacionarse. "Antes todo el mundo se conocía", recuerda. Hoy, lamenta, "vas a una terraza y hay cuatro personas con cuatro móviles".

Aunque ambos aseguran sentirse felices cuidando de sus nietos, reconocen que el esfuerzo que realizan no siempre recibe el reconocimiento que merece. González cree que, en general, la sociedad sí valora esa ayuda, siempre que exista equilibrio y no se dé por hecho que los abuelos estarán siempre disponibles. Aun así, reconoce que él está "encantadísimo" con sus nietos y que, cuando no los ve, pregunta enseguida por ellos. Gargantiel es algo más crítico. "Hay veces que parece que estás ahí porque es tu obligación".

Dos semanas en Asturias

Gervasio Ramón Díaz García está en el parque infantil del Muelle, en Avilés. Está feliz columpiando a su nieta pequeña, Marta Díaz Benito, de tres años. Las mayores, Emma y Lucía, de nueve y seis años respectivamente, están en otro juego del parque y los cuatro disfrutan de la mañana. "Estoy encantado, bueno, la mujer y yo estamos encantados", señala Díaz García sobre los veranos que pasa con sus tres nietas.

"Son madrileñas, nacieron allí, pero ahora viven en Almagro por cuestiones laborales de los padres", apunta este abuelo orgulloso de pasar el mayor tiempo posible con sus pequeñas. Bajó a buscarlas a la provincia de Ciudad Real para que las niñas pasaran el verano con los abuelos en Avilés. "Estarán con nosotros quince o veinte días, o un mes. Los padres, que vengan a por ellas cuando crean conveniente", comenta mientras no deja de columpiar a la pequeña y reflexiona sobre los cuidados: "Dan trabajo, pero lo llevamos bien, sin ningún problema". Díaz García disfruta yendo de parque en parque, también a la playa o "a comer por ahí" siempre en compañía de sus tres nietas.

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Milagros Sifuentes con su nieta Gabriela González Menéndez en el parque avilesino de Las Meanas. / Miki López

Las dos abuelos, a turnos

Milagros Sifuentes está en Avilés en el parque de Las Meanas con Gabriela González Menéndez, su nieta pequeña de tres años, mientras la mayor acude a actividades veraniegas que favorecen la conciliación familiar durante las mañanas. "Voy a buscarlas a casa por la mañana, a primera hora, les doy el desayuno, las visto y luego bajamos al parque y esto es así porque los padres trabajan", señala Sifuentes, que se reparte el cuidado estival con la otra abuela.

"Yo estoy los lunes y miércoles y la otra abuela, martes y jueves", detalla. La pequeña Gabriela está encantada con güelita y su abuela sonríe mientras la columpia. Disfrutan ambas. "Lo pasamos genial todos los veranos", indica Sifuentes que también recorre parques infantiles aunque suele estar más a gusto en el de Las Meanas. "Ahora vamos a la una a buscar a la hermana que sale de las actividades y luego a comer a casa, hasta las cuatro y media estoy con ellas", comenta esta mujer que sonríe por cada minuto que pasa con sus nietas.

Valentín González, jugando al fútbol con Mateo, a la izquierda, y Óscar Fernández, en el parque de La Serena, en Gijón.  | Marcos Léon

Modesta Caso con su nieto Darío González, al fondo, en La Exposición de Avilés. / Miki López

Modesta Caso Blanco, de 84 años, está con su nieto Darío González, de 4, "en invierno y en verano". El esfuerzo no le cuesta, se vuelve felicidad. El pequeño Darío no se separa de su balón. "Ahora estamos aquí, en el parque de Las Meanas, pero podemos ir al del Quirinal o al del barco. Donde haya niños", apunta la mujer. "Le voy a recoger a las siete y media de la mañana y a las tres vienen por él. Eso ahora en verano", apunta al tiempo que su nieto grita "güelitaaaaa". La mujer también suele acompañar a Darío a sus entrenamientos de judo y, sentada en el banco, da patadas a la pelota para devolver los chuts que le envía el peque. Entusiasta futbolista con ocho décadas a sus espaldas, quién se lo iba a decir. Pero lo hace encantada.

Porque, como todos repiten de formas distintas, da igual en Oviedo, Gijón y Avilés o en cualquier otra parte de Asturias, cuidar de los nietos es un acto de amor. Y también una asistencia imprescindible para que muchas familias puedan seguir adelante.

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