Un "Urogallo" para el hombre que lleva una vida amando y contando Cudillero: "Me honra"
Juan Luis Álvarez del Busto recibe el galardón del Centro Asturiano de Madrid, con el que reconocen una trayectoria "dedicada a los demás"

Juan Luis Álvarez del Busto, cuarto por la izquierda en la primera fila, con los asistentes a la entrega del premio. / LNE
Recuerda con viveza Juan Luis Álvarez del Busto cómo, con tan solo 17 años, fue capaz de rechazar una oferta laboral en Televisión Española porque “no podía vivir sin el Cudillero mágico que llevaba en el corazón”, herencia de su abuela. Ese cariño por su tierra se intensificó con el paso de los años y de él ha dejado muestras en innumerables ocasiones, impulsando, promoviendo y realizando actividades en favor del concejo del que es cronista oficial desde 1975. Una labor que este domingo fue reconocida con el premio “Urogallo” especial con mención honorífica del Centro Asturiano de Madrid, en un acto celebrado en la Quinta de Selgas.
Álvarez del Busto compartió esta anécdota con los presentes para hacer hincapié en la relación que lo une con la capital española, que se remonta hasta su bisabuelo paterno, Agustín Bravo, quien durante años regentó el hotel Embajadores, en la Carrera de San Jerónimo, hasta que decidió establecerse como boticario en Cudillero.
“Recibió importantes ofertas económicas, incluso de los Estados Unidos, para que abandonase la villa, junto con su familia, por supuesto. Pero todos los intentos fracasaron. Y aquí se quedó para siempre”, recordó. Salvando las distancias intelectuales, añadió, “a mí me sucedió algo parecido, dicho sea con modestia. No cambié Cudillero por Madrid”.
La razón de que el cronista oficial de Cudillero estuviese a punto de convertirse en una estrella televisiva tuvo su origen en sus buenas dotes actorales, de las que en su juventud hizo gala en el grupo de teatro de la localidad. Si bien es cierto que finalmente no se quedó en Madrid, Álvarez del Busto sí tuvo tiempo para conocer al entonces director general de TVE, Jesús Aparicio Bernal, y a figuras como Laura Valenzuela, Paco Valladares y Joaquín Prat.
Sin embargo, su amor por Cudillero pudo más. Un cariño que debe a su abuela y a Toñi, su mujer, “una pixueta de armas tomar, guapa y lista como la que más”, con la que se casó siete años después. Luego llegaron sus hijos, Ana, Miguel y María, y Pablo, su nieto. A ellos dedicó Álvarez del Busto un “galardón que me honra”. Y también a Agustín Bravo, su bisabuelo, porque “renunció a todo por su familia y se quedó en Cudillero”.
La figura de Álvarez del Busto fue glosada por el jurista y escritor Javier Junceda, quien aseguró que el premiado tiene más que merecido el “Urogallo” porque “ha dedicado su larga vida a los demás, en particular a su solar natal, Cudillero, con quien está casado... Con perdón de su querida Toñi”. “Su enfermedad hereditaria se llama Cudillero”, afirmó.
Junceda agradeció al Centro Asturiano que se hubiese acordado de un “asturiano generoso y grande, amante de su pueblo y de su cultura, de la historia sin odiosos sesgos y de la fraternidad”. Por eso, señaló: “A nadie le puede sorprender que recoja esta mañana el Urogallo especial del Centro Asturiano, pero sí que aún no haya merecido los más destacados que su concejo y nuestra región aún le retienen”.
También intervino Andrés Menéndez, presidente adjunto del Centro Asturiano de Madrid y encargado de entregar el premio. En su intervención, destacó la estrecha relación de la institución con la Asociación Amigos de Cudillero, que Álvarez del Busto preside. “Todos los concejos de Asturias tendrían que tener un Juan Luis para que las cosas fuesen mejor. Tu labor es brillante”, destacó.
El acto fue dirigido por José Antonio Álvarez, secretario de Amigos de Cudillero, quien también tuvo palabras de afecto para su amigo y leyó una carta enviada por el alcalde de Oviedo, Alfredo Canteli, para felicitar al galardonado.
Discurso íntegro de Juan Luis Álvarez del Busto
Queridos amigos.
Buenos días y muchas gracias por vuestra presencia en este entrañable acto que me honra, a Javier Junceda por sus palabras en las que deja patente que es mi amigo y a la Fundación “Selgas-Fagalde”, a quien representa su patrono Tomás Menéndez Abascal, por habernos permitido reunirnos aquí, en La Quinta, para recibir el “Urogallo especial con mención honorífica”, que me concede el Centro Asturiano de Madrid, -personificado en el presidente adjunto Andrés Menéndez Pérez- , y que me causa una especial emoción porque, en cierto modo, mi pasión por Cudillero puede decirse que nació, en parte, en la capital de España. Me explico.
En Madrid, el 5 de agosto de 1861, nació mi bisabuelo paterno, Agustín Bravo Fernández de la Muria, que firmaba sus artículos con el seudónimo de “Roque”. Sus padres, Manuel y María –él natural de Orderias (Cudillero) y ella de Parlero (Villayón)-, regentaban en Madrid, en la Carrera de San Jerónimo, el hotel Embajadores, donde, por cierto, se hospedaba José Zorrilla y con el que entabló gran amistad. Durante sus años universitarios y posteriormente ya licenciado en Farmacia, “Roque” siente el atractivo de las tertulias literarias de Madrid y a ellas acude con oído avizor; pero algo aflora en su interior, que bulle por hacerse realidad, y opta por establecerse como boticario en Cudillero, tras haber conocido a la que sería su esposa, Otilia Fernández-Ahúja Argudín. Entre sus muchos cargos, fue Cronista Oficial del Concejo allá por 1900, testigo que, se da la casualidad, recogí en febrero de 1974, cuando tenía 22 años.
Viene todo esto a cuento porque mi bisabuelo, residiendo en Cudillero, recibió importantes ofertas económicas, incluso de los Estados Unidos, para que abandonase la villa, junto con su familia por supuesto. Pero todos los intentos fracasaron. Y aquí se quedó para siempre.
Salvando las distancias intelectuales, a mí me sucedió algo parecido, dicho sea con toda modestia. No cambié Cudillero por Madrid. Os cuento la anécdota. Resulta que yo formaba parte del grupo de teatro de Cudillero que dirigía mi abuela Elvira y parece ser que destacaba como actor. Así que a los 17 años voy con mi padre a Televisión Española para hacer unas pruebas en el cuadro artístico. Allí conocí al entonces director general, Jesús Aparicio Bernal, a Laura Valenzuela, a Francisco Valladares, a Joaquín Prat… En fin, que deciden que me quedo.
Sucede que al día siguiente le comento a mi padre: “Papá, yo, con esta úlcera de estómago, delgado como estoy, no me puedo quedar aquí”. El disgusto fue de órdago, pero me salí con la mía. La causa del “no”, creo que la conté alguna vez: no podía vivir sin el Cudillero mágico que llevaba en el corazón, herencia que recibí de mi abuela, aún hoy viva y vibrante en mis recuerdos y en mi corazón… y de Toñi, una “pixueta” de armas tomar, guapa y lista como la que más, con la que me casé siete años después. Luego vinieron nuestros hijos Ana, Miguel, María; y Pablo, el nieto. A ellos les dedico este galardón que me honra; y también a Agustín Bravo, porque renunció a todo por su familia y se quedó en Cudillero, pero con una parte de su corazón en Madrid, lo que comparto por lo comentado.
Amigos: En 2001, el Centro Asturiano de Madrid me concedió el “Urogallo de bronce al personaje popular”. y 25 años después el “Urogallo especial con mención honorífica”.
En resumen: ¡Vaya pájaro que estoy hecho!
Muchas gracias y un abrazo para todos.
Glosa realiza por Javier Junceda
Este mes se cumplen noventa años de la cruel detención y ejecución en la Cárcel Modelo de Madrid del que fuera presidente del Centro Asturiano de la capital, el inmortal tribuno Melquíades Álvarez. En los años en que dirigió el Centro, de 1914 a 1917, el ilustre jurista y político gijonés ya era toda una personalidad en la Villa y Corte, un letrado prestigioso, metido en berenjenales corporativos o parlamentarios. Por eso tiene mucho mérito que Melquiades aún tuviera tiempo para dedicarse a los suyos, convirtiendo al Centro en una referencia cultural y educativa del máximo relieve. Fue el impulsor del traslado a la nueva sede en la Calle Alcalá, ayudando a costearla, y organizador de la primera Romería del Bollu a orillas del Manzanares, entre otras muchas iniciativas. He querido que mis primeras palabras sean en su recuerdo, al proceder el galardón que hoy nos convoca de una institución que él contribuyó a despertar de su letargo y que ha sido y está siendo desde su creación un faro para tantos asturianos que viven en la tierra de Quevedo o Lope de Vega.
Estoy seguro de que don Melquiades compartiría el acierto de sus sucesores al frente del Centro al honrar a Juan Luis Álvarez del Busto con el Urogallo Especial con mención honorífica de este año. Si el Urogallo del Centro Asturiano de Madrid ya es de por sí prestigioso, no les quiero ni contar si se le añade eso de Especial y honorífico.
Juan Luis merece este Urogallo y cuantos animales totémicos tenemos en el Principado. Y es así porque ha dedicado su larga vida a los demás, en particular a su solar natal, Cudillero, con quien está casado, con perdón de su querida Toñi. Bueno, más bien Juan Luis es marido, hijo, padre, nieto, bisnieto, tataranieto, chozno y amigo íntimo de Cudillero. Y por ahí seguido. Su enfermedad hereditaria se llama Cudillero, del que te habla permanentemente como hacía de los arenques aquel personaje de la descacharrante película de Woody Allen La última noche de Boris Grushenko.
Ya que nos congrega un premio no me resisto a desvelar lo que me dijo un buen día Juan Luis sobre ellos. Al incorporarme al Jurado de la histórica Amuravela de Oro, una de las mayores recompensas que en Asturias se otorgan, precisamente salida del magín del aquí homenajeado, Álvarez del Busto me comentó muy bajito y sin que nadie se enterara de las maquinaciones de determinados personajes para hacerse con el distinguido laurel. Desde tratar de comprarlo directa o indirectamente hasta presionar a quienes debían decidir con ardides de lo más variado.
Dieron siempre en hueso, porque Juan Luis es persona íntegra, pero en la segunda acepción del término que recoge el Diccionario, la que se refiere a rectitud, ya que la primera es sinónima de querer todo a toda costa, algo para lo que él no vale y no debiera valer nadie, pero estos tiempos están colmados de estos reconocimientos venales y de cartón piedra, perseguidos por gentes que merecerían compasión cuando no tener que sentarse en el diván del psicólogo un largo rato.
Creo que fue precisamente en una ceremonia de entrega de una Amuravela, cuando relaté aquella ingeniosa conversación entre Ciceron y un discípulo acerca de los monumentos diseminados por las calles de Roma, entre los que no se encontraba ninguno dedicado al estoico cordobés. El senador, intelectual y sabio orador, ante la extrañeza de su pupilo, le repuso: “prefiero que alguien se pregunte por qué no tengo un busto a que se pregunte por qué lo tengo”.
Esto siempre me recuerda a nuestro premiado de hoy. A nadie le puede sorprender que recoja esta mañana el Urogallo Especial del Centro Asturiano, pero sí que aún no haya merecido los más destacados que su concejo y nuestra región aún le retienen. Encuentra difícil explicación que esto suceda, y les aseguro que el bueno de Juan Luis jamás me dijo esta boca es mía al respecto. Es más: cuando se lo comentas, calla, como hacen los Señores y los que hacen las cosas por amor al arte, sin nada a cambio y sin jugar a ese hediondo banco de favores de vergüenza ajena.
Agradezco de veras al Presidente y Junta Directiva del Centro Asturiano de Madrid por haberse acordado de este asturiano generoso y grande, amante de su pueblo y de su cultura, de la historia sin odiosos sesgos y de la fraternidad. Juan Luis Álvarez del Busto debiera apellidarse Álvarez de Cudillero, porque lleva en la sangre y en la memoria a un terruño y a una costa de auténtica postal, que no tiene parangón en España o el mundo, aunque eso mejor que lo diga él en sus palabras, que no quiero que demoren demasiado y por eso me gustaría terminar aquí.
Muchas gracias por su atención y mi más sincera enhorabuena, querido Juan Luis.
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