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Dos historias tras dos imágenes que reflejan la doble cara del eclipse en Asturias: una foto de la frustración en Oviedo y una foto de la fascinación en El Acebo

Miki López y Mario Canteli, fotoperiodistas de LA NUEVA ESPAÑA, relatan los desvelos, con resultado dispar, para conseguir una imagen para la historia de la región

El eclipse total, visto desde El Acebo.

El eclipse total, visto desde El Acebo. / Mario Canteli / LNE

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Miki López / Mario Canteli

Una "doble f" marcó el eclipse en Asturias. La "f" de frustración, vivida en buena parte del territorio asturiano por las nubes que se adentraron por todo el litoral alcanzando buena parte del interior. Y la "f" de fascinación, que vivieron los que optaron por puntos privilegiados tierra adentro, sobre todo del Suroccidente y de la montaña central, donde el fenómeno se vivió en todo su esplendor. Esas dos caras quedan reflejadas con el testimonio de los fotoperiodistas de LA NUEVA ESPAÑA Miki López y Mario Canteli, que inmortalizaron el momento histórico, tras largas semanas de preparación, en dos puntos diferentes y con suerte dispar: el primero, en Oviedo, donde el cielo encapotado frustró la búsqueda de la imagen perfecta; y el segundo, en el santuario de El Acebo (Cangas del Narcea), donde el cielo permaneció abierto y se mezcló con un ambiente fantástico para consumar la gran foto del eclipse en Asturias, que sirvió de portada de este periódico.

El momento de la oscuridad total en Oviedo, desde el puente de Villafría.

El momento de la oscuridad total en Oviedo, desde el puente de Villafría. / Miki López / LNE

Foto de una resignación

Por Miki López, jefe de sección de Fotografía de LA NUEVA ESPAÑA

Durante semanas imaginamos un periódico redondo.

Un eclipse total de Sol atravesando Asturias no era una noticia más. Era uno de esos acontecimientos que, incluso antes de suceder, ya empiezan a formar parte de la memoria colectiva. Y uno, que lleva demasiados años mirando el mundo a través de una cámara, sabe que hay pocas imágenes que no se puedan imaginar en semejante situación:

El Sol apagándose sobre el Cristo del Naranco.
La corona suspendida sobre la Catedral.
Un faro recortado ante una luz imposible.
El Niemeyer, el Cantábrico, los Picos de Europa.

Había una Asturias para cada encuadre, para cada edición del periódico.

Fueron días de mapas, aplicaciones astronómicas, cálculos y kilómetros. De buscar azimuts, medir desniveles y regresar a los mismos lugares a la hora exacta. De comprobar desde dónde el Sol iba a entrar en el plano, qué focal permitiría contar la historia y qué árbol, qué edificio o que loma podían arruinarla.

Planificamos como se planifican las cosas que importan, obviando el hecho de que todo podía salir mal para una foto que no tendría segundas oportunidades.

Porque no se trataba solo de fotografiar un eclipse. Se trataba de fotografiarlo aquí. De convertir un fenómeno astronómico extraordinario en una imagen reconocible, propia, asturiana. De dejar para la historia de este periódico y de esta tierra algunas de esas fotografías que, con el paso de los años, nos harían recordar la mágica sensación de una noche fugaz. Bastante más fugaz que la propia vida pero que da dimensión a lo que realmente somos en mitad del vasto universo.

Pero Asturias también tiene su propio guion.

Y cuando llegó el gran día, el cielo se cerró.

No hubo Sol sobre los monumentos. No hubo corona, ni siluetas, ni gafas que valgan. Hubo nubes. Hubo costa cubierta. Hubo fotógrafos mirando una y otra vez hacia arriba, esperando una rendija que, según se acercaba la hora, sabíamos que jamás llegaría.

La imprevisible meteorología asturiana del puñetero viento del norte impuso su ley.

No es una derrota de la planificación. Tampoco un consuelo. Lo preparamos todo y no tuvimos la foto. Esa es la realidad. Y conviene decirlo así, sin disfrazar de victoria lo que fue una frustración compartida.

Pero quizá ahí reside también una parte de este oficio.

La fotografía enseña a aceptar que no basta con estar preparado. Que puede haber un momento, justo el más decisivo, que no controlamos. Eso lo sabemos y lo hemos sufrido todos los fotoperiodistas. Podemos llegar antes, estudiar la luz, elegir la óptica, anticipar el lugar exacto desde el que se alinearán el Sol y una torre. Podemos hacer todo bien.

Y, aun así, volver a casa sin la imagen y realmente frustrados.

Ayer Asturias perdió muchas fotografías que podrían haber sido históricas. El eclipse ocurrió, lo vivimos pero no lo vimos. Al menos no como habíamos soñado.

Nos queda la espera, los mapas, las pruebas y ese extraño silencio de los lugares que, durante unos minutos, guardaron la imagen para ellos mismos.

Asturias no quiso regalarnos la foto y no vale el clásico “para la próxima “. La vida dura lo que dura y no da para dos eclipses en el mismo sitio.

Ye lo que hay.

El momento del eclipse total, en el santuario de El Acebo, en Cangas del Narcea.

El momento del eclipse total, en el santuario de El Acebo, en Cangas del Narcea. / Mario Canteli / LNE

Hacer sentir lo que yo sentí

Por Mario Canteli, fotoperiodista de LA NUEVA ESPAÑA

Podía parecer un día de trabajo más, una lista de encargos que tienes que cumplir. En realidad, cada foto que haces es difícil que se vuelva a repetir: una rueda de prensa, un partido, un suceso. Son fotos que, si no logras hacerlas al momento, no pueden ser publicadas en el periódico. Ayer, luego de haber repartido las ubicaciones, todos los compañeros y compañeras, tanto fotógrafos como redactores, salimos del periódico a cubrir la gran noticia: el eclipse total que se viviría en Asturias.

Cada uno de nosotros ya tenía pensado cómo iba a hacerlo, dónde nos íbamos a colocar y qué equipo llevar. Todo para evitar que, por un error tonto, perdiéramos esa oportunidad fugaz de hacer una foto de ese eclipse que, dependiendo de la zona, duraría como mucho un minuto y cincuenta segundos.

En ese tiempo teníamos que crear una foto única de cada parte de Asturias. A mí me tocó en el Cabo Peñas, una localización muy icónica del paisaje asturiano, pero, luego de ver el parte meteorológico, el periódico decidió reubicarme a Cangas del Narcea, en concreto en El Acebo, uno de los mejores sitios para poder ver el eclipse en la zona. Y resultó ser uno de los mejores lugares de toda Asturias.

Tras llegar con tiempo de sobra, tuve que pensar cómo hacer la mejor foto posible. Porque no es lo mismo planearlo en casa que cuando llegas a la localización y resulta que no queda tan perfecta como te la habías imaginado.

Una vez todo listo, solo tocaba esperar. A medida que se acercaba la hora, los mensajes de varios compañeros se sucedían en el grupo de fotógrafos. Las pocas nubes que había en la costa se habían hecho más grandes y avanzaban hacia el interior, tapando así la capital. En ese momento me di cuenta de que la foto que tenía que hacer no era una más de una galería, sino que probablemente sería casi la única oportunidad que tendría el periódico para hacer una gran foto del eclipse.

Los nervios se dispararon. Ajustas la cámara, compruebas la batería, miras que el encuadre esté bien. Todo esto, a escasos minutos del eclipse.

A las siete y treinta y uno, la Luna hizo acto de presencia, comenzando a ocultar ese Sol que nunca antes había visto desaparecer por completo en el cielo. A las ocho y veintiocho, la Luna tapó por completo al Sol. Ahí empezó mi cuenta atrás: poco menos de dos minutos para hacer todas las fotos posibles.

Luego de cumplir con las que tenía en mente, me detuve unos segundos a contemplar el eclipse, ya que, con el estrés, ni mi cabeza había procesado lo que allí estaba pasando. Así que me uní al resto de gente que allí se encontraba para contemplar, atónitos, lo que era aquello.

Es una sensación difícil de contar, pero es algo que no se siente natural. Parece más propio de la inteligencia artificial que de la realidad. Un anillo de fuego en plena noche que, tan rápido como se formó, desapareció frente a nosotros para no volver a ocurrir en cientos de años.

Me siento muy agradecido de haber podido contemplar este evento astronómico tan impactante, pero también de haber podido fotografiarlo. Al final, ese es nuestro trabajo: estar allí cuando ocurre algo que no volverá a repetirse y conseguir que, aunque sea a través de una imagen, quienes no pudieron estar allí puedan sentir un poco de lo que nosotros sentimos.

Ayer salí del periódico pensando en hacer una foto más. Volví sabiendo que acababa de fotografiar algo que, probablemente, no volveré a ver nunca. Y creo que hay momentos en los que una cámara deja de ser solo una herramienta de trabajo y se convierte en la manera de guardar para siempre algo que apenas duró un par de minutos.

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