Opinión
El Sella, un caudal de emociones
Una mirada a la esencia, tradición y emociones del Descenso internacional en piragua de cada primer sábado de agosto, la fiesta asturiana por excelencia que en 2030 celebrará un siglo de vida

Participantes en una pasada edición del Descenso del Sella antes del inicio de la prueba.
Cuentan que un día, en un estadio asturiano -no diremos si era el Tartiere o el Molinón, para evitar bajas tempranas en la lectura de este artículo- debutó un futbolista de la cantera del equipo local. En la primera jugada en la que tuvo contacto con el balón intentó chutar a puerta y el esférico estuvo a punto de salirse del estadio. Alguien, desde la grada, lanzó una sentencia tan asturiana como humana:
–"Pero esti, ¿cómo va a ser bueno si ye vecín míu?".
Cada primer sábado de agosto que no sea ni día 1 ni día 2, se celebra entre Arriondas y Ribadesella el Descenso Internacional del Sella. Una fiesta que, ya en 1980, fue declarada de Interés Turístico Internacional. Como San Fermín en Pamplona. Como las Fallas en Valencia. Como la Semana Santa en Sevilla. Una fiesta que, en 2030, cumplirá su primer siglo de historia y que el sábado 8 de agosto alcanzará su 88ª edición -no se celebró entre 1936 y 1943; tampoco en 2020 ni en 2021, de ahí la diferencia entre la edad y las ediciones-.
El Descenso del Sella nació de la celebración de la amistad, la alegría y la independencia económica, que es como nacen muchas de las cosas que perduran en el tiempo. Dionisio de la Huerta, nacido en 1899 en Barcelona, de madre catalana y padre asturiano, pasaba sus veranos entre Gijón y Coya, en Infiesto. Licenciado en Derecho, con un perfil humanista y un gran amor por Asturias, De la Huerta era, esencialmente, un líder. Por eso, en aquella primera excursión en la que él bajaba en una K2 con Alfonso Argüelles y Manés Fernández los acompañaba en una piragua individual, decenas de amigos los siguieron en paralelo al curso del río. Aquello era, básicamente, una excursión con ganas de fiesta al final. Pero había algo diferente en ese grupo humano que avanzaba por agua y por tierra. Y ese algo era la ilusión.
Es complicado explicar cómo las decenas de miles de personas que, cada año, acudimos al Descenso, sentimos lo mismo que sintieron los pioneros. No hay ningún dato que pueda sostener esta afirmación. Tampoco dudas sobre su veracidad. El Sella es un poco como cuando alguien pide que se le explique la regla del fuera de juego en el fútbol. Es una norma con tantos matices que solo se puede entender desde la experiencia. Sí, claro, el fuera de juego es cuando un jugador recibe un pase y está más adelantado que la defensa contraria. Ya. Y el Descenso Internacional del Sella es una prueba de piragüismo a la que acuden decenas de miles de personas por la fiesta. Claro.

Piraguas en el sella / LNE
La mañana del descenso, en los 20 kilómetros que separan el puente de Arriondas del de Ribadesella, suceden muchas cosas. Y todas ellas vienen de la virtud original, de aquel primer descenso en el que viajaba la ilusión.
El Sella es una celebración del deporte, de la cultura, de la amistad, de la alegría y de la asturianía. El desfile que cada mañana recorre la capital parraguesa está cargado de referencias al movimiento olímpico, a la mitología asturiana, a la cultura popular de nuestra tierra y al sentido del humor. También al abrazo de la novedad sin renunciar a la tradición. Las gaitas (Graciano García, director emérito vitalicio de la Fundación Princesa de Asturias y embajador de la prueba, defiende con razón que es un instrumento necesario en todo gran acontecimiento, ya que conecta con lo más profundo de nosotros) abren el camino para que una carroza desde cuyos altavoces suenan Bad Bunny o Shakira ponga a bailar a los asistentes.
Luego, ya en el río, sucede el truco de magia. Alrededor de los más de 1.200 deportistas que esperan el inicio de la prueba, los decibelios emocionales se disparan. En realidad no hay otra opción. Con los Picos de Europa de fondo, las verdes riberas a los lados y el río en el centro, el escenario se completa con las miles de personas que esperan con emoción que den las doce de la mañana. Para escuchar los versos de un pregón que es una genialidad y que transmite otra de las claves de la fiesta: el abrazo a quien viene de fuera. En el Sella se lanzan vivas a todos los países participantes. En el Sella, las banderas se ondean para celebrar y para unir.
Hay algo en esos pocos minutos que preceden al disparo del cañón que da la salida oficial de la prueba que podrían perfectamente formar parte del patrimonio inmaterial de la Humanidad. Unos minutos que se calientan cuando suenan los dos himnos oficiosos de Asturias -el de Víctor Manuel y el de Melendi- y que alcanzan unas cotas de emotividad inexplicables cuando, inmediatamente después del pregón, suena el Asturias Patria Querida y, entonces sí, hay que ser muy (pero que muy) frío para que no se te ponga la piel de gallina o se te caiga alguna lágrima.
Y esos versos finales, que se suelen perder entre el jolgorio y el movimiento de las piraguas:
Y quien tenga ojos que mire
y ponga a mirar el alma
y diga si no es hermosa
la fiesta de las Piraguas
La fiesta de las Piraguas es hermosa porque le habla directamente al alma de todas las personas que la viven. Nos trata de tú a tú y nos regala la posibilidad de experimentar la maravillosa sensación de cerciorarnos, al menos una vez al año, de que estamos vivos.
En el mundo hay grandes eventos deportivos que generan esas sensaciones. Son pocos. Los Juegos Olímpicos y los campeonatos mundiales de fútbol son los más globales e intensos. Después, hay una serie de citas que han logrado instalarse en el imaginario común como paradigma de la competición. El Tour de Francia, por ejemplo, cimentó su fama en unas primeras ediciones que rozaron lo heroico, haciendo que la prueba se enganchara para siempre al corazón de los franceses. 2.426 kilómetros en seis etapas. Solo 21 de los 60 corredores lograron completar la ronda en su primera edición. La idea original era que la prueba fuera tan dura que una única persona fuera capaz de completarla. Era 1903 y el Tour había nacido como una campaña de publicidad para elevar las ventas de un diario deportivo.
Otras citas deportivas cincelan su reputación desde el respeto a las tradiciones. En 1963, se instauró en el torneo de tenis de Wimbledon que las indumentarias fueran "predominantemente blancas" y las fresas con crema son el plato estrella: En las dos semanas de torneo se venden cerca de 30.000 kilos de fruta.
Si el Tour nació del sufrimiento de sus primeros corredores, el Sella se fundó sobre la alegría de sus primeros piragüistas. Si Wimbledon mantiene a raya sus tradiciones y se hace un nombre por el respeto de las mismas, el Sella ha logrado que el chaleco y la montera picona repunten, que los collares de papel de inspiración hawaiana se mantengan año tras año y que la comunicación del Comité Organizador, que sigue enviando cartas postales e invitaciones que se inician con un "saluda", se haya convertido en una seña de identidad, de valores y de elegancia.
El Descenso del Sella no tiene un material deportivo de masas -aunque en los últimos años la emoción de las llegadas ha incrementado notablemente el interés-, y eso hace aún más singular su éxito. ¿Por qué decenas de miles de personas que, con casi toda probabilidad, no tienen el piragüismo entre sus pasiones cotidianas, se reúnen cada año para ver la carrera? Pues porque es algo realmente espectacular y único.
Y lo es aún más si se conoce el funcionamiento de la organización. La directiva que preside Juan Manuel Feliz está formada por 13 personas. Hombres y mujeres que dedican parte de su talento, de su tiempo -se reúnen los viernes en Arriondas- y de su ilusión a que el Sella siga siendo espectacular y único. Coordinan la carrera, organizan el desfile, atienden a las autoridades, buscan patrocinios y trabajan cada año para mantener las tradiciones e ir incorporando nuevos eventos a la liturgia. Todo ello desde el altruismo.
Cuando uno le echa un ojo al completo programa de actividades que rodea a la fiesta de las piraguas, siempre tiene la tentación de pensar en lo bien que hacemos a veces las cosas en Asturias y la poca importancia que le damos. Quizás esté ahí el secreto del éxito, claro, pero resulta tentador imaginar cómo otras culturas elevarían a la categoría de mito, por ejemplo. el pequeño gran gesto del intercambio de aguas entre ríos. Cada año, el Sella se hermana con otro río y alguien viaja desde cualquier punto del planeta trayendo agua del suyo, visita que será devuelta por el Sella durante el año. Este año será el río Limay, de Argentina. No será la heroicidad de escalar el Alpe d’Huez ni el lujo de comer fresas con crema en Londres, pero la imagen de una persona recorriendo miles de kilómetros con el único objetivo de que se no se le derrame el agua que transporta es de una épica, cuando menos, notable.
El Descenso Internacional del Sella cumplirá un siglo de historia en 2030 y sería fantástico un pacto para hacerle llegar el reconocimiento internacional que merece. Empezando, tal vez, por retomar la emisión en directo de Televisión Española.
El Sella es uno de los grandes embajadores que Asturias y España tienen ante el mundo. Es deporte, es cultura, es fiesta, es sencillez, es empatía, es sentimiento, es naturaleza y es emoción. Es un producto hecho desde Asturias cuyo destinatario es la Humanidad en su conjunto, tan necesitada hoy de los valores que acompañan al Descenso.
El Sella hace nuestro mundo mejor. Y los asturianos tenemos la inmensa suerte no ya de tenerlo como vecino –que no estaría nada mal– sino de que forme parte de nuestra esencia y de que sea la destilación casi perfecta de ese concepto tan arrollador que es la asturianía.
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