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Mi primer Sella: un madrugón que valió la pena por la fiesta pese al retraso del tren fluvial y algún que otro contratiempo

El convoy sale tarde de Oviedo y llega con demora a Arriondas, aunque llevar a bordo los Tritones de Piloña permite a los pasajeros asistir al inicio del desfile: sin ellos no se empieza

"Todo el mundo tiene buen rollo. Impresionante, no hay palabras", celebran los selleros llegados de todas partes del mundo

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Zaira Varas

Oviedo

El Descenso Internacional del Sella siempre me había parecido una de esas fiestas asturianas que uno conoce incluso sin haber estado nunca. Todos los años veía desde Soria vídeos de conocidos que se acercaban hasta Asturias para vivirlo y, desde la distancia, me quedaba con las imágenes de las piraguas, el río y las orillas llenas de gente. Ahora que vivo en Oviedo, la distancia ya no era una excusa. Solo faltaba verlo por primera vez.

Y decidí hacerlo desde el tren fluvial. El madrugón era considerable, a las 7.00 horas de la mañana ya estaba en la estación para emprender un viaje que, además, iba a tener otro pequeño estreno: apenas había montado dos veces en tren en mi vida, en los trayectos de Calatayud a Tarragona y de Madrid a Valladolid. Nada que ver, sobre el papel, con el recorrido que tenía por delante. Esta vez no se trataba simplemente de llegar a un destino, sino de ver cómo el Sella iba apareciendo poco a poco desde las ventanillas.

El horario marcaba las 7.30 horas para la salida. Finalmente, el tren no arrancó hasta las 8.04. "Estos trenes funcionan así", me habían advertido. A las 8.45 llegábamos a Pola de Siero, así que la frase empezaba a cobrar sentido. No había prisa. El tren fluvial parecía tener su propio tiempo. Y ese iba a ser solo el primero de los pequeños contratiempos de una jornada en la que el reloj acabaría teniendo bastante menos protagonismo del esperado. El objetivo estaba claro: llegar a Arriondas, ver el desfile, seguir el descenso y descubrir, por fin, qué tiene esa fiesta que durante tantos años había visto desde la pantalla.

Arriondas, primera parada del Sella

A las 9.30 llegamos a Infiesto, donde se incorporan al tren los Tritones de Piloña. La parada es breve, pero importante: sin ellos no puede arrancar el desfile de Arriondas. El retraso que arrastramos desde Oviedo ya hace que lleguemos más tarde de lo previsto y, cuando por fin ponemos rumbo a Arriondas, toca asumir que encontrar un buen sitio para ver el desfile va a ser complicado.

Y lo es. Al bajar, la primera sorpresa es la cantidad de gente. Había visto el Sella durante años en vídeos y fotografías, pero una cosa es verlo en una pantalla y otra encontrarse las calles de Arriondas tomadas por grupos, música y espectadores. Hay gente por todas partes y buscar un hueco desde el que seguir el desfile se convierte casi en otra prueba más de la jornada.

Desfile de las peñas en Arriondas.

Desfile de las peñas en Arriondas. / Zaira Varas

Aun así, conseguimos verlo arrancar. El retraso del tren, que ya había provocado alguna que otra queja entre los pasajeros, tiene al menos una pequeña compensación: los Tritones tampoco habían llegado antes y, sin ellos, el desfile tampoco podía comenzar. Así que, aunque con menos sitio del que me habría gustado, toca estrenar el Sella en directo, rodeada de una multitud que parece llevar mucho más tiempo esperando este momento. Entre el gentío, la música y los grupos que van tomando las calles, Arriondas ya está completamente metida en ambiente. Y al frente del pregón, una cara conocida para toda Asturias: Santi Cazorla, encargado este año de dar el pistoletazo festivo a la jornada.

El desfile termina alrededor de las 11.30 horas. Para entonces el madrugón ya empieza a pesar y se echa en falta un café. Después de toda la mañana, toca recuperar fuerzas antes de volver al tren y continuar hacia el río.

El Sella asoma entre los árboles

El café hace su trabajo. A las 11.48 vuelvo a ver aparecer el tren fluvial y toca esperar unos minutos más antes de poder subir. Hay que acomodar todo y, aunque la salida está prevista para las 12.15, el tren no termina arrancando hasta las 12.21 horas. Seis minutos que se suman al retraso de primera hora y que empiezan a alimentar algún comentario entre los pasajeros. Al final, el reloj no parece ser el mejor aliado de este viaje.

Entre quienes esperan están Pol Montreal, Ana Castillo, Mercedes Mira y Jordi Montserrat, que han venido desde Barcelona. Para Ana es su primera vez en Asturias y para los cuatro, la primera vez que viven el Descenso en directo. Conocieron el tren el año anterior, durante un viaje en el Costa Verde, cuando la guía les habló de esta posibilidad. "Hemos querido probar la experiencia", explican. El madrugón, pese a todo, parece haber quedado en segundo plano: "Vale la pena vivir la experiencia", asegura Mercedes.

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Mercedes Mira, Jordi Montserrat, Pol Montreal y Ana Castillo, / Zaira Varas

Jordi llega con una historia diferente. Lleva 40 años viniendo a Asturias, desde que hizo aquí la mili, en Oviedo, en el Milán, y durante todo ese tiempo había visto el Descenso por televisión. Hasta ahora. "Ese año que querían venir, digo: pues venga, vamos a coger el tren y a ver el descenso", cuenta. La primera impresión tampoco deja demasiado margen para la duda: "Es una pasada, una preciosidad". Y hay algo que le llama especialmente la atención: el ambiente. "Todo el mundo tiene buen rollo. Impresionante, vamos. No hay palabras".

Por fin, Les piragües

A las 12.21, por fin, el tren vuelve a ponerse en marcha. Ahora sí, el recorrido cambia de escenario. El protagonismo estaba a punto de llevárselo el río. Tras un breve recorrido comenzaron a aparecer las primeras piraguas y los espectadores apostados en las orillas. Por fin, el Sella. Desde las ventanillas se veía cómo el descenso iba tomando forma: las embarcaciones sobre el agua, la gente animando desde las orillas y el paisaje acompañando el recorrido. El tren se convertía así en un mirador en movimiento para seguir el 88 Descenso Internacional del Sella.

El viaje continúa entre pequeñas paradas y claros que aparecen y desaparecen entre los árboles. No siempre se ve el río; a veces las ramas ganan la partida y obligan a esperar al siguiente hueco. Dentro del tren, en cambio, hay tiempo para todo. También para comer. El bocadillo de choripán que nos han dado llega en el momento perfecto: después del madrugón, el desfile y las esperas, entra especialmente bien.

En este tramo viaja también otro grupo formado por Miriam González, David Pola, Leo Durrer, Adriana Pola y Beatriz Estrada Álvarez. Algunos ya habían vivido el Descenso en otras ocasiones, aunque nunca desde el tren. "Por una vez tenemos la oportunidad", explican. Han seguido la prueba por televisión durante años y ahora han querido cambiar la pantalla por el río.

Miriam González, David Pola, Leo Durrer, Adriana Pola y Beatriz Estrada Álvarez.

Miriam González, David Pola, Leo Durrer, Adriana Pola y Beatriz Estrada Álvarez. / Zaira Varas

Beatriz, asturiana, tiene además un motivo especial para repetir la experiencia. Su primer recuerdo del Sella está ligado precisamente al tren: "Tengo un recuerdo de infancia, de venir con mis padres en un tren de madera". Durante años vivió la fiesta a través de la televisión y ahora regresa acompañada por su hijo, suizo-español, y su madrina, aunque esta vez desde un tren mucho más cómodo.

La fiesta tampoco le resulta desconocida. Beatriz recuerda haberla vivido de joven, pero la comparación con aquel Sella de finales de los noventa le sale inevitable. "Había muchísima menos gente, mucho más asturiana", recuerda. Ahora, dice, "la parte deportiva ha quedado algo arrinconada" frente a la dimensión festiva del desfile. Y basta mirar alrededor para comprobar la cantidad de espectadores que se han echado a las orillas.

Pero el retraso de primera hora no pasa desapercibido entre los pasajeros. Algunos aún comentan que haber salido de Oviedo más tarde de lo previsto les ha dejado sin margen para buscar un buen sitio en Arriondas y seguir el desfile como esperaban.

A dos kilómetros de una meta que se resiste

El tren se detiene a unos dos kilómetros de la meta. Sobre el papel, es el momento perfecto para prepararse para la llegada. En la práctica, la vista depende bastante del vagón en el que hayas conseguido sitio. Cuando el tren llega al puente situado a unos dos kilómetros de la meta y se detiene, desde los últimos apenas se ve el río; los primeros, en cambio, tienen una panorámica mucho más despejada. "Los VIP", bromean varios pasajeros.

Y es, precisamente, en esos primeros vagones donde viajan el presidente del Principado, Adrián Barbón, y el expresidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla. Para mí, sin embargo, su presencia queda en un segundo plano: bastante tengo con intentar seguir el viaje, llegar a tiempo y encontrar un hueco desde el que ver el Sella.

Entre quienes esperan está también un exmaquinista que viaja como uno más. Su experiencia con este tipo de trenes da algo de tranquilidad al resto: asegura que el convoy suele ir a la par de la cabeza de carrera y que llegaremos a tiempo para ver la meta. Después de una mañana marcada por los retrasos, parece que al menos el último tramo va a salir según lo previsto.

El tren permanece allí unos minutos y la expectación crece. Hay quien se asoma a las ventanillas, quien intenta buscar un hueco entre los árboles y quien pregunta cuánto falta para llegar. La carrera ya está llegando a su desenlace y todo apunta a que la entrada en Ribadesella coincidirá con la llegada de los primeros clasificados.

Cuando finalmente entramos en Ribadesella, los campeones ya han cruzado la meta. Walter Bouzán y Alberto Llera, ambos asturianos, acaban de revalidar el título del Descenso Internacional del Sella. Hemos llegado a tiempo para estar en Ribadesella, pero no para ver en directo el momento que llevábamos toda la mañana esperando.

Ribadesella: la meta puede esperar, la fiesta no

Cuando bajamos del tren en Ribadesella, la carrera todavía no ha terminado. Los primeros ya han cruzado la meta, pero todavía quedan piraguas por llegar y la gente sigue pendiente del río. Algunos espectadores se acercan para intentar ver las embarcaciones que aún completan el recorrido; otros corren de un lado a otro mientras se escucha, entre la multitud, el nombre de Walter a gritos después del triunfo asturiano.

Varias piraguas llegando a la meta en Ribadesella.

Varias piraguas llegando a la meta en Ribadesella. / Zaira Varas

Pero en Ribadesella hay algo que va mucho más allá de la competición. Las calles están llenas, los grupos se mezclan, la música y los gritos se suceden y el ambiente de fiesta lo ocupa todo. El Sella se sigue viviendo como una carrera, pero también como una celebración que empieza mucho antes de que llegue la última piragua y que continúa cuando ya no queda nadie por cruzar la meta.

Cuando finalmente termina el descenso, todavía queda otra imagen que se me queda grabada: varios piragüistas, tanto hombres como mujeres, caminando por Ribadesella con el brazo en cabestrillo. Una muestra, casi sin necesidad de explicaciones, de lo que hay detrás de esta fiesta que desde fuera puede parecer solo diversión.

No he visto la salida desde primera fila, el tren ha acumulado retrasos y los campeones se me han adelantado por unos minutos. Pero ahora, rodeada de piraguas, gente y fiesta, entiendo por qué esta cita lleva tantos años consiguiendo que Asturias se llene cada verano para mirar hacia el río. Con todo, merece la pena.

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