Carlos Salas, periodista, formador en oratoria y comunicación: "La IA no puede ver lo extraordinario en lo cotidiano"
"El pensamiento crítico no consiste en decirle a nadie qué debe pensar, sino en ofrecerle herramientas para llegar a sus propias conclusiones"
"Necesitamos pertenecer a una tribu: una familia, un grupo; el problema llega cuando esa pertenencia sustituye al razonamiento"

Carlos Salas, en el paseo de Salinas. / Miki López
Periodista, formador en comunicación y escritor, autor de ocho libros enfocados en la redacción, el "storytelling" y las técnicas para hablar en público, y vinculado a Asturias por su esposa, sus hijos y sus veraneos en Salinas, Carlos Salas (Caracas, 1956) defiende el pensamiento crítico, la práctica para vencer el miedo a hablar en público y un periodismo que vuelva a buscar historias y explicar por qué ocurren las cosas. Salas descubrió Asturias con poco más de veinte años, cuando viajó desde Madrid para conocer a los padres de la que después sería su mujer, ovetense e hija de un trabajador de Ensidesa. Era julio y había dejado atrás los 40 grados de la capital. Al subir el puerto, todavía sin autopista, vio llover, vacas y un paisaje completamente verde. "¿Esto qué es? Esto es Shangri-La", el valle mítico de "Horizontes perdidos" , recuerda. Después llegó a la playa de Salinas y terminó de enamorarse de una tierra a la que sigue regresando cada verano.
Tiene fuertes vínculos con Asturias.
Muchísimos. Mi mujer es de Oviedo, veraneamos aquí desde entonces y ahora están también mi hija, mis nietos y mi yerno. Mi hija se llama Deva, por la isla. Además, mi padre, nacido en Venezuela, decía que nuestro apellido procedía de Salas, en Asturias, no en Burgos. Para mí sigue siendo una tierra especial. Me gusta el carácter asturiano: directo, cercano, abierto y hospitalario. Asturias es distinta y mis hijos también lo sienten.
¿En qué ocupa ahora su tiempo?
Doy clases de comunicación, especialmente de hablar en público, en escuelas de negocios, universidades y empresas. También enseño periodismo y escritura. Sigo escribiendo y preparo dos libros: uno sobre oratoria, ampliado respecto a una versión anterior, y otro sobre pensamiento crítico. Este último me parece especialmente necesario porque recibimos información sin descanso y cada vez cuesta más distinguir qué es verdad, qué es mentira y qué responde simplemente a nuestros prejuicios.
¿Hay poco pensamiento crítico actualmente?
El pensamiento crítico es juzgar algo después de analizarlo. No consiste en decirle a nadie qué debe pensar, sino en ofrecerle herramientas para llegar a sus propias conclusiones. Cuando uno recibe una noticia, debe preguntarse si la fuente es fiable, si hay un medio serio detrás, qué pruebas aporta y qué intereses pueden intervenir. Todo el mundo está condicionado por su educación, su ideología, su religión o el lugar donde nació, pero podemos aprender a detectar esos condicionantes.
Para tener pensamiento crítico, ¿hay que librarse de prejuicios?
Ahora se habla más de sesgos, e incluso existe el sesgo frente a los sesgos. Los sesgos tienen un origen biológico y nos protegen. Si un perro te mordió de niño, tu prevención no es absurda. También necesitamos pertenecer a una tribu: una redacción, una sección, una familia o un grupo. El problema llega cuando esa pertenencia sustituye al razonamiento. Por eso conviene preguntarse si alguien está aportando datos o solo una opinión. Yo digo que una opinión es un análisis sin pruebas y un análisis, una opinión sostenida por datos y argumentos. En mis clases les digo: tenéis que aprender a pensar.
¿Y cómo se aprende a eso?
Dedicándole tiempo. Pensar no es ir encadenando recados mientras uno cruza un semáforo. Hay que detenerse, formular preguntas, hablar con otra persona, grabarse o salir a caminar y desarrollar un asunto. Sócrates no daba respuestas: preguntaba hasta que el interlocutor encontraba algo dentro de sí mismo. Esa es también la tarea de un buen maestro, un jefe de redacción, un médico o un padre: ayudar a que la otra persona saque sus propias conclusiones.
¿Por qué cuesta tanto hablar en público?
Porque exponemos nuestra reputación. Tememos equivocarnos y que los demás formen una mala opinión de nosotros. A quienes tienen miedo les digo, provocándoles un poco, que son egoístas: quieren que el público les aplauda y les confirme que son extraordinarios. Hay que cambiar la dirección. Uno no sale a recibir, sino a dar, compartir o regalar algo. Cuando dejas de esperar la aprobación, te relajas. Después hacen falta estructura, práctica y una preparación seria.
¿No basta con tener talento?
El talento ayuda, pero sin trabajo se queda en nada. Los grandes oradores practican durante horas: escriben, ensayan delante de un espejo, corrigen los movimientos y construyen casi una coreografía. También hay recursos muy sencillos. Recomiendo llevar una tarjeta con los puntos principales. Puede actuar como un talismán. Steve Jobs leyó durante buena parte de su famoso discurso en Stanford, pero tenía tres historias poderosas y un tono personal. Leer no es necesariamente malo, lo malo es sonar distante y académico.
¿Se puede aprender entonces?
En una de las escuelas donde enseño, el IESE, llegan jóvenes recién graduados de todo el mundo. Durante la primera semana trabajan mañana y tarde la oratoria. El primer día algunos tiemblan, se bloquean o salen del aula. Al final hablan ante grupos grandes con una seguridad que sorprende incluso a los profesores. No hay magia: hay método, práctica y mentores que empujan, corrigen y ayudan a romper barreras psicológicas.
Usted nació en Venezuela. ¿Cómo llegó al periodismo español?
Mi madre era española. Nos mudamos a España cuando yo tenía seis años, regresé a Venezuela a los catorce y volví solo a los veintiuno para trabajar y estudiar Periodismo. Fui "freelance" y después pasé por "Actualidad Económica", "El Mundo", "Capital", "Metro" y "lainformacion.com", entre otros proyectos. Tras esa etapa aposté más por la docencia, aproveché la experiencia acumulada, escribí libros y completé una tesis doctoral en Filosofía sobre las preguntas en Platón.
¿Cómo explica la deriva venezolana?
El chavismo no apareció por arte de magia. Antes de Chávez había fragmentación política, inflación, devaluación y una enorme frustración social. Él llegó con un discurso de orden, patriotismo y atención a los más humildes, y además era un orador extraordinario. El problema fue creer que los recursos eran ilimitados, endeudar al país, utilizar la petrolera estatal para financiar la política y sustituir la gestión profesional por lealtades. Maduro terminó de agravar una ruina que provocó la salida de millones de venezolanos.
¿Le preocupa la polarización?
Sí, aunque conviene mantener perspectiva. En la Transición y los años ochenta había terrorismo y violencia política. Hoy la polarización tiene otras formas y se mezcla con un fenómeno europeo: el debate sobre la inmigración sin control y la identidad. Mucha gente teme expresarse porque no quiere recibir una etiqueta. Se puede defender la inmigración y, al mismo tiempo, discutir cómo se gestiona. Negar que existe una preocupación identitaria no hace que desaparezca; simplemente deja ese espacio a quienes sí saben explotarla.
Ha escrito recientemente sobre los incendios en "Artículo 14". ¿Qué diagnóstico hace?
La despoblación ha dejado amplias zonas llenas de maleza y masa forestal. Limpiar terrenos privados es caro, las normas son complejas y en veranos secos esa acumulación se convierte en combustible. El cambio climático influye, pero no basta con invocarlo. Hay que actuar antes: facilitar los trabajos en invierno, poner recursos, coordinar administraciones, crear equipos especializados y dejar de politizar cada catástrofe. Al final quien pierde la casa, el monte o la explotación es el ciudadano.
Con la perspectiva que le da tantos años de profesión, ¿hacia dónde va el periodismo?
Desde la crisis de 2008 se juntaron la caída de la publicidad, el retroceso del papel y la costumbre de ofrecer gratis la información digital. Ahora aparece la inteligencia artificial. Pero hay algo que los medios no pueden perder: contar historias. Nos hemos convertido demasiado en reproductores de notas de prensa. Falta salir, rascar, encontrar un personaje y descubrir qué hay detrás. La buena historia humana sigue funcionando en papel, en una web, en un teléfono o en una red social.
¿Qué debería recuperar una redacción?
Dos preguntas: qué historia tenemos y por qué ha ocurrido esto. Muchas noticias cuentan lo que pasó, pero no explican qué significa. También se ha perdido parte del aprendizaje interno. Un redactor jefe debe decirle a un periodista: "Ponte con eso", liberarlo durante dos o tres días, corregirle y, si hace falta, tirar el primer texto. Yo corregía con rotulador rojo y luego cambié al verde porque el rojo tenía demasiado impacto emocional. Ese control de calidad enseña más que muchas clases.
¿La inteligencia artificial puede sustituir ese trabajo?
Puede redactar notas de prensa porque muchas ya nacen automatizadas. Lo que no puede hacer, por ejemplo, es caminar por Salinas, hablar con un vendedor de helados y descubrir que fue policía de la unidad antidroga, que pasó años haciendo escuchas y participó en operaciones contra mafias. El periodista escucha una frase, se sorprende y tira del hilo. Esa intuición convierte una conversación casual en una historia. La máquina organiza información, el reportero reconoce lo extraordinario dentro de lo cotidiano.
Volver a los básicos, vamos.
El periodismo no cuenta que los semáforos funcionan o que los padres llevan a sus hijos al colegio. Cuenta el día en que todos los semáforos se averían o cuando algo rompe la normalidad, lo que no pasa. Por eso hay que entrenar la curiosidad y proteger el tiempo para investigar. La frase más bonita que puede oír un periodista es: "Ponte con eso". Mientras existan historias, preguntas y alguien dispuesto a buscar el porqué, la profesión tendrá mucho que decir. Y también habrá lectores dispuestos a detenerse ante ellas, entenderlas y compartirlas, cualquiera que sea la pantalla por la que lleguen.
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