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El día que pusimos el Sol en nuestras manos: el eclipse en Asturias, narrado por el escritor Ricardo Menéndez Salmón y el científico Alberto Fernández

El autor y el físico describen cómo vivieron el día en que millones de personas aprendieron a mirar la luz

Seguimiento del eclipse en el Acebo

Seguimiento del eclipse en el Acebo / Mario Canteli

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El mundo se apagó en 110 segundos de noche. La literatura y la ciencia lo encienden de nuevo. El escritor Ricardo Menéndez Salmón y el científico Alberto Fernández Soto cuentan aquí su original, personal e intransferible testimonio durante el eclipse, el día en que millones de personas aprendieron a mirar la luz. Para Menéndez Salmón, vivimos en un océano de luminosidad que, cuando retira sus olas, nos reduce a una condición precaria. Fernández Soto valora la experiencia como transformadora y anima a contemplar el cielo incluso sin eclipses: siempre está ahí para disfrutar.

Mi eclipse con Conchi

Ricardo Menéndez Salmón

Una de las cosas que más me gusta de la vida junto a Conchi es ese instante en el que la luz incide en su ojo derecho y la lente que ha sustituido a su cristalino original introduce en su mirada un destello inhumano. Ese destello me hace siempre pensar en la primera aparición en la pantalla de Rachael, la maravillosa replicante interpretada por Sean Young en «Blade Runner». Mi corazón, como supongo que le sucedía al personaje de Rick Deckard en la película, suele entonces saltarse un latido. Porque el destello en el ojo de Conchi introduce un atisbo de otra naturaleza en su naturaleza primordial, generando un diálogo perturbador, aunque para mí muy placentero, entre el cuerpo primitivo y el cuerpo biohackeado. No por común, la cirugía del cristalino transparente resulta menos poética. El ojo que me mira (que se irrita o se compadece conmigo, que se interroga o se ríe conmigo) es un ojo intervenido. Nunca estoy seguro de qué o de quién me mira desde el cristalino artificial de Conchi. Pero sí sé que esa incertidumbre me enamora.

El cristalino de Conchi brillaba ayer con feroz insistencia mientras caminábamos a nuestra cita con el eclipse en una terraza (ilegal) de un noveno piso en el centro de la ciudad de Gijón. Llevábamos a ese encuentro una empanada de bonito hecha en casa y cerveza a esgaya. De común acuerdo nos habíamos vestido con un punto de elegancia, algo que en Conchi resulta una petición de principio, pues la elegancia y Conchi son una y la misma cosa, pero que en mi caso exige un esfuerzo de adaptación, una estrategia de aproximación y un detallado ritual de pruebas ante el espejo. El paseo de Begoña estaba atestado de público y en el aire latía una innegable promesa de inminencia. Como siempre que un acontecimiento se convierte en símbolo (aunque no se sepa a ciencia cierta de qué: si de nuestra codicia, si de nuestra estupidez o si de nuestra sed inextinguible de sucesos de carácter simbólico), el acontecimiento se había transformado en su propia expectativa. Igual que en las buenas películas de terror, se pasa más miedo esperando el susto que con su materialización.

En la terraza (ilegal) del noveno piso nos juntamos nueve adultos, una niña y un perro. Nuestras edades oscilaban entre los 5 y los 71 años. Ambiente de izquierdas, pero sin exotismos. Casi todos socialdemócratas, o como sea que se llaman ahora. Conversaciones en torno a Elon Musk y su muchachada en el parador burgalés de Lerma, los nuevos fichajes del Real Madrid de Florentino 3.0 y el dudoso encanto de imaginar a Donald Trump escondido en un contenedor de catering en un aeropuerto de Turquía. A Conchi y a mí, decididamente, se nos había ido la mano con el asunto de la elegancia. Poco a poco, a medida que la hora fijada para el acontecimiento se acercaba, nos íbamos instalando en un ánimo a mitad de camino entre el escepticismo y la fatalidad. Alguien contó un chiste pasable. Se desgranaron anécdotas a propósito de norteamericanos aterrizados en Asturias en busca del fuego. Comenzó a sentirse un familiar olor a marihuana.

Entre tanto, el mirador de privilegio de la terraza (ilegal) del noveno piso no permitía hacerse grandes ilusiones. Las nubes bajas circundaban el Cerro de Santa Catalina y se apropiaban del arenal de San Lorenzo. Mientras admirábamos en «streaming» (que el diablo me perdone) los prodigios que acaecían en Pajares, el horizonte gijonés nos revelaba una verdad prosaica de la naturaleza. Imposible no recordar el inspirado «Maldigo a Mariano Medina cada vez que las nubes ocultan el sol» con el que «Un Pingüino en mi Ascensor» bendijo el verano de mis 16 años. El cristalino de Conchi me buscó entonces en demanda de respuestas y, como ya insinué, mi corazón se saltó el latido preceptivo. Me entraron unas ganas urgentes de satisfacer ciertas necesidades que el contexto y el público impedían cumplir. Así que me agazapé junto a mi amiga y su elegancia de fábrica, me apliqué con tesón a la tortilla de patatas con chorizo y conté los segundos para que «el acontecimiento de nuestras vidas» transcurriera con más pena que gloria.

Nada pudimos ver del fenómeno desde la terraza (ilegal) del noveno piso del centro de Gijón. Ya en vivo, mientras la cosa estaba sucediendo ahí fuera, nos entretuvimos bicheando por Internet a la caza y captura de imágenes que no íbamos a poder coleccionar con nuestros propios cristalinos. Y empezó a instalarse entre nosotros esa horrible sensación, verdadera marca de agua de nuestra época, en virtud de la cual las playas que visitan los demás siempre son más espectaculares que las nuestras, los atardeceres que disfrutan los demás siempre son más instagrameables que los nuestros y, en definitiva, la felicidad que se le concede a los demás siempre es más fotogénica que la nuestra.

Fue entonces cuando la luz comenzó a hacerse visible y la noche fugaz nos salvó del desastre. No es una paradoja lo que enuncio. Al contrario. Intento transmitir, con la mayor fidelidad posible, la enseñanza que el eclipse que no vi, pero que sí sentí, me regaló. Y es que el eclipse me enseñó a comprender que vivimos rodeados de una luz que ya no vemos, de un inmenso manantial de luz que sólo se afirma en su esplendorosa rotundidad cuando desaparece. Sucede un poco como con ciertos empleos del arte de la cerámica. Por ejemplo, con la arcilla que se moldea en forma de vaso. Precisamente por ese espacio donde no hay arcilla es por lo que podemos emplear el vaso como recipiente. Así, la utilidad de un vaso está en su interior, en el vacío. Sin vacío, no hay uso. Sin ausencia de luz no hay conciencia de lo que la luz significa.

El cristalino de Conchi me acribilló con una seriedad inesperada, que me conmovió sin remedio. Algo estaba, al fin, sucediendo. Y entre nosotros, como un veredicto implacable, se hizo un silencio reverencial. La caída en una noche irreprimible, como un gigantesco diodo emisor de luz que flaqueara en su esfuerzo, nos trasladó a una dimensión desconocida. El ritmo circadiano del cosmos (de una parte ínfima del cosmos) se estaba viendo sometido a una lógica distinta. La metáfora era tan obvia como intransigente: vivimos a expensas de un océano de luz que, cuando retira sus olas, nos reduce a una condición precaria. Incluso el sabor de la tortilla de patatas con chorizo parecía haber mudado.

El mundo se apagó y el mundo volvió a encenderse. Acaso sin saberlo, habíamos asistido a un ensayo general de la extinción, al momento en el que todos los cristalinos dejen de registrar el episodio de la luz para aquietarse en una oscuridad sin consuelo. Y durante unos minutos, como en una acción de gracias muda pero sincera, supimos que se nos había concedido otra tregua, siempre pasajera. De modo que, pasado el «fade out», recuperado el pulso del reloj en los cielos, volvimos a la comida, a la bebida y al «gossip» con ánimos renovados. Y muy pronto, con esa naturalidad tan propia de nuestra especie, el fenómeno de la noche repentina fue dejando paso a nuevos chistes, a nuevas anécdotas y a nuevas manifestaciones de las rutinas del animal doméstico. Vencedores de nuestro propio pasmo, habíamos traducido el eclipse al esperanto común de las pequeñas vidas que atesoramos. Cuando desalojamos la terraza (ilegal) del noveno piso, ya no llevábamos con nosotros el hechizo de la lámpara que se apaga.

O sí.

Porque de regreso a casa, mientras nos cruzábamos con otros gijoneses que comentaban sotto voce su experiencia del eclipse, el cristalino de Conchi comenzó a emitir señales inequívocas de una actividad desmedida. Recordé de nuevo a Sean Young avanzando mayestática por la gran sala de reuniones de la Tyrrell Corporation, recuperé la cara de idiota de Harrison Ford ante la aparición de la apoteosis femenina de la biomecánica y me congratulé ante el hecho, menos espectacular de lo que nos habían prometido, pero no por ello menos aleccionador, de nuestra insignificancia ante los ciclos de las estrellas, de los satélites y del diálogo entre la luz y la oscuridad.

Ya muy tarde, entre la duermevela y el sueño, aún tuve presencia de ánimo suficiente como para incorporarme a espiar el reposo de Conchi y los ritmos de su respiración. Sus cristalinos, el original y el artificial, tras la caverna de los párpados, resultaban inaccesibles. Pero yo volví a sentir, por un instante, la experiencia del tránsito a la noche no demandada, el largo minuto en el que nuestras vidas, descuidadas del ojo del sol, se habían precipitado en la rara conmoción de una negrura que no habíamos solicitado.

Dormí profundamente y sin imágenes. En la mañana posterior al eclipse, el cristalino de Conchi seguía ahí: indemne, intacto, a salvo.

El eclipse de nuestras vidas

Alberto Fernández Soto

Nota previa: Sé bien que el miércoles el Nuberu tuvo en Asturias mucha más fuerza que el Ventolín. Este texto va con todo mi cariño para mis amigos y paisanos a quienes las nubes les fastidiaron el eclipse. Espero que no lo lean con rabia, sino con la ilusión de ver otro, algún día, en alguna parte.

Escribo estas líneas a última hora del miércoles, agotado tras una jornada llena de eventos que no olvidaré en mucho tiempo. El más obvio es el que todos se pueden imaginar: hace un par de horas que se hizo de noche por segunda vez en la mismo fecha, «hecho que no ocurre todos los días» como nos explicaba el genial Eugenio. Aunque era mi primera vez, como astrónomo conozco a mucha gente que ha vivido varios (incluso muchos) eclipses totales, y todos insistían sin cesar en que es una experiencia poco menos que transformadora.

Tuve la suerte de vivirlo en un lugar con buena visibilidad, rodeado de amigos y familiares, cómodamente y con todas las facilidades. Las nubes nos respetaron, nosotros respetamos al Sol, y creo que, en efecto, todos nos transformamos un poco: gritamos, aplaudimos, silbamos… Hay algo ciertamente atávico a la vez que profundamente humano en mirar al cielo todos juntos. Personalmente, debo decir que ninguna de todas las cosas que iban a suceder y que los astrónomos hemos explicado una y otra vez durante los últimos meses (el anillo de diamantes, las perlas de Bailey, la corona solar, el color rojizo de la cromosfera…) me dejó tan maravillado como la simple observación de la Luna negra, superpuesta a la brillante corona del Sol. Una estructura que conformaba «un agujero en el cielo» y aún resuena en mi cabeza como un homenaje a Cristina Lliso y los Esclarecidos.

Seguramente muchos de los lectores sepan que los eclipses han sido tradicionalmente tratados como portadores de malas noticias y desgracias. Pero no sólo, también se han utilizado en muchas culturas desde la antigüedad hasta nuestros días como metáfora de diferentes situaciones, como representación de diversos estados del espíritu o incluso para crear explicaciones históricas de eventos propios de pueblos de todo el mundo. Voy a aprovechar este momento para recomendarles que busquen en internet el proyecto «Un mundo de eclipses», una bellísima propuesta ideada y coordinada por la astrónoma Montserrat Villar Martín en el seno de la Comisión de Astronomía Cultural de la Sociedad Española de Astronomía. Este grupo ha creado un mapamundi interactivo que reúne más de 130 fichas correspondientes a manifestaciones artísticas, culturales, rituales y/o legendarias que nos muestran cómo este fascinante fenómeno, la desaparición del Sol en pleno día, ha sido interpretado a través de la historia de la humanidad. Fotografías, monedas, grabados, leyendas, pinturas, películas o poesías que conforman un maravilloso mosaico de la creatividad humana accesible para todos.

Desde este punto quisiera volver a bajar a lo terrenal. A cómo nuestra sociedad ha reaccionado al primero de los eclipses que forman «el trío ibérico» –recordemos que dentro de un año tendremos otro, visible como total solo desde el sur de Andalucía, Ceuta y Melilla, y seis meses después un tercero, visible como anular en una banda diagonal que cubre el sureste de la Península Ibérica–. Un eclipse del que los científicos hemos intentado informar desde hace muchos meses, y en el que creo que conseguimos implicar a las autoridades para crear planes de contingencia, intentar evitar situaciones de peligro y, sobre todo, informar lo más completamente posible a la población. ¿Lo hemos hecho bien? La verdad es que no lo sé.

Trabajo con muchos colegas que han dedicado esfuerzos ingentes para llegar a este día de la mejor forma posible. Hemos dado charlas, hemos ofrecido cursos, hemos preparado monitores, hemos hablado con periodistas… y con todo y con eso, no sé si lo hemos hecho bien. No me duelen especialmente los «terraplanistas de los eclipses», que por supuesto los hay. Esa es una liga en la que todos sabemos que no podemos entrar, porque ante jugadores que cambian las normas del juego a su conveniencia en cada momento es mejor no participar. No pienso tampoco demasiado en los que, un poco a modo de boutade, deciden que «eso del eclipse» no tiene ningún interés para ellos, que se ven por encima de esas aficiones en cierto modo plebeyas –aún esta misma tarde en una emisora de radio oía a unos cómicos, por lo demás muy graciosos, que daban una lista de cosas mucho más interesantes que hacer en 90 segundos que ver un eclipse total (qué poco sabían lo que decían, lo puedo afirmar ahora que he visto ese sol negro)–.

Pero me da mucha rabia pensar en cómo hemos fallado a gente que ha intentado informarse con la mejor voluntad y ha llegado a conclusiones tremendamente equivocadas. Ha habido muchas personas convencidas, ante la avalancha de información sobre la seguridad ocular, de que salir hoy a la calle sin ponerse gafas de eclipse era peligroso. Ha habido gente que ha dejado a sus hijos encerrados en casa por miedo a que sufrieran lesiones en la vista. Ha habido gente que seriamente preguntaba que cómo la Dirección General de Tráfico podía insistirnos en «no conducir con gafas de eclipse» al mismo tiempo que todas las demás instituciones insistían, una y otra vez, en la necesidad de utilizarlas. Ha habido gente que, habiendo conseguido seguir el proceso del eclipse durante los 50 minutos de parcialidad, no ha disfrutado de la totalidad porque no se ha quitado las gafas de eclipse durante esos 90 segundos en los que el Sol está totalmente oculto cuando, precisamente por ello, es seguro mirar sin gafas –y totalmente inútil mirar con ellas: no se ve nada–.

La respuesta a todos estos problemas parece tan simple que muchos de mis colegas (reconozco que yo mismo a veces) lo toman a risa. Pero no lo es. La divulgación científica, como cualquier otra actividad científica o incluso económica, debe medir su éxito en base a parámetros concretos. Si un porcentaje no despreciable de la gente que ha intentado informarse a través de cauces formales (científicos, instituciones de investigación, medios de comunicación o periodistas merecedores de tales nombres) fracasa en la adquisición de los conceptos básicos que se transmiten, no podemos estar orgullosos del proceso. Es posible que hayamos asumido conocimientos o capacidades que no todos los receptores poseen. Es posible que algunos de los mensajes («hay que usar gafas de eclipse homologadas norma ISO 12312-2») se hayan repetido tantas veces y de modo tan agresivo que la gente haya olvidado los modificadores («cuando se vaya a mirar al Sol»). Estoy seguro de que juntos intentaremos entender qué ha pasado y cómo hacerlo mejor dentro de un año.

Porque no olvidemos que el 2 de agosto de 2027 tendremos un eclipse que será, en muchos aspectos, mucho «mejor» que el recién vivido. La fase de totalidad durará casi cinco minutos en los mejores lugares de nuestro país, y ocurrirá cerca del mediodía con el Sol alto sobre el horizonte y por ello no será necesario buscar ningún lugar especialmente orientado. La única pega (para los demás habitantes de la península) es que sólo será total sobre una estrecha franja de tierra en Cádiz, Málaga y Almería, además de en Ceuta y Melilla. Yo mismo, como ya dije en el primer párrafo de este texto, he sido «transformado» por la experiencia de hace unas horas y estoy ya pensando en cómo plantarme en el sur dentro de 354 días…

Ah, y por cierto… ¿recuerdan que en ese mismo primer párrafo hablaba de una jornada agotadora «llena de eventos que no olvidaré en mucho tiempo»? ¿Y que poco después recordaba que los eclipses han sido tradicionalmente tratados como portadores de desgracias? Pues resulta que la jornada de hoy terminó con un eclipse total, pero había empezado para mí doce horas antes con una fuga de agua en mi cocina de dimensiones cósmicas, posiblemente asociada a la presencia del Sol y la Luna en perfecta conjunción en la constelación de Leo, con Venus y Júpiter vigilantes desde Virgo y Cáncer.

O no… Vale, en realidad, estoy muy seguro de que no. Estoy tan seguro de que Virgo y Cáncer no tuvieron nada que ver con la fuga de agua como lo estoy de que habrá otro eclipse de Sol el 2 de agosto de 2027, de que será maravilloso y de que espero que muchísima gente lo disfrute tanto como yo he podido disfrutar el de hoy.

Y recordad: incluso sin eclipses, el cielo siempre está ahí para disfrutarlo (¡si el Nuberu nos deja!).

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