La Nueva España

UN BOLSO PARA UNA REINA

Una novela corta por entregas del inspector Bernardo Bédavo

Por Marcelino Cortina

Con esta nueva publicación por entregas, el escritor entreguín Marcelino Cortina regresa al universo del inspector Bernardo Bédavo, protagonista de las novelas «En blanco y negro» (2024) y «Los santos son de madera» (2025), así como de «Ha dejado de llover» (2025), publicada el pasado verano en LA NUEVA ESPAÑA. En todas, Bédavo se mueve por un territorio narrativo propio, ese «noir minero» en el que la investigación criminal se mezcla con la vida cotidiana de la cuenca asturiana. La acción vuelve a situarse en El Entrego, a principios de junio de 1982. Un cadáver junto al cargadero de carbón del Pozo Entrego, una maza ensangrentada y un inesperado bolso de lujo abrirán una investigación marcada por secretos, vínculos familiares rotos, viejas lealtades y engaños. Cada martes y jueves, un capítulo nuevo.

capítulo 1

La maza

Bernardo, pensativo, se atusaba el bigote en un movimiento repetitivo desde debajo de la nariz hasta un extremo con el pulgar y, a la vez, hasta el otro extremo con el índice y el corazón.

Metido entre el polvo de carbón, algunos charcos con barro negro alrededor y rodeado de bloques de hormigón, Bernardo contemplaba la escena ante sus ojos casi sin pestañear. Estaba en el cargadero de carbón del Pozo Entrego, al otro lado del murete que separaba esa zona de la carretera general del pueblo.

Un coche se paró en ese momento a su altura, detrás de otros que el guardia de tráfico del cruce cercano había detenido, y la música que se escapaba por las ventanillas abiertas del coche llegó perfectamente a los oídos del inspector y lo sacó de su ensimismamiento. La voz de John Lennon y su intensa versión del Stand by me de Ben E. King, más cerca del rock que del soul, hicieron que Bernardo Bédavo girara la cabeza y se colocase el flequillo dos o tres veces al ritmo del estribillo, que conocía bien.

(«Quédate a mi lado»).

-Aquí estoy, inspector. ¿A dónde voy a ir? -Tino, el enorme policía nacional y fiel amigo de Bernardo, lo observaba con el ceño fruncido, sin entender muy bien por qué le pedía que se quedara. El inspector acababa de llegar.

-¿Eh? Ah. -Bernardo, como era habitual en él, comprendió un instante después que había verbalizado su pensamiento involuntariamente.

El coche arrancó y la música se desvaneció en segundos.

-¿Alguien ha tocado algo? -preguntó el inspector.

-Nada.

-¿La científica y la forense?

-De camino… Y el juez también, antes de que preguntes.

Bernardo asintió varias veces y volvió a mirar lo que tenía frente a él.

Eran las ocho y media de la tarde de aquel miércoles dos de junio de 1982 y un cuerpo de un varón, bien vestido, con un traje azul marino, yacía boca abajo. La cabeza estaba bastante cerca de un gran bloque de hormigón que sujetaba una de las columnas sobre la que se elevaba el cargadero de carbón. En aquella postura no podía verse su cara, apoyada en el suelo.

-¿Sabemos quién es? -preguntó Bernardo.

-Negativo, inspector -respondió Tino-. Si no le damos la vuelta, no hay forma.

-Vamos a esperar a que llegue la forense, no quiero tocar nada todavía.

-Vale. Eso sí, este y yo -dijo Tino al tiempo que apuntaba con el pulgar a su compañero- pensamos que no es de aquí.

-¿Por?

-No nos pega.

-Muy científico, ya veo.

Tino encogió los hombros y Bernardo se acercó al bloque de hormigón. Un objeto había llamado su atención.

-¿Y esta maza?

-Pues si la miras de cerca, verás sangre, inspector.

El policía se agachó ligeramente y ya iba a dar un paso hacia la maza cuando Tino le lanzó una advertencia inesperada.

-¡Cuidado, no pises el gato muerto!

La maza

La maza

-¿Qué?, ¡hostias! -Bernardo dio un pequeño salto cuando casi lo pisaba.

-Este sitio es muy sucio, inspector; hoy es un gato y mañana igual te das con un ternero, ¡quién sabe!

El inspector negó con la cabeza sin decir nada y, con cuidado, acercó su cara a la maza que, efectivamente, tenía una buena mancha de algo parecido a la sangre en la cabeza con la que se golpea. El propio bloque de hormigón tenía más sangre.

-Yo creo que lo mataron de un mazazo -explicó Tino muy serio; siempre usaba el asturiano cuando hablaba con Bernardo-. Si te fijas, tiene un golpe potente en la cocorota.

-Científico y preciso, casi como un forense, Tino. -La respuesta de Bernardo salió de su boca también en asturiano.

-Pues ríete, que igual acierto, inspector.

El policía sonrió y, ya erguido, vio que cada vez más personas se acercaban por la acera, curiosas ante la presencia de los policías. Entre ellas, venían la inspectora Clara de la Orden y Lucía, la novia de Bernardo, que acababan de tomarse un café en la cercana cafetería La Paz y habían visto el pequeño revuelo en la carretera general.

-Tino, Pérez, que no se acerque mucho la gente, por favor -ordenó Bernardo.

Los dos policías uniformados saltaron el pequeño muro que separaba su posición de la acera para mantener a los curiosos a cierta distancia y Pérez, el compañero de Tino, sin mirar siquiera a la gente que paraba, impidió el paso también a Lucía y Clara.

-¡Eh, grandullón! -le gritó Clara a Tino por encima de la cabeza de Pérez.

-¿Eh? -Tino, que hablaba con algunas personas un poco más allá, se giró al oír a su pareja-. ¡Hostia, Pérez!, que es la inspectora De la Orden. ¿Estás cegato?

-¡Coño! -exclamó Pérez al fijarse-. ¡A sus órdenes! -Y acercó como un disparo su mano tiesa a la frente.

-Relájate un poco, hombre -reconvino Clara al agente mientras miraba al cielo y negaba con la cabeza-. Vamos, Lucía.

Las dos llegaron al borde del muro, muy cerca de Bernardo, que, agachado a un par de metros del cadáver, manipulaba un objeto. Era un elegante bolso de señora, grande y negro, que el policía elevaba colgado de un bolígrafo que había introducido entre las asas. Por el poco peso parecía vacío.

-¿Y esto? -se preguntó Bernardo a sí mismo mientras miraba el bolso desde distintos ángulos.

La voz de Lucía resonó a su espalda, clara y convencida.

-Es un bolso Hermès Kelly.

capítulo 2

El bolso Kelly

-Pero ¿qué es un Hermès Kelly? -Bernardo Bédavo, con aquel bolso negro suspendido de su bolígrafo, no sabía a qué se refería Lucía.

-¿No te acuerdas de «Atrapa a un ladrón», de Hitchcock? -dijo ella.

-¿Eh? -La cara de Bernardo mostró cierta estupefacción.

-Ah, ¡qué chula! -intervino Tino-. A toda velocidad por esas curvísimas de Montecarlo…

-Y Cary Grant, superelegante -suspiró Clara de la Orden.

-Y Grace Kelly, oye, un cañón -añadió Tino al tiempo que le daba un codazo a Pérez.

-Ah, ¿sí? Así que un cañón, ¿eh? -Clara preguntaba con tonillo al tiempo que inclinaba la cabeza hacia Tino.

-Bueno… eehhh… guapa y tal -balbuceó Tino-, pero a mí las rubias… como que no. No tienen nada… ¡Qué va!

-¿Nada, Tino? -preguntó entonces Lucía con un movimiento ondulante de su estupenda cabellera rubia.

-Bueno… que… esto… -Tino parecía no saber por dónde salir.

-¿Os queréis centrar en el bolso, por favor? -intervino entonces Bernardo desde el otro lado del muro.

Tino elevó mucho las cejas y con ambas manos abiertas y orientadas hacia su lado izquierdo señaló hacia Bernardo con el gesto típico de mostrar algo, a ver si las chicas dirigían su atención hacia el inspector y lo dejaban tranquilo a él.

-Pues en esa peli, Grace Kelly usa un bolso de estos -explicó Lucía.

-Y luego ella lo siguió usando en su vida normal -añadió Clara.

-Ah, ¿y? -Bernardo no parecía darle mucha importancia.

-Pues que los de Hermès decidieron llamarlo Kelly después, en honor a ella -completó Lucía-. ¿Te parece poco?

-Bueno -comentó el inspector, sin darle más importancia.

-Es una marca francesa de lujo -añadió ella-. De mucho lujo.

El policía miraba y remiraba el bolso colgado del bolígrafo con cierto descreimiento.

-Que ese bolso puede costar más de medio millón de pesetas, Bernardo -dijo finalmente Lucía.

El bolso Kelly

El bolso Kelly

-¡Hostias!

De la impresión, el bolso se le deslizó del bolígrafo y cayó sobre el cadáver sin que el inspector lo pudiera evitar, pese a ejecutar una serie de extraños movimientos espasmódicos con los que intentó, infructuosamente, capturarlo por el aire.

Finalmente, el Kelly se detuvo sobre la espalda del hombre muerto y fue ensartado nuevamente por Bernardo, que volvió a elevarlo y ponerlo a la altura de su vista. Miraba estupefacto aquel objeto carísimo.

A tenor de los murmullos crecientes, la estupefacción era compartida entre los congregados tras la línea imaginaria que Tino y Pérez mantenían como podían. Bernardo sintió un primer aviso en su sien derecha: el zumbido de tanta gente hablando le empezaba a dar dolor de cabeza. Ya iba a pedir silencio cuando la música del Eye of the tiger de la banda norteamericana Survivor se elevó a altísimo volumen sobre el runrún de las personas.

Bernardo, con los ojos entrecerrados, se acarició intensamente la sien con dos dedos.

-¿Y esa música? -dijo Clara de la Orden al tiempo que giraba la cabeza, como todos a su alrededor.

En la acera de enfrente, a las puertas de la pollería de César, un negocio de ultramarinos que era muy conocido por tener la primera máquina de asar pollos de la historia de El Entrego, dos chicos jóvenes charlaban despreocupadamente. La música salía de su interior con fuerza.

Lucía conoció al que llevaba gafas.

-¡Anda!, si es mi vecino.

-Pues el otro es Guille -dijo Tino rápidamente.

-¿El flaco? -preguntó Lucía-. ¿Lo conoces?

-¡Claro! Es el sobrino de César. Trabaja con él y con su tía. Es muy simpático -explicó el policía-. Oye, están los pollos de muerte. ¡De dos en dos los pillo!

-Mira que eres tragaldabas, grandullón -remató Clara.

-Es la canción de Rocky III -dijo Bernardo al fin con los dos dedos todavía sobre su sien.

-¡Coño, Rocky III! -exclamó Tino-. ¡Qué hostias daba el tío! -añadió feliz.

Bernardo negó repetidas veces con la cabeza mientras se mordía el labio inferior.

-Muy moderna esta pollería, ¿no? -preguntó Lucía.

-¡Bah!, será que no está César -explicó Tino mientras cabeceaba al ritmo de la música y les hacía señas a los dos chicos con el puño en el aire.

Algo más iba a decir Lucía cuando la llegada de un autobús interrumpió la conversación. A pocos metros se encontraba la parada y, por unos instantes, el protagonismo lo tuvieron los chirridos de frenos y los pistones de las puertas al abrirse y cerrarse junto con las conversaciones atropelladas de los viajeros, para terminar con el rugido del motor cuando el autobús reemprendió su marcha carretera arriba.

La marcha del autobús dejó una cierta sensación de paz a la que se unió el fin de la música en la pollería, donde ya no estaban los dos chicos.

-Se ve que ya llegó César -dijo Tino con cierta decepción.

Bernardo, que seguía con el bolso suspendido del bolígrafo, miraba hacia el fondo de la carretera en busca de los agentes de la policía científica, el juez o la forense, que no acababan de llegar, cuando una voz conocida lo interpeló.

-¡Ay, rapaz, ese bolso ya lo vi yo hoy! -Era Josefa, la Miguela, que acababa de bajarse del autobús acompañada de Pepe, el Minero, y, en su estupendo asturiano, mostraba su sorpresa por lo que veía.

Bernardo reenfocó su mirada hacia el grupo e inmediatamente vio a la patrona de su pensión acompañada del viejo minero.

-¡Josefa, Pepe! ¿De dónde salen? -preguntó el inspector.

-Ay, es que venimos de dar un pésame en Sama. Y dicen que hay otro muerto aquí, rapaz, ¿es cierto? -dijo la Miguela.

-Sí, Josefa -respondió Bernardo.

-¡Santa Bárbara bendita! -La hostelera se santiguó.

-¿Y qué decía del bolso? -Bernardo lo levantó un poco para mostrarlo.

La Miguela agudizó la mirada un momento y asintió dos o tres veces sin abrir la boca.

-¿Sabe de quién es, Josefa? -preguntó entonces Lucía.

-Es de Luisa.

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