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Una ambiciosa iniciativa editorial de LA NUEVA ESPAÑA

Fernando Manzano, historiador: "El cultivo del maíz de manera generalizada supuso una auténtica revolución para la Asturias del siglo XVIII"

El profesor de Historia de la Universidad de Oviedo es uno de los asesores científicos de la nueva colección de libros "Asturias en la Edad Moderma", cuyo segundo tomo se entrega este fin de semana

El historiador Fernando Manzano, con la Catedral de Oviedo al fondo.

El historiador Fernando Manzano, con la Catedral de Oviedo al fondo. / Luisma Murias

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Elena Fernández-Pello

Elena Fernández-Pello

Oviedo

Fernando Manzano Ledesma (Benavente, Zamora; 1977), profesor contratado doctor en el área de Historia Moderna de la Universidad de Oviedo, lleva más de 30 años residiendo en Asturias, dedicado en esta etapa académica e investigadora al estudio de la baja nobleza asturiana y el contexto económico en el siglo XVIII en la corona de Castilla. Es también uno de los mayores expertos en historia social de la familia, concretamente en el matrimonio entre parientes en España y especialmente en Asturias. Es uno de los especialistas que ha asesorado al periodista Eduardo García en la redacción de la nueva colección de libros «Asturias en la Edad Moderna»

La Edad Moderna es la de la introducción de nuevos cultivos llegados de America en España y en Asturias. ¿Cómo conforma ese hecho el paisaje social y económico de la región?

Durante la edad media y el primer siglo de la edad moderna los cultivos principales de la región eran el centeno, la escanza y el panizo. La introducción del cultivo del maíz de manera generalizada a finales del siglo XVII supuso una auténtica revolución para la Asturias del siglo XVIII. Su principal ventaja era que permitía obtener dos cosechas al año, lo que incrementó notablemente la producción agraria y favoreció la puesta en cultivo de nuevas tierras allí donde las condiciones del terreno lo hacían posible. El impacto fue profundo, tanto desde el punto de vista económico como demográfico.

El maíz, además, se cultivaba frecuentemente asociado a las habas, una combinación que multiplicaba las posibilidades de alimentación de la población. En Asturias su difusión comenzó por el litoral occidental desde donde fue extendiéndose progresivamente al resto del territorio.

La patata, conocida tradicionalmente en Asturias como les pataques, llegó más tarde. Aunque ya era conocida con anterioridad, no fue hasta finales del siglo XVIII cuando su cultivo empezó a generalizarse de forma intensiva. Su incorporación a la dieta contribuyó de manera decisiva a mejorar la alimentación de la población. Hasta entonces, la desnutrición era una realidad cotidiana. Un adulto necesita aproximadamente 2.500 calorías diarias, pero algunos estudios estiman que un europeo del siglo XVIII no llegaba a las 2.000 calorías. El médico Gaspar Casal, que ejerció en Oviedo durante la primera mitad de la centuria, describía una dieta basada fundamentalmente en gachas o polenta, con un consumo muy escaso de proteínas de origen animal. Aquella alimentación deficiente debilitaba el organismo y lo hacía especialmente vulnerable a las enfermedades. La esperanza de vida apenas alcanzaba los 35 o 36 años, una cifra muy condicionada por la elevadísima mortalidad infantil. Eso no significa que no hubiera personas longevas, sino que muchos niños no lograban superar los primeros años de vida, lo que reducía drásticamente la media de edad. Incluso con la expansión del maíz y, posteriormente, de la patata, Asturias vivía inmersa en una economía de subsistencia. La producción apenas permitía cubrir las necesidades básicas de la población y cualquier mala cosecha podía desencadenar graves crisis de abastecimiento. No es extraño, por ello, que algunos ilustrados del siglo XVIII llegaran a referirse a Asturias como la «Siberia de España» o la «Laponia de España». No solo aludían a su complicada geografía y a las dificultades de comunicación, sino también a unas condiciones económicas particularmente duras. A ello se sumaba una extraordinaria fragmentación jurisdiccional: Junto a los 68 concejos existentes en la Asturias del siglo XVIII convivían alrededor de 80 cotos señoriales, dependientes de señoríos laicos o eclesiásticos. En conjunto, el territorio estaba fragmentado en cerca de 150 entidades jurisdiccionales diferentes, una complejidad administrativa y política que constituye uno de los rasgos más característicos de la Asturias del Antiguo Régimen.

¿A los que una parte importante de la población debía vasallaje?

Los habitantes que dependían de un señor laico o eclesiástico eran pocos, un diez por ciento del total de asturianos. La mayoría eran vasallos de realengo, que dependían del rey directamente. Los de los señoríos estaban sujetos a impuestos que habían desaparecido en los realengos, tributos como “la luctuosa”, que consistía en que cuando moría el cabeza de familia había que dar la mejor cabeza de ganado al señor. Es lo que se llama malos usos feudales, o “malos fechos”, que se mantienen hasta el primer tercio del siglo XIX, cuando desaparecen con la extinción del sistema señorial.

El campo asturiano es agricultura y también ganadería.

El pasado es un país extraño. En la actuanidad vinculamos Asturias con las vacas, pero el 40 por ciento de las cabezas de ganado a mediados del XVIII eran eran ovejas. Las vacas suponían solo un cuarto de la cabaña ganadera global.

El paisaje rural asturiano del XVII y XVIII era muy distinto al actual, es de suponer.

En determinadas zonas de Asturias sigue congelado. Lo que funcionaba era el minifundio, una propiedad muy pequeña, que se ajusta a esa economía de subsistencia de la que hablamos, vinculado al régimen de propiedad y al sistema de reparto de la herencia. En la zona occidental regía el sistema de mayorazgo o de meirazo, o de casa, en el que el primogénito de la casa se privilegiaba en la herencia con cerca del 65 por ciento del patrimonio. En el resto de Asturias se aplicaba el sistema de reparto igualitario de la herencia, como en la actualidad. En el occidente, todas las casas tienen nombre, porque es más importante la casa y que permanecieran las propiedades incólumes que los herederos. Había que preservar la indivisibilidad de la herencia. Eso condenaba a los hermanos pequeños y las hermanas -más aún porque tenían que pagar una dote- a la dependencia del mayorazo o emigrar. La soltería definitiva de mujeres, y también de hombres, era más común en el occidente por esa razón. Esta ideología de casa afectaba a las familias normales y corrientes, no solo a la nobleza.

Eran tiempos de emigración a Madrid.

A menudo los meirazos pasaban temporadas en Madrid. En el siglo XVIII Madrid era como las Indias de Asturias. En muchas ocasiones estos primogénitos se iban muy jóvenes, con 12 o 13 años, a Madrid, pasaban 10 o 12 años allí, forraban el riñón y volvían con dinero no solo para casarse, sino también para pagar la legitima a sus hermanos. Madrid rebosaba de asturianos. Hasta el punto de que los asturianos formaron una congregación, en 1742, la Real Congregación de Nuestra Señora de Covadonga, en Madrid, emulando a los vascos, navarros, gallegos que también fundaron cofradías de este tipo, conocidas como cofradías de nación. Esta hermandad de originarios del Principado de Asturias incluso llegó a convivir en las décadas finales del siglo XIX con el Centro Asturiano, lugar de sociabilidad burguesa por excelencia, fundado en 1881.

Asturias era tierra de hidalgos.

Gran parte de los asturianos, entre el 70 y 80 por ciento, eran privilegiados desde el punto de vista jurídico, hidalgos. La gran parte eran pobres, pero si se endeudaban no les podían apresar, a las quintas del ejército solo iban de forma voluntaria, no debían alojar soldados en periodos bélicos… La proliferación de estos representantes de la baja nobleza en Asturias está siendo estudiada, pero lo que es claro es que este tipo de nobleza va desapareciendo porcentualmente según se viaja al sur de la península. Hasta 1835, con la confesión de estados, cuando se arrasan las desigualdades jurídicas, había asturianos y asturianas que aún seguían defendiendo estos privilegios. Son los que yo denomino en una publicación los hidalgos pertinaces. Pero, era una hidalguía de quita y pon. Hidalgo de gotera o de canales adentro, se les llamaba. Tenían que revalidar su condición nobiliaria en cada lugar al que se mudaban dentro del Principado. Hasta 1756 esos hidalgos tenían que ir a la real chancillería de Valladolid para demostrar que eran nobles y volver con la ejecutoria de hidalguía, una suerte de carnet de hidalgo, para que se les reconocieran esos privilegios en todos los lugares. Fernando VI permitió que la hidalguía fuera revalidada por la Audiencia de Oviedo, método más barato de ver reconocido el privilegio... Esa inflación de hidalgos es una seña de identidad del sistema estamental asturiano. El resto de la población, el 20 por ciento, eran pecheros -del latín “pectum”, pagar-, porque eran los que tenían que pagar.  

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