Miedo, oscuridad y frío: así vivió Rubén Darío el eclipse solar total desde Asturias hace más de un siglo y para lo que no hubo buen tiempo

El poeta nicaragüense pasó el verano de 1905 en San Juan de la Arena y allí observó un fenómeno astronómico que revolucionó a las gallinas, ahuyentó a las gaviotas y sorprendió a los vecinos del bajo Nalón

La Asociación Garabuxada recupera el testimonio que dejó escrito del autor con motivo de su programa de actividades en torno al acontecimiento

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Mariola Riera

Soto del Barco

La luz adquirió un «tono rojizo» sobre el Cantábrico. Las gallinas buscaron refugio, los pájaros dejaron de saltar entre las tapias y una bandada de gaviotas cruzó el cielo «como si regresara precipitadamente a sus nidos». Después llegó el «repentino» frío, la oscuridad y el miedo. «Sentí un verdadero malestar físico y una innegable inquietud moral. Mis ojos contemplaban allá arriba un astro milenario, un meteoro de funestos augurios…».

Así vivió Rubén Darío el eclipse total de sol del 30 de agosto de 1905 desde Asturias, concretamente desde la desembocadura del Nalón. En esa fecha, también un miércoles, fue la última vez que se pudo observar en la región un fenómeno astronómico similar al que se producirá el próximo 12 de agosto.

Al poeta nicaragüense le pilló el eclipse en San Juan de la Arena, localidad costera de Soto del Barco en la margen derecha de la ría del Nalón y ubicada frente a San Esteban (Muros de Nalón), donde también descansaría, además de en Riberas, hasta 1909. Como hacen muchos turistas en la actualidad ya huía Darío entonces del excesivo calor del interior de España y en estos pequeños núcleos asturianos encontró entonces su «terapia», ya que también se recuperaba de la prematura muerte de un hijo.

Así las cosas, el 30 de agosto de 1905 el entonces diplomático fue testigo del eclipse solar total que se produjo en España y de ello dejó constancia en un artículo enviado al periódico «La Nación» y recogido en el volumen «Opiniones» que forma parte de las obras completas del nicaragüense. Un testimonio que ahora ha recuperado la Asociación Cultural Garabuxada de San Juan de la Arena en un estudio elaborado por Aida Vega Felgueroso, Carmen García Menéndez y Fernando González García, y que presentarán el próximo domingo día 9 dentro del programa que han organizado en las jornadas previas al eclipse.

Cartel del programa de actividades de Garabuxada en La Arena. / LNE

Darío siguió el avance de la Luna sobre el Sol –en 1905 fue desde antes del mediodía hasta pasadas las dos de la tarde en Asturias, mientras que ahora será en horario vespertino (19.30 a 21.21 horas)– desde una pequeña terraza, mientras algunos vecinos salían de sus viviendas provistos de vidrios ahumados, como escribió. No tuvo buen tiempo. La mañana había alternado claros y nubes, había lloviznado y el mar se encontraba agitado. Del avance de la cubrición describe del Sol que primero parecía una «bolsa de oro», después una tajada de melón y finalmente una hoz.

El paisaje transformado

La transformación del paisaje fue progresiva hasta que todo cambió de golpe. Al «crepúsculo enfermizo» le sucedió una noche repentina, iluminada apenas por un resplandor extraño. El poeta vio los rostros lívidos de quienes lo rodeaban y advirtió cómo los animales alteraban su comportamiento. Las gallinas se habían recogido, mientras los pequeños pájaros conocidos en la zona como «andarines», escribió, se agrupaban, indecisos, junto a un muro.

El mar Cantábrico sirvió de banda sonora. El poeta lo escuchaba como «el comentario de un misterioso coro», en medio de lo que describió como una auténtica consternación de la naturaleza. El descenso brusco de la temperatura le produjo malestar físico y una profunda inquietud. Sobre él aparecía un "sol negro, rodeado de una corona blanca y plateada, con leves tonos rosados", que comparó con una «enorme hostia de sombra». Cerca del astro eclipsado llegó a distinguir también el brillo de Venus.

Temores

Aunque conocía la explicación científica, no oculta que la experiencia despertó en él los temores más antiguos de la humanidad. Aquel cielo le recordó «los malos augurios, las guerras, las pestes y las catástrofes» con las que antiguamente se relacionaban los eclipses. Lo sintió, además, como una imagen ya contemplada en sus sueños: «El mismo sol enfermo de mis pesadillas».

La impresión colectiva quedó resumida en una conversación con un viejo criado. Darío le preguntó qué le ocurría y éste respondió simplemente: «Tengo miedo». Era, escribió el poeta, la palabra exacta: había miedo sobre el agua del mar, sobre los montes, en el aire y sobre toda la tierra conmovida. Los pescadores aseguraron al regresar que una gran cantidad de sardinas había desaparecido durante la oscuridad, «como llena de súbita locura». Para Darío fue como asistir a «una nueva mañana», después de unos minutos en los que el mundo pareció «quedar suspendido».

Más de un siglo después, Garabuxada ha recuperado su interesante testimonio, una iniciativa que forma parte del proyecto de reconstrucción histórica, cultural y literaria sobre la estancia del considerado padre del Modernismo en La Arena y sobre sus impresiones. El mismo lo compartirá desde su web a todo el que le pueda interesar. La asociación anuncia, además, una sorpresa que se dará a conocer el mismo día del fenómeno astronómico para todos los que lo sigan desde este rincón de la costa asturiana en Soto del Barco. Será el momento de revisar si las palabras de Rubén Darío siguen vigentes.

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