El amor que sostuvo al Nobel asturiano: la desconocida historia del matrimonio entre Severo Ochoa y Carmen García
Se cumple el 95.º aniversario de una historia de amor solo truncada por la muerte y construida desde la lealtad y el respeto mutuos

Carmen García Cobián y Severo Ochoa, durante su estancia en Nueva York.
La historia de amor entre Severo Ochoa y su esposa, Carmen García Cobián, constituye uno de los aspectos menos conocidos y, al mismo tiempo, más decisivos de la vida del científico asturiano. No fue un matrimonio situado a la sombra de un gran hombre, sino una auténtica alianza intelectual y afectiva que atravesó guerras, exilios, mudanzas y décadas de intensa investigación. El propio Ochoa reconoció en varias ocasiones que, sin Carmen, difícilmente habría podido desarrollar la carrera científica que lo condujo al Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1959.
Carmen García Cobián había nacido en Gijón en el seno de una familia asturiana acomodada. Aunque nunca buscó protagonismo público, poseía una sólida formación cultural (llegó a desempeñar el trabajo de enfermera), hablaba idiomas y compartía con naturalidad el ambiente intelectual que rodeaba a su marido. No fue investigadora de profesión, pero comprendía perfectamente el trabajo científico y, en algunos momentos, llegó incluso a colaborar materialmente en el laboratorio del Nobel.
Desde el principio, Carmen aceptó que la investigación marcaría el ritmo de su existencia y, como bien señaló el propio científico, "ella sabía muy bien la vida que le esperaba al casarse conmigo, un quijote que no tenía más perspectiva que la de sus ilusiones y esperanzas y que sólo podía contribuir modestamente al sostenimiento de nuestro hogar".
Así, Carmen se lanzó a un futuro incierto y, en el otoño de 1930, cuando Severo regresó de Alemania tras una estancia de dos años junto a uno de los grandes bioquímicos europeos, Otto Meyerhof (Nobel de Medicina en 1923), el luarqués la pidió en matrimonio. Severo y Carmen se casaron en Covadonga, el 8 de agosto de 1931, pocos meses después de proclamarse la Segunda República. Él tenía 25 años y comenzaba una prometedora carrera como médico e investigador en la Universidad de Madrid junto al fisiólogo Juan Negrín, en un momento de enorme entusiasmo científico para Ochoa. Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil cambiaría definitivamente el destino de ambos ya que, en 1936, abandonaron España y nunca volvieron a residir de forma permanente en nuestro país hasta el final de sus vidas.

En la gala de entrega de los premios Nobel / .
Ya en 1937, Carmen y Severo llegaron a Plymouth, en Inglaterra, y el luarqués comenzó a trabajar en el laboratorio de Biología Marina donde había obtenido una beca de seis meses. Su esposa se encontraba deprimida debido a la preocupación por la suerte de su familia en España, en plena Guerra Civil, y porque tampoco hablaba el idioma del país. Fue entonces cuando Severo le ofreció que le ayudara en su trabajo en el laboratorio y, a pesar de que Carmen carecía de experiencia en el ámbito de la investigación, resultó ser muy habilidosa y un gran apoyo para su esposo: "Me ayudó de maravilla pues, aunque no tenía una preparación propia en biología experimental, aprendía con gran facilidad y rapidez". De este modo, la pareja firmó conjuntamente un trabajo publicado en la revista Nature, un hecho poco habitual para la época.
Aquellos años fueron especialmente difíciles. Hubo incertidumbre económica, cambios continuos de laboratorio y la necesidad de reconstruir una vida en países extranjeros. Carmen asumió la organización cotidiana de la familia para que Severo pudiera concentrarse por completo en la investigación. En palabras recogidas posteriormente por quienes le conocieron, ella creó el clima de serenidad imprescindible para el trabajo científico, aunque la pareja nunca tuvo hijos. Sin embargo, y lejos de convertir esa circunstancia en un vacío, ambos concentraron gran parte de su energía en la ciencia, los discípulos y la vida compartida.
Fue gracias a ella que decidieron poner rumbo a los Estados Unidos, estableciéndose en Nueva York, donde Ochoa, después de trabajar con los científicos más importantes del planeta, se decidió, empujado por Carmen, a desarrollar su trabajo en solitario. Allí pasaron 44 años y fue el lugar donde el científico logró sus mayores éxitos, gracias a la influencia que ella ejerció en su vida. Y lo hizo siempre segura, con suma inteligencia y de manera independiente, tomando las riendas de la relación.
Muchos colaboradores de Ochoa recuerdan cómo Carmen ejercía como una auténtica anfitriona: recibía a los investigadores, facilitaba las relaciones personales y contribuía a crear un ambiente cosmopolita que constituyó el germen del éxito del científico. De este modo, en 1959, el asturiano recibió el Premio Nobel de Fisiología y Medicina por sus descubrimientos sobre la biosíntesis de los ácidos nucleicos, aportación a la ciencia que se considera uno de los hitos fundamentales que ha dado paso a la genética molecular de nuestros días.

El Nobel y su esposa, paseando por Luarca / .
Sin embargo, uno de los aspectos más reveladores de esta relación es que el propio Severo Ochoa nunca ocultó la importancia de Carmen. "Sin ella mi vida habría sido otra. Desde el primer momento puso todo su empeño en que yo pudiese satisfacer mi anhelo de ser investigador. Nuestra meta fue, pues, común desde un principio", señaló en un artículo de su puño y letra publicado en el diario ABC el 31 de enero de 1987, solo unos meses después del fallecimiento de su esposa. De hecho, la muerte de Carmen, ocurrida el 5 de mayo de 1986, afectó profundamente al científico, dejándole sumido en una profunda depresión. Nunca llegó a superar el fatal desenlace y permaneció durante mucho tiempo inmerso en una profunda melancolía de la que jamás se recuperó. Trató de refugiarse en su Asturias natal, concretamente en Luarca, acompañado de su familia. Tal y como narraba su ya fallecido sobrino nieto Joaquín Morilla García-Cernuda (quien fuera alcalde de Valdés), vivió primero en casa de su amigo Jesús Fernández Lema y, al fallecer este, se mudó a Villar, a casa de su sobrina Carmen, hija de su hermana Concha.
Cuando el científico falleció en Madrid, el 1 de noviembre de 1993, dispuso ser enterrado junto a Carmen en el cementerio de Luarca. De hecho, Joaquín contaba como el Nobel le dejó un paquete para abrir el día que falleciera Ochoa que consistía en una lápida de mármol donde aparecía escrito el epitafio que debía colocarse en la sepultura de ambos: "Aquí yacen Carmen y Severo Ochoa. Unidos toda una vida por el amor. Ahora vinculados eternamente por la muerte". Los deseos del Nobel se cumplieron y, en su testamento ordenó también crear la Fundación Carmen y Severo Ochoa (constituida en 1994), colocando deliberadamente el nombre de su esposa junto al suyo para perpetuar el recuerdo de ambos inseparablemente. La propia fundación explica que fue voluntad expresa del luarqués que su memoria permaneciera siempre unida a la de Carmen, la mujer a la que amó y con la que compartió la mayor parte de su existencia.

La pareja, durante una celebración / .
Ella, que iluminó la vida de Ochoa, gustaba de dejar sus reflexiones en cuadernos y anotaciones a través de las cuales podemos vislumbrar el carácter y singularidad de una mujer única en su tiempo que afirmaba que no era correcto pensar que las féminas debían sumisión al hombre pues "esto lleva una implicación de humillación, no de humildad y creo que, expresar el papel de la mujer como un deber de sumisión y obediencia al hombre, no sólo envenena la cuestión desde el punto de vista de la mujer, sino que saca de su papel al hombre con resultados funestos para los dos".
En 2024 salió a la luz un importante conjunto documental formado por 160 cartas privadas intercambiadas entre el matrimonio y escritas entre 1947 y 1977, adquiridas por el Gobierno del Principado de Asturias para su conservación en el Archivo Histórico localizado en Oviedo. Ese epistolario muestra una relación basada en la confianza, el afecto cotidiano y una intensa complicidad intelectual que nos permite vislumbrar a un Premio Nobel muy alejado de la imagen solemne del científico, ya que se mostraba siempre preocupado por la salud de su esposa, estaba pendiente de los pequeños detalles domésticos y necesitado de la compañía de Carmen durante sus frecuentes viajes científicos. Frente a otros matrimonios célebres de la historia de la ciencia marcados por colaboraciones académicas visibles, la relación entre Severo Ochoa y Carmen García Cobián fue deliberadamente discreta, renunciando ella al protagonismo público para convertirse en el apoyo constante de un hombre que desarrolló una carrera científica extraordinaria.
Quizá por eso resulta especialmente elocuente que Ochoa, acostumbrado al rigor de los laboratorios, quisiera que su legado institucional, su epitafio y la fundación nacida de su testamento llevaran también el nombre de Carmen. Esto no fue un gesto protocolario, sino la forma de reconocer que, detrás del Nobel, existía una historia compartida de más de cincuenta años construida sobre la lealtad, el exilio, el trabajo y una compañía que él consideró indispensable para su vida y para su ciencia.
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