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Patricia Suárez Manjón, arqueóloga: "El mar era una autopista por donde circulaban fortalezas flotantes"

"Hubo algunos episodios con armadas extranjeras, pero la amenaza más constante de las villas costeras eran los corsarios"

La arqueóloga Patricia Suárez Manjón.  |

La arqueóloga Patricia Suárez Manjón. |

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Elena Fernández-Pello

Elena Fernández-Pello

Oviedo

LA NUEVA ESPAÑA ofrece, el sábado 1 de agosto y el domingo 2, la tercera entrega de la colección "Asturias en la Edad Moderna", una serie de seis libros que repasan la historia de la región en los siglos XVI, XVII y XVIII. Sus autores, el periodista Eduardo García y el fotógrafo Miki López, abordan este nuevo proyecto con rigurosidad, talante divulgativo y el asesoramiento científico de expertos como la arqueóloga ovetense Patricia Suárez Manjón, que ha rastreado las fortificaciones y las estrategias defensivas en el litoral asturiano durante ese periodo. El nuevo volumen de la serie se titula "La horca y el mar de los galeones perdidos"

Patricia Suárez Manjón (Oviedo, 1977) es arqueóloga, colaboradora del grupo de investigación Arqueos de la Universidad de Oviedo, dirigido por el catedrático de Arqueología José Avelino Gutiérrez, y autora de la tesis "Fortificación y defensa del litoral asturiano. Una perspectiva arqueológica". Ha ejercido como asesora científica en "La horca y el mar de los galeones perdidos", el tercer tomo de la colección "Asturias en la Edad Moderna" de LA NUEVA ESPAÑA.

¿Cuál era la amenaza real que se cernía desde el mar sobre Asturias?

La preocupación por los peligros de la costa comienza con los Reyes Católicos. La navegación empieza a ampliar las fronteras del territorio y el mar adquiere una importancia estratégica. Surgen las primeras propuestas para establecer sistemas de vigilancia, mediante atalayas o puntos de observación en lugares clave. Las villas costeras de origen medieval empiezan a percibir ese peligro. Todas las guerras con potencias extranjeras suponían una amenaza, porque el mar no dejaba de ser una autopista por la que circulaban esas fortalezas flotantes que eran los barcos.

En Asturias no hubo fortificaciones comparables a las de los territorios vecinos de Galicia, Cantabria o el País Vasco.

Desde Asturias siempre hubo una demanda de elementos defensivos y de piezas de artillería, pero el Principado fue siempre deficitario en medios de defensa. No hubo grandes fortificaciones; nada que ver con Cantabria o el País Vasco. La propia costa asturiana actuaba como elemento disuasorio. Muchos informes hablan de la aspereza del litoral como una defensa natural. El Cabo Peñas siempre fue un punto crítico.

¿Y eso cambia en el siglo XVIII?

Se crea el Cuerpo de I

ngenieros Militares y hay una estandarización de las fortificaciones, ahora ejecutadas por ingenieros con formación especializada. En Asturias hubo numerosos proyectos, incluido uno general para los principales puertos. Avilés era el más importante desde la época medieval, junto con Gijón y la ría del Eo, donde se produjeron episodios históricos como el hundimiento del Santiago de Galicia, en 1597. El pecio está aún allí, aunque en la orilla gallega. Aquel naufragio fue un acontecimiento importante para la evolución del puerto. El armador, procedente de la República de Ragusa –la actual Croacia–, vino para hacerse cargo de los restos –entonces se intentaba recuperar y reutilizar todo lo posible de los naufragios– y vio que la ría reunía unas condiciones excepcionales para construir barcos de guerra. Hablamos de las dos orillas del Eo. Llegó a construir allí cuatro galeones.

Los proyectos de fortificación del litoral asturiano acababan abandonándose.

Sí. Una vez desaparecía el peligro, se olvidaban. Lo que se hacía era instalar algunas piezas de artillería en puntos destacados de la costa. Algunas aún se conservan y están protegidas como bienes de interés cultural. Es importante que la gente pueda ver el reflejo del pasado y de la historia.

Muchas fortificaciones nunca llegaron a ejecutarse, y nos quedan los planos; de otras solo tenemos restos, y no hay planos. Es el caso de la fortificación de Arroxo, en Castropol, donde en 2022 realizamos una excavación pese a que no se conservaban planos. Otro ejemplo es el fuerte de Llanes, que responde perfectamente a los cánones de los fuertes costeros de la época, aunque no existe ningún plano del siglo XVIII que lo represente. Hubo proyectos para Gijón, Avilés y otros lugares, hasta nueve en total, pero nunca se ejecutaron. Se han realizado intervenciones importantes, como la realizada en la atalaya de Luarca, que ayudan a comprender este sistema defensivo. Allí se conserva la fortificación, hay cañones cuya función puede explicarse al visitante y se ha desarrollado investigación histórica junto con una excavación arqueológica. Al final, la mejor defensa consistía en colocar las piezas de artillería de la manera más eficaz posible.

¿Cuál era la principal amenaza?

El principal peligro lo constituyeron los corsarios. Hubo algunos episodios protagonizados por armadas enemigas, como la británica, pero el corsarismo era la amenaza más constante. Navegaban por la costa y podían atacar alguna villa para aprovisionarse. No había manera de poner puertas al mar.

Drake es un corsario legendario.

Pero muy muy real, como comprobaron en La Coruña. A raíz de aquellos acontecimientos se enviaron informes a la Corona elaborados por personas con experiencia militar que conocían el territorio y sabían cuáles eran los puntos estratégicos para vigilar y dar la voz de alarma, de manera que las villas pudieran defenderse. Algunas llegaron a comprar piezas de artillería por su cuenta. Ya en el siglo XVIII sería la Corona la que las suministraría. Casi todos los cañones que se conservan en Asturias pertenecen a ese periodo. Hay cerca de cincuenta. Existe un inventario elaborado por Valentín Álvarez que puede consultarse en la página web de la Consejería de Cultura.

¿Cuál es su consejo para preservar y proteger mejor ese patrimonio?

El de Asturias es un patrimonio que pasa desapercibido, porque no tiene elementos tan llamativos como el castillo de San Antón, en La Coruña. Lo primero es conocerlo para poder protegerlo. Está incluido dentro de la protección de las villas costeras, pero no cuenta con una protección específica, salvo algunos elementos de artillería. Es importante conservar este patrimonio, que se encuentra en lugares expuestos a problemas derivados de las condiciones naturales. En el fuerte de Arroxo, por ejemplo, existe un gran socavón provocado por la fuerza del mar que pone en peligro los restos. El desconocimiento hace que no siempre se protejan adecuadamente y que aparezcan pintadas o actos vandálicos.

Usted dedicó su tesis a ese patrimonio.

La hice sobre ese tema precisamente porque era un campo muy poco estudiado. Aunque no pueda compararse con otros territorios del Cantábrico, Asturias conserva una muestra representativa de este patrimonio. Muchos de esos emplazamientos acabaron convirtiéndose después en faros, como ocurrió en Luarca. La construcción del faro destruyó parte de la fortificación y enmascaró los restos. Por eso es importante que cualquier intervención en este tipo de espacios, como la que se está desarrollando actualmente en San Juan de Nieva, en Avilés, vaya acompañada de investigación arqueológica.

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