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La otra crónica del eclipse en Asturias: cara al Sol me sentí como un animal

El eclipse no lo vimos, pero sí interiorizamos esa noche súbita que vino a recordarnos la fragilidad de una especie a bordo de una gran bola azul

Duelo al sol, ayer, entre dos espadachines en el prau Llagüezos, en Lena, antes del eclipse.

Duelo al sol, ayer, entre dos espadachines en el prau Llagüezos, en Lena, antes del eclipse. / Roberto Menéndez

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Eduardo Lagar

Eduardo Lagar

El 11 de febrero de 2010 descubrí que el Rey y yo éramos iguales. O sea, nadie. LA NUEVA ESPAÑA me había enviado a cubrir la toma de posesión como presidente de Chile de Sebastián Piñera, de raíces familiares en Colunga. Iban a dar las 12 horas en el edificio del Congreso Nacional en Valparaíso cuando la tierra tembló. Durante 45 segundos interminables (dos sacudidas de 6,9 y 7,2 grados Richter), todo lo que era sólido se tornó gelatinoso; casi líquido. Quedamos sin tierra firme bajo los pies. Flotábamos sobre un oleaje de cemento armado. Abajo, en los escaños, el entonces Príncipe de Asturias, rodeado de numerosos presidentes latinoamericanos, miró al techo con susto. Había una lámpara de láminas enormes columpiándose de lado a lado, a punto de segar sus cuellos como una guillotina. Felipe estaba ante la peor pesadilla de las dinastías de origen francés. De repente, el hombre cuya familia poseyó Chile -y todo el continente americano- quedó reducido a súbdito insignificante de la Tierra iracunda. No cabía sino entregarse a lo que viniera. Entonces, Felipe de Borbón y un servidor nos igualamos: éramos muy poca cosa, hormigas, ejemplares perecederos de una especie animal más en un planeta más que orbita una estrella más, integrada en una galaxia más.

Por suerte, libramos. Aquella sacudida que anunciaba escombro y tumba fuese y no hubo nada.

Los eclipses tienen la misma categoría que los terremotos en el catálogo de fenómenos radicales. En ambos casos, la magnitud de la naturaleza doblega a quienes creen gobernar la Tierra. En la geología, el imperio de la física brota de abajo a arriba. En la astronomía, cae de arriba abajo, como una lluvia de dioses. La mecánica celeste hace un extraño y rompe la certeza más tranquilizadora del ser humano: que mañana siempre es otro día. Creemos que el brillo solar va y viene siempre como un reloj. Pero no. En un eclipse tartamudea, llega dos veces la noche en el mismo día y parece que va a ocurrir lo único que temían Astérix y los galos, que el cielo caiga sobre nuestras cabezas.

A las cinco de la tarde, ayer en Oviedo, el sol castigaba y, como correspondía a un día azul de agosto, los paseantes sudorosos llevaban la sombra cosida a los talones. Pocas horas después, estaba previsto que el eclipse deshiciciera esa ligazón. Sin llegar a la noche verdadera, nos cubriría una súbita oscuridad y, como le pasó a Peter Pan, todos perderíamos nuestra sombra a deshora. Daba algo de miedo, pero el día prometía. En el Campo San Francisco, junto a Mafalda, había gente tendida sobre una manta. Esperaban ya ese momento. Todos miraban–también Madalda– hacia el oeste, donde el Sol se transformaría a las 20.30 horas en algo parecido al ojo de Sauron, una corona resplandeciente, aterradora.

En cambio, como en todo el planeta, la mayoría de personas iba y venía mirando hacia abajo, embebidas en su móvil. Unas horas después todos estaban llamados a levantar la cabeza. Por unos momentos, gracias al baile del Sol y la Luna, íbamos a romper el hilo del algoritmo que nos amarra al ombligo. El eclipse iba a ser una buena oportunidad para retomar esa costumbre de alzar la vista y ver la realidad. La primera vez que los humanos levantamos la cabeza para saber qué pasaba allá arriba, cuando los Presocráticos, inventamos la Ciencia, vimos que el mundo era un sistema cognoscible. Prediciendo el baile cósmico que causa un eclipse nos libramos de la mala sombra del pensamiento mágico.

Sobre las 18.30 horas, el cielo se iba cubriendo en Oviedo con tal rotundidad que la tarde iba pareciéndose a ese eclipse total con meses de duración que en Asturias llamamos invierno o, en su versión más ligera, «verano asturiano». Descubrimos que todavía nos hace falta más cambio climático para que esto sea Benidorm en agosto, aunque vamos acercándonos peligrosamente. En el barrio ovetense de Vetusta, donde el eclipse iba a dejar una imagen histórica –la colina fundacional de Oviedo en primer término, presidida por la Catedral, y la corona solar arriba a la derecha– los que allí se habían congregado ya desesperaban. A las 19.36 horas, alguien proponía a su grupo de amigos: «¿Lo ponemos por Youtube o qué? A partir de entonces la gente volvió a ensimismarse en las pantallas para ver las retransmisiones del disco solar comido por la Luna. Nos habían prometido un eclipse nunca visto en Asturias y fue eso. Literal. Menos mal que la realidad ocurre hoy dentro de los móviles y ahí dentro siempre hace buen tiempo.

Aún así, muchos que habían salido a ver el eclipse porfiaron cara a un sol inexistente, mirando a la panza de burro que atechaba la magnífica fachada que Oviedo muestra desde ese punto. En el puente de Villafría, medio centenar de personas seguían esperando el momento llamado de totalidad, cuando la Luna abre las puertas de la noche súbita. Y ese momento llegó poco después de que las farolas se encendieran anunciándolo.

Entonces, la realidad se aceleró, nos arrastró en un «timelapse» vertiginoso hacia una noche instantánea. Y, sí, cayó la temperatura. Y, sí, los grillos iniciaron un scherzo nervioso, una protesta por semejante desbarajuste horario. Y, como los grillos, todos los animales humanos que allí estábamos, percibimos que algo raro estaba pasando. Volvimos a tener los pies en la Tierra. Sentimos que se había roto la tranquilizadora regularidad de la naturaleza. Que había algo que nos superaba. Algo que tenía que ver con viajar todos juntos en una frágil bola azul que corre elípticamente a 107.000 kilómetros por hora a través del espacio. Se produjo un silencio espeso y allá cada uno interiorizó como pudo un cierto terror cósmico.

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