Buen tomate, pero adelantado, como los arándanos y las uvas; lechugas espigadas y mucho pimiento: así afronta el verano la huerta asturiana
Los hortofruticultores de la región hacen un gran esfuerzo para adaptarse a los vaivenes de la cambiante meteorología, marcada por los cambios bruscos

Cultivo de tomates este verano en la Huerta del Rellán / Roberto Suárez
Lucía Rodríguez Alonso
El verano en la huerta asturiana se ha convertido este año en una carrera de obstáculos contra el termómetro. Las altas temperaturas, la sequía prolongada y el bochorno están marcando el ritmo de la cosecha de Oriente a Occidente. Hortofruticultores de Ribadesella, Pravia, Grado, Tapia de Casariego y Cangas del Narcea revelan una realidad común: cosechas que se adelantan, sistemas de riego al límite y hongos acechando en cuanto caen cuatro gotas.
En la finca El Cabillón, impulsada por la Fundación Edes, a cinco kilómetros de Tapia de Casariego, las ocho hectáreas de cultivo sufrieron de lleno el impacto del calor extremo. “Vino tantísimo calor y tan seguido que hubo temporadas largas que no podíamos entrar a trabajar en los invernaderos porque no se respiraba”, explica María Celis, integrante del proyecto.
El bochorno no solo “complicó las labores de poda”, sino que, según Celis, alteró los calendarios productivos. “El arándano empezamos a recolectarlo 15 días antes que los años anteriores, y el tomate también”, comenta Celis. Además, la falta de precipitaciones pasó factura a ciertos cultivos de secano. “Con las coles no logramos nada porque la rotación nos coincidió en una finca en la que no tenemos riego”, lamenta, subrayando que la falta de agua “ralentizó los puerros”.
A más de cien kilómetros, en Tezangos (Ribadesella), Paz Blanco, coincide en el impacto de los giros meteorológicos tras cinco años cuidando su huerta. “Los cambios de tiempo afectan mucho a los cultivos, sobre todo los cambios bruscos de mucho calor y de repente bajada de temperatura. Es caldo de cultivo para hongos y plagas de insectos”, advierte.

Los cultivos de Paz Blanco en Ribadesella / Paz Blanco
En Cangas del Narcea, Jose Manuel Álvarez, que cultiva en la calle de la Fuente desde hace cuatro años, también destaca que “los cambios bruscos de tiempo siempre son perjudiciales”. Con el calor sofocante “la lechuga se espigó muy pronto” y algunas variedades delicadas sufrieron, como “el tomate rosa, que al ser más blando, casi se pudre antes de madurar”. No obstante, la subida térmica ha acelerado los plazos también en el Suroccidente. “Tengo una parra y este año ya estoy cogiendo uvas, cuando otros años no las cojo hasta dentro de un mes”, apostilla Álvarez. Ha tenido que reajustar la hidratación de la tierra, “si viene calor tienes que regar no más de continuo, sino más profundo, cada tres días más o menos”.
“Los tomates, si les aportas mucha agua, se agrietan mucho”, señala Blanco, quien combate las plagas “a base de productos ecológicos y remedios naturales” como la consuelda, el azufre, el cobre o el aceite de neem. Hay otras verduras a las que le ha sentado bien el verano en Tezangos: “Los pimientos es una locura los que están saliendo”.

Plantación de Jose Manuel Álvarez, en Cangas del Narcea / Jose Manuel Álvarez
El uso del agua se ha vuelto una disciplina casi diaria en toda la región. En la Huerta del Rellán (Grado), Roberto Suárez ha tenido que adaptar sus pautas tradicionales para mantener la calidad que exige la Indicación Geográfica Protegida (IGP) Faba de Asturias. “Otros años la campaña eran seis o siete riegos. El año pasado cambiamos a ocho o nueve, y este año llevamos casi diez, casi una vez a la semana desde mediados de mayo”, detalla Suárez, especializado en la faba, el arvejo y el fréjol. Gracias a los permisos de captación en el río y a la “finura del suelo”, sus plantas resisten al calor, aunque la sequía dejó algunas hortalizas “un poco raquíticas en cuanto a tamaño”.

Huerta del Rellán de Roberto Suárez, en Grado. / Roberto Suárez
La otra cara de la moneda la muestra el cultivo tradicional de legumbre en Pravia. En Los Cabos, Isabel García, acumula cerca de cuatro décadas sembrando faba de la granja, verdinas, pintas y negritos. Para ella, el agua de agosto ha llegado tarde y a destiempo. “Llovió un poco a principios de agosto que valió algo, pero tenía que haber llovido a mediados de junio”, explica. En la fase actual del ciclo, el exceso de humedad es el enemigo a evitar. “Ahora las pintas y verdinas necesitan calor para secarlas, si sigue lloviendo vendrán hongos como hace tres años”, comenta preocupada.
A diferencia de otros veranos, la sequía continuada ha mantenido a raya las grandes epidemias en varias zonas. “No hubo plagas, ya que hubo mucha seca'”, confirma Isabel García. Sin embargo, en la costa occidental el calor sí aceleró la llegada de visitantes indeseados. En El Cabillón notaron “un poco más adelantado el tema del pulgón” y afrontaron problemas con la “mosca blanca y la tuta”, insectos que no solían hacer acto de presencia en campañas anteriores.
Reto generacional
Más allá del clima, el verdadero impedimento de la huerta asturiana sigue estando en el relevo generacional, y la viabilidad económica frente a la competencia externa. En Los Cabos la transformación del paisaje agrícola es evidente. “El año pasado vendimos muy bien la faba seca a 18 o 19 euros el kilo porque hay muy poca. En el pueblo quedamos cinco y antes sembraba todo el pueblo”, indica Isabel García, preocupada porque “la gente es mayor y la gente joven no sigue”.
“Es muy trabajoso y para los restaurantes hay que dar una calidad muy buena que requiere mucho trabajo, tiempo e informarte de novedades”, reflexiona Paz Blanco, quien tras abastecer durante unos cuantos años a establecimientos del Oriente como El Molín de Mingo, Güeyu Mar, La Huertona o Villa Rosario, ha dejado la huerta para consumo familiar “por motivos de salud y exceso de demanda”.
En Cangas del Narcea, Jose Manuel Álvarez, mantiene una alianza con el restaurante Blanco, con quienes comparte gastos a cambio de ofrecer producto sin químicos recién recolectado. Sin embargo, como jubilado, mira al futuro con preocupación. “Creo que en general esto se va a acabar. En un futuro no veo que haya gente joven que tenga ganas de trabajar en esto, ni siquiera por el hecho de consumir alimentos caseros y saludables”, afirma.
Por su parte, Roberto Suárez hace hincapié en las barreras de entrada para quien quiera emprender sin base previa. “Para empezar de cero necesitas maquinaria, varillas y una estructura. No es solo sembrar por sembrar”. Suárez tiene claro que “para tener una buena cosecha tienes que estar en la huerta casi a diario”.
Frente al panorama, la Fundación Edes tiene iniciativas que buscan revertir la tendencia como la red Eo Alimenta y el proyecto TestEo (Espacio Test Agrario de la biorregión del Eo) con las que facilita el emprendimiento en el campo. Cuentan actualmente con seis "tester" o aprendices sobre el terreno para lanzar en el futuro sus propias explotaciones agroecológicas. En Edes Animan a que la gente "produzca en ecológico, porque hay más demanda que oferta en nuestra zona”, subraya María Celis.
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