El mito de la caverna en trazo astur: un recorrido por el estado actual y los retos de futuro de las cuevas de arte rupestre asturiano
El descubrimiento del Pindal, en Ribadedeva, en abril de 1908, constituyó la primera documentación de arte paleolítico en una cavidad del territorio asturiano

Cueva de Tito Bustillo / Miki López
Alba G. Villanueva
Un colapso geológico natural, ocurrido hace aproximadamente 14.000 años, provocó que la cueva de La Covaciella, en Cabrales, quedase completamente sellada. Se mantuvo aislada hasta que, en octubre de 1994, durante las obras de ampliación del desfiladero de Las Estazadas, un tiro de dinamita en la vía dejó al descubierto un tesoro de valor incalculable. "Las pinturas se encontraban como si el periodo prehistórico acabara de terminar", asegura María González-Pumariega, historiadora, investigadora y guía de la cueva del Pindal desde hace 27 años.
El día siguiente coincidió en festivo y la cavidad quedó abierta. Algunos vecinos entraron y descubrieron por accidente evidencias de arte parietal. Un hallazgo como aquel se extendió rápidamente y, durante escasas 48 horas, algunos curiosos entraron sin control a la cueva. "Se pisó un suelo arqueológico intacto y se tocaron las pinturas hasta que, tras avisos a las autoridades y un peritaje por parte de expertos, se ordenó el cierre inmediato", explica Miguel Polledo, historiador e investigador que, desde hace 23 años, guía la cueva de Tito Bustillo.
Aquel supuso el último gran descubrimiento de arte rupestre en Asturias. Un patrimonio que cuenta con alrededor de 52 yacimientos en el territorio y que constituye, aproximadamente, un catorce por ciento del paleolítico conocido en Europa. Tal es la importancia que, en 2008, las cuevas de Tito Bustillo, El Pindal, La Peña de Candamo, La Covaciella y Llonín fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. "Esta declaración amplió la que se había otorgado a la cueva de Altamira en 1985, considerando que esta última no era un hecho aislado, sino que existía más arte rupestre alrededor con entidad y que la contextualiza", argumenta Polledo.

Interior de la cueva de El Llonin, en Peñamellera Alta / Miki López
Algunas cuevas tienen una capacidad de regeneración que permite mantenerlas abiertas siempre o temporalmente, aunque con cupos reducidos de visitantes y reserva previa. Otras, en cambio, necesitan permanecer cerradas por su gran delicadeza. Pero todas, abiertas o no, poseen sus propias peculiaridades e historia.
El descubrimiento del Pindal, en Ribadedeva, en abril de 1908, constituyó la primera documentación de arte paleolítico en una cavidad del territorio asturiano. "Está ubicada en un entorno espectacular y posee un panel de figuras rojas muy ordenadas, circulares y con una temática muy particular. Además, encontramos la presencia del mamut, algo muy raro en el Cantábrico", asegura González-Pumariega.
Con un estado de conservación "bastante bueno", la cueva tiene "un proyecto de monitorización ambiental desde el año 2015 llevado a cabo por el CSIC. Convirtiéndola, probablemente, en la cueva mejor estudiada desde el punto de vista ambiental de toda España", afirma la guía. Esto ha sido muy beneficioso para el seguimiento de la cavidad y la guía pone un ejemplo al respecto. "En 2019 la cueva sufrió una inundación totalmente excepcional. Gracias a las mediciones previas, los geólogos concluyeron que todo el mundo microbacteriano había cambiado por completo después del suceso". Asimismo, los cupos de visitantes se han reducido en estos últimos años hasta llegar a diez personas por entrada, permitiendo mantener la cueva abierta todo el año. "Cuando empecé, entraba con 25 personas. Me parecían muchas porque no controlaba visualmente la totalidad del grupo en el interior de la cavidad", comenta la investigadora.

La cueva de El Pindal, en Rivadedeva / Miki López
Situada en Ribadesella, Tito Bustillo es, sin duda, la cueva más famosa de Asturias. No en vano, se trata de una de las grandes cuevas europeas. Descubierta en 1968, posee, además del arte prehistórico, un yacimiento arqueológico que se viene excavando desde entonces. Con una gran cantidad de arte parietal y mobiliar, "a día de hoy, no hay una cueva con acceso a público que enseñe un panel como el principal de Tito Bustillo con la variedad y diversidad técnica que alberga", explica el guía.
"Tras su descubrimiento, en pleno desarrollismo en España, se buscó una explotación turística de la cueva. Esto implicó unos acondicionamientos absolutamente agresivos", apunta Polledo. A pesar de ello, la gestión para la conservación de la oquedad ha avanzado en estos últimos años, comenzando por regular el flujo de visitantes reduciendo el cupo a 15 personas por visita. "Antes entraban 350 personas al día y ahora entran 150", comenta el guía. Una reducción que facilita el control de los visitantes, mejora la experiencia individual y favorece la conservación de una cueva cuyo estado, frágil y delicado, se ve alterado con la presencia humana. Con el fin de permitir la regeneración de la cueva, se encuentra cerrada al público durante los meses de invierno.

Cueva de Cándamo / Miki López
La cueva de la Peña de Candamo, descubierta en 1914, arrastra los daños de una gestión "propia de muchas de las cavidades halladas a principios del siglo XX. Construcciones, voladuras y hordas de sapiens-sapiens inundando las cuevas", explica Aurora Muñiz, guardaguía de Candamo desde hace cinco años. Estas intervenciones, sumadas al vandalismo que dejaron de rastro quienes la usaron como refugio y puesto de mando durante la guerra civil, llevaron la cueva a un desequilibrio natural que obligó a su clausura durante catorce años.
El tiempo de silencio y oscuridad hasta su reapertura, en los años 90, permitió frenar el mal verde y recuperar el equilibrio biológico. Pese a sus cicatrices vandálicas irreversibles, alberga tesoros excepcionales como el icónico Caballo de Camarín o el Muro de los Grabados, que, según apunta la guardaguía, está considerado uno de los más singulares de Europa. Además, los cupos de visita se han restringido a 45 personas al día, 15 por pase, y permanece abierta únicamente la temporada estival y en Semana Santa.
En un estado de conservación "relativamente bueno, teniendo en cuenta su historia", asegura Muñiz, la cavidad ha sido el escenario de múltiples investigaciones que continúan en la actualidad. "Durante tres años, el Instituto Nacional de Silicosis desarrolló un trabajo muy completo sobre emisiones, niveles de radón y de CO2₂. Ahora mismo, la Universidad de Oviedo junto con la de Almería están realizando estudios de emisiones, humedad, presión y salinidad del agua", explica la guardaguía.
Tras el hallazgo de La Covaciella, se conoce que las pinturas, a pesar de las agresiones irreversibles, se encuentran en un excelente estado de conservación. "La cueva está bien investigada y documentada. Cuenta con pocas figuras, pero muy espectaculares", explica Polledo. No obstante, "debido a su equilibrio ambiental tan delicado, la entrada de una única persona genera tal impacto ambiental que la cueva necesita varios días en recuperarse", señala el investigador. Es por eso que el yacimiento se encuentra permanentemente cerrado al público.

Los bisontes de La Covaciella, en Cabrales / Miki López
De igual manera, la cueva de Llonín, en Peñamellera Alta, tampoco puede visitarse. Su valor prehistórico fue descubierto en 1971, después de servir durante varios años como espacio para la maduración de quesos de Cabrales. Se trata de una cavidad "con un funcionamiento natural muy delicado", apunta el investigador, que posee daños ambientales debido a su anterior uso. "Aunque fueron muy respetuosos y no tocaron o borraron las muestras de arte, la contaminación biológica de las pinturas impide, por ejemplo, datar correctamente con Carbono 14", añade González-Pumariega.
A pesar de ello, explica Polledo, "la cueva posee un panel de grabados muy llamativo en muy buen estado" y procesos de investigación en marcha. La historiadora señala que estas investigaciones no solo estudian el arte y los parámetros ambientales, sino que también su valor arqueológico. "Llonín se excavó durante muchos años y se extrajeron 50.000 huesos. Ahora todo ese material se está estudiando en el laboratorio".
Sin embargo, el hecho de que no sea posible visitarlas no impide que el valor que albergan sea un bien de conocimiento público, recuerdan los guías. Las cuevas cuentan con fotografías, amplias bibliografías y reproducciones visuales, además de réplicas parciales en el Parque de la Prehistoria de Teverga. La Covaciella, por su parte, cuenta con una réplica también en la Casa Bárcena en Cabrales y los restos materiales y objetos originales extraídos de Llonín se encuentran en el Museo Arqueológico de Asturias, en Oviedo.
Más allá de los nombres que recoge la declaración de la UNESCO, Asturias posee yacimientos que resultan esenciales para completar un catálogo arqueológico único en Europa. Ubicada en el concejo de Cangas de Onís, el Buxu se mantiene abierta durante todo el año gracias a su régimen estricto de visitas. A pesar de eso, sus condiciones ambientales son delicadas. "Es una cueva muy pequeña que respira mal", asegura Polledo. Además, se encuentra en un "mal estado de conservación" que, González-Pumariega señala, "arrastra desde hace décadas". La define como "una mala suerte histórica", pero aun así, califica su gestión actual de manera positiva.
Un poco más hacia el oriente asturiano, también en Peñamellera Baja, se encuentra la cueva de La Loja. A pesar de encontrarse en un estado de conservación "regular", según afirma la investigadora, el panel de grabados se conserva "en bastante buen estado", puesto que su gran altura lo convierte en un lugar de difícil acceso. De la misma forma que ocurre en Tito Bustillo y Candamo, La Loja cierra de manera temporal algunos meses al año para preservar su conservación. Actualmente, existe un proyecto de investigación activo en la cueva enfocado al arte rupestre y, como comenta la guía del Pindal, "se está valorando la posibilidad de limpiar las pintadas y grafitis modernos que se encuentran en las paredes de la galería".
Pese a que el arte rupestre no sea un patrimonio que singularice a Asturias, sino que, como señala Polledo, "nos inserta en un marco mucho más amplio", el territorio sí que cuenta con un
característico arte exterior. "A lo largo de la cuenca del Nalón, tenemos una distribución de yacimientos con arte paleolítico al aire libre muy especial. Es un arte homogéneo, con características propias y una personalidad muy acusada. Probablemente fue desarrollado en otras zonas, pero maduró aquí", explica el guía y señala como ejemplos el abrigo de La Viña, La Lluera o Santo Adriano.

Una de las salas de la cueva de Tito Bustillo. / Miki López
Con el paso de los años y la tecnología insertándose como un factor más en la ecuación de la conservación y gestión de las cuevas, los yacimientos han experimentado múltiples avances. "Parecerá alucinante, pero cuando empecé a trabajar como guía del Pindal, no tenía un teléfono con cobertura para poder gestionar las reservas", asegura González-Pumariega.
Otros avances también han beneficiado al estudio de las pinturas, explica la investigadora. "Tenemos una aplicación informática tipo Photoshop, pero específica para el arte rupestre. Podemos insertar las imágenes de las pinturas y pedirle al programa que resalte ciertos colores, mostrando trazos que quizás el ojo no es capaz de ver. Entonces, hay figuras que hasta el momento no se habían visto del todo bien y ahora sí". Además, gracias a las nuevas técnicas, se pueden revisar estudios antiguos, permitiendo conocer nuevas perspectivas que antes eran inaccesibles. "Las nuevas tecnologías no tienen nada que ver con un paletín y una escobilla", recalca Aurora Muñiz. Asimismo, la divulgación de este patrimonio se ha visto reforzada con la creación y actualización de los distintos centros de interpretación de las cuevas repartidos por el territorio.
La conservación, por su parte, también ha dado pasos adelante gracias a los proyectos de monitorización ambiental y el descenso de los cupos de visitas. Aunque esto último, según los expertos, es algo que debe volver a revisarse en cuevas como Tito Bustillo o Candamo. Igualmente, de cara a un futuro que se antoja más próximo que lejano, González-Pumariega advierte de la necesidad de establecer un plan de preparación del relevo generacional de guías que continúe custodiando el legado artístico prehistórico de la región asturiana.
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