De la cantina a la fragua: Grandas revive su memoria campesina en el Museo Etnográfico "Pepe el Ferreiro"
"No podemos dejar que se pierda", dicen los integrantes de la Asociación de Amigos del Museo, impulsores de la recreación por cuarto año consecutivo

Participantes en la recreación. / LNE
Los museos guardan entre sus paredes retales de una historia pasada. Son guardianes de la memoria y narradores indirectos de una época, un acontecimiento, un instante. Una vez al año, el Museo Etnográfico de Grandas de Salime “Pepe el Ferreiro” devuelve la vida a sus estancias para recrear cómo se vivía hace un siglo. Una época no tan lejana que, sin embargo, ha comenzado a perderse porque cada vez quedan menos personas para recordarla.
La Asociación Amigos del Museo impulsó hace cuatro años una jornada anual en la que sus socios se caracterizan y enseñan a los visitantes cómo funcionaban aquellos objetos e instrumentos que conforman la colección. Recuperan al viejo cartero, al médico, a las lavanderas, a las hilanderas y hasta al cura. Recrean múltiples ambientes, oficios artesanales y distintas labores de la vida cotidiana campesina del siglo pasado que se han ido perdiendo con el paso de los años.
Este sábado, los visitantes pudieron conocer, por ejemplo, el trabajo del afilador, el carpintero o el herrero; adentrarse en la ambientación del gabinete médico o la cantina; descubrir la elaboración de recetas tradicionales y la actividad textil, o disfrutar de juegos tradicionales.
Entre los participantes estaba Antonio Arias, jurista y exsíndico de Cuentas del Principado. Integrante de la asociación, lleva más de una década participando en recreaciones de este tipo. “Estamos hablando de una época que no es muy lejana, pero no podemos dejar que se pierda”, defiende.

Antonio Arias, primero por la izquierda, con otros participantes. / LNE
En Grandas de Salime, “aunque fueron años duros y difíciles, los vecinos están muy orgullosos de haber luchado y trabajado duro para salir adelante”. Y esto se percibe en actividades como la celebrada este sábado, que no solo reunió a los vecinos de más edad, sino también a niños y jóvenes implicados en aprender cómo lavaban la ropa sus abuelas o cómo funcionaba una forja.
“Es importante que aprendan cómo se hacían las cosas. Estuvieron haciendo manteca, chorizos… y aprendiendo cómo funcionaba la forja, que era primordial. Es una época que no se puede obviar porque existió”, insiste Arias.
El jurista acudió, como es habitual, caracterizado de agente de comercio y con un ejemplar de LA NUEVA ESPAÑA bajo el brazo. Representó una profesión que su abuelo ejerció durante años en la zona vendiendo vinos y licores y que “se acabó perdiendo”. Aunque su trabajo todavía se recuerda entre las paredes del museo: “En la exposición encontré varias botellas de las que él vendía, de vinos y licores de Málaga”.

El catedrático Gonzalo Moris presenciando cómo cortan un tronco. / LNE
Entre los visitantes hubo numerosos peregrinos y un grupo de estadounidenses procedentes de California que “quedaron muy sorprendidos”. En total, solo durante la mañana del sábado pasaron por las instalaciones más de doscientas personas.
Esta recreación complementa la amplia actividad que el museo impulsa este verano. En agosto, el molino hidráulico permanece en funcionamiento de martes a domingo para mostrar a los visitantes la importancia de la molienda en la sociedad campesina tradicional.
Los miércoles se pueden recorrer los graneros del museo y conocer los usos de los hórreos, las paneras y los cabazos, acercándose a cada uno de estos elementos muebles con los que cuenta el centro museístico. Mientras, los viernes se ofrecen visitas guiadas con recorridos detallados por sus distintos espacios.
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