Bodas de oro en el campamento que enseñó a miles de niños a vivir con diabetes
La Asociación de Diabetes del Principado de Asturias (ASDIPAS) celebra el 50.º aniversario de una actividad pionera en España para sacar del aislamiento a los pequeños y enseñarles a convivir con la enfermedad
Lucía Rodríguez Alonso
Cuando Ana Álvarez llegó al campamento de Ardoncino (León) en el verano de 1976, llevaba poco tiempo conviviendo con la diabetes. Como muchos niños de su generación, creía que era la única persona de su entorno que tenía la enfermedad. Allí, rodeada de decenas de chicos y chicas que vivían exactamente la misma situación, comprendió que no estaba sola.
Cincuenta años después, ese recuerdo sigue intacto. "Ves que no eres la única en tu pueblo, en tu colegio… ves que todos son igual que tú y que no estás sola", recuerda emocionada la actual presidenta de la Asociación de Diabetes del Principado de Asturias (ASDIPAS), que el próximo año cumplirá también cincuenta años conviviendo con la diabetes. "Además del aprendizaje, todos los vínculos que creas, son amistades que te acompañan toda la vida".
Ese sentimiento de pertenencia es precisamente el legado que ASDIPAS celebra este 2026 al conmemorar el cincuenta aniversario de unos campamentos que marcaron un antes y un después en la atención a la diabetes infantil en España. Lo que comenzó como una iniciativa impulsada por el endocrinólogo Francisco José Díaz Cadórniga, terminó convirtiéndose en un modelo pionero de educación diabetológica, cambiando la forma de entender la enfermedad y demostrando que un diagnóstico no debía condenar a un niño al aislamiento. La edición de 2026 de estos campamentos comienza este domingo, 26 de julio, en Las Regueras.
Una revolución en una época de miedo
Hoy resulta difícil imaginar cómo era convivir con la diabetes hace medio siglo. No existían los sensores de glucosa ni las bombas de insulina. Los glucómetros domésticos aún no habían llegado y el control de la enfermedad dependía casi exclusivamente de los análisis de orina. Las jeringuillas eran de cristal y el miedo a una descompensación acompañaba a muchas familias cada día.
En aquel contexto, la preocupación por la salud de los niños derivaba con frecuencia en una sobreprotección que limitaba su autonomía. Dormir fuera de casa, ir de excursión o pasar unos días lejos de los padres parecía una posibilidad inalcanzable.
Francisco José Díaz Cadórniga entendió que el mayor problema no era únicamente la enfermedad, sino todo lo que la rodeaba. Convencido de que la educación era una herramienta terapéutica tan importante como la insulina, propuso una idea que entonces parecía casi impensable: reunir durante las vacaciones a niños con diabetes para enseñarles a convivir con su enfermedad mientras disfrutaban de una experiencia como la de cualquier otro menor.
Así nacieron unos campamentos itinerantes de 21 días que recorrerían diferentes puntos de España y que encontraron en Ardoncino uno de sus hitos fundacionales. Allí se consolidó un modelo que después inspiraría a otras asociaciones y profesionales sanitarios de todo el país.
Mucho más que unas vacaciones
Las jornadas estaban organizadas para combinar educación sanitaria, actividades al aire libre y convivencia. Los niños aprendían a controlar su tratamiento, a reconocer las señales de una hipoglucemia, a responsabilizarse poco a poco de su propia enfermedad y, sobre todo, descubrían que podían hacerlo rodeados de otros compañeros que compartían exactamente los mismos miedos y dificultades.
"Todo lo vivido en los campamentos es algo que difícilmente puede lograrse en una consulta", explica Rebeca García, enfermera educadora que ha participado en las colonias. "Compartir unos días con otros niños que viven la misma situación les ayuda a ganar confianza, hacer amistades y afrontar la diabetes con mucha más naturalidad", recuerda García con nostalgia. Aquella convivencia transforma la manera en la que muchos menores se relacionaban con la enfermedad. Dejaban de verse como una excepción y comenzaban a sentirse parte de un grupo.
Andrés García lo vivió también en primera persona. Primero acudió como niño y años después regresó como monitor y presidente de la asociación. Todavía recuerda el impacto que tuvo aquel primer verano: "Me di cuenta de que no era el único con esta enfermedad y empecé a aprender a controlarla". Una afirmación sencilla que resume el verdadero objetivo de aquellos campamentos: enseñar a vivir, no solo a tratar una enfermedad.
Un legado que sigue vivo
Cinco décadas después, la tecnología ha cambiado radicalmente. Los análisis de orina han dado paso a los sistemas de monitorización continua de glucosa y el tratamiento es hoy mucho más preciso y seguro. Sin embargo, quienes han formado parte de estas colonias coinciden en que hay algo que permanece intacto: el apoyo y la posibilidad de compartir experiencias, con otros niños y adolescentes, que entienden exactamente lo que significa convivir con la diabetes.
"Aunque ya han pasado un par de años desde mi última participación, sigo recordando aquellos campamentos como una de las experiencias más especiales de mi trayectoria profesional", reconoce Rebeca García, "me enseñaron que, además de los conocimientos y los cuidados, el apoyo mutuo, la convivencia y la confianza tienen un enorme valor en la vida de las personas con diabetes y sus familias."
Ese espíritu es el que ASDIPAS quiere reivindicar este año con un encuentro conmemorativo que reunirá el próximo 26 de septiembre, en el Hotel Silvota de Llanera, a antiguas generaciones de participantes, monitores, familias y profesionales sanitarios. Para muchos será mucho más que una celebración, "supone un reencuentro con gente que hace mucho que no ves, a la vez que conocer a nueva”, señala la presidenta.
Medio siglo después, el mayor legado de aquellos campamentos no se mide solo en avances médicos ni en educación sanitaria. Se mide en miles de personas que un día dejaron de sentirse diferentes para descubrir que nunca estuvieron solas.

A la izquierda, Rebeca García, y a la derecha Isolina Riaño, pediatra endocrino / lne
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