Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

"Asturias en la Edad Moderna", una excepcional serie de libros sobre historia al alcance de los lectores

Gaspar Casal y el Mal de la Rosa, el nacimiento de una "nueva" enfermedad que el mundo conocería después con el nombre de pelagra

El quinto volumen de la nueva colección editorial de LA NUEVA ESPAÑA, titulado "Nobles, tísicos y pobres de solemnidad", llega a los kioscos este fin de semana, el sábado 15 y el domingo 16 de agosto

Escena campesina familiar.

Escena campesina familiar. / ILUSTRACIÓN DE N. DÁVILA, CEDIDA POR VENANCIO MARTÍNEZ

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Eduardo García

Eduardo García

Gijón

"El año 1713 fui a Madrid con el ánimo de permanecer allí, pero me probó tan mal su seco temperamento (muy frío en invierno y caliente en el verano) que, conociendo el riesgo que me amenazaba, me vi precisado a dejarlo y marchar para Asturias el verano de 1717. Llegué a la ciudad de Oviedo, y experimentando que con el húmedo temple y alimentos más fáciles y ligeros de aquel país, iba cada día mejorando, hice propósito de mantenerme allí toda mi vida".

Esto escribía en sus diarios Gaspar Casal, una de las grandes figuras de la historia de la Medicina española; un sabio que abrió camino y que fue el descubridor científico de una enfermedad carencial, el Mal de la Rosa, como se conocía la pelagra. Había nacido en Gerona en 1680 y trabajó en Asturias desde ese año de 1717 hasta 1751, cuando retornó a Madrid como médico de cámara del rey Fernando VI. Fue médico municipal de Oviedo y médico del Cabildo de la Catedral. Su gran obra, una recopilación de escritos en los que detalla con pulcritud la evolución de las distintas enfermedades en pacientes a su cuidado, es todo un clásico: la "Historia Natural y Médica del Principado de Asturias" vio la luz en 1762, tres años después de su muerte.

El nacimiento del Mal de la Rosa como enfermedad científicamente documentada tiene fecha: 26 de marzo de 1735. Casal escribió que ese día "cierto individuo de cuarenta años vino a consultar conmigo, y en correcto y elegante lenguaje", le explicó sus síntomas: fiebres sin perder del todo el apetito. Sopor muy pesado tras la comida, poca sed y un cansancio que rayaba en la impotencia, especialmente en las piernas. El ejercicio, por tenue que fuera, le producía pérdidas de equilibrio. "Andaba siempre negligente y perezoso, me molestaba continuamente el amargor de boca. No podía sufrir el frío, pues me atormentaba terriblemente. Y mientras estaba quieto tenía siempre los pies helados, pero si caminaba me ardían de calor", señaló el enfermo.

La esposa del hombre padecía el mismo mal, con grandes dolores de cabeza. Gaspar Casal fue notando escrupulosamente otros casos parecidos y sacando conclusiones: "Aunque los síntomas de esta enfermedad son muchos y crueles", escribió el médico, uno de ellos era denominador común: "Una costra terrible que aunque en su primer origen tiñe solamente la parte atacada de un color rojo, cubriéndola de cierta aspereza, degenera por fin en una costra extremadamente seca, escabrosa, negruzca, cortada muchísimas veces por profundas hendiduras que penetran hasta la carne viva, con dolor agudo, ardor y malestar". Afectaban principalmente a manos y pies.

Estigmas que Casal señala que podían persistir toda la vida, "y bien puede decirse que es aniversaria, pues vuelve todos los años en la primavera, como las golondrinas". Una licencia poética que no le impidió redactar una lista pormenorizada de efectos, entre los que se encontraba "la pesadumbre que sin causa conocida asalta a los enfermos y les hace prorrumpir en llanto lastimero". El Mal de la Rosa producía graves alteraciones del ánimo: "Muchos de los que ya tienen arraigada la enfermedad caen en la melancolía, y los miserables enfermos, impelidos no tanto por el furor como por la angustia, se arrebatan en burlas y denuestos y, abandonando sus domicilios, vagan por los montes y lugares solitarios y hasta suelen caer en la desesperación".

Gaspar Casal indagó en las causas. En primer lugar en la climatología, pero sobre todo en los alimentos o, para ser exactos, en la carencia de algunos de ellos. La dieta de los pobres –la inmensa mayoría de los asturianos– se componía de maíz y mijo, con aporte de castañas, habas, guisantes y nabos. También huevos y lácteos, además de frutas. Cualquiera diría que era una alimentación variada, pero el problema estaba en la ausencia casi total de carne fresca, señalaba Casal. El Mal de la Rosa afectaba mucho más a pobres que a ricos, por lo que las condiciones climatológicas no eran decisivas, aunque influyeran.

Gaspar Casal fue capaz de limitar el kilómetro cero de la enfermedad, en cuatro concejos asturianos: Las Regueras, Llanera, Corvera y Carreño. "Un territorio", escribió, "que ocupa a lo sumo la vigésima parte de la provincia, y mientras en él son innumerables los que padecen esta enfermedad, son muy raros los que la sufren en el resto de Asturias".

El nuevo volumen del coleccionable "Asturias en la Edad Moderna" se distribuirá este fin de semana, el sábado 15 y el domingo 16 de agosto, con el periódico del día y al precio de 7,95 euros. Esta es la quinta entrega de la colección de libros que LA NUEVA ESPAÑA ha dedicado a los siglos XVI, XVII y XVIII, en una nueva iniciativa editorial ligada al territorio y la historia de la región. Consta de seis tomos, con textos del periodista Eduardo García y fotografías de Miki López, y, aunque no siguen una secuencia cronológica convencional abarcan el periodo comprendido entre el desembarco del emperador Carlos V en Tazones en 1517 y la Guerra de la Independencia y la proclamación de la Constitución de 1812. Cada uno de los libros que componen la colección tiene 72 páginas, está encuadernado en tapa dura y tiene un formato compacto y de fácil manejo.

Tracking Pixel Contents